Voces y luces de otros tiempos es un cuento de la colección cuentos de misterio de la escritora de cuentos infantiles Raquel Eugenia Roldán de la Fuente.

Cuando me propusieron que nos fuéramos a vivir a la casa vacía donde antes había estado el convento de las madres de La Cruz, dije que sí sin pensarlo. Creí que era una posibilidad muy remota y que la proposición no era en serio o que las madres encontrarían otra forma de resolver su problema: la casa estaba en venta, pero mientras se vendía era conveniente que la habitara alguien de confianza para evitar el deterioro o, peor, el vandalismo o la ocupación por abusivos usurpadores.

Luego de un par de meses resultó ser cierto, y estábamos por mudarnos. Confieso que sentí mucho temor por lo que pudiera haber en esa casa: tan grande, tan vieja, con tantos recovecos, ¿no iríamos a meternos en medio de presencias inmateriales, ecos y fantasmas y espantos de otro mundo? ¿Quién sabe qué podría haber pasado ahí a lo largo de casi un siglo, y qué podría haber quedado entre sus muchas paredes y techos altísimos?

Traté de animarme pensando que, a fin de cuentas, habían sido buenas mujeres, muchas de ellas incluso santas, las que habían habitado esa casa. Si algún fantasma había, yo esperaba que no tuviera la intención de causarnos ningún daño.

* * * * *

La casa era enorme: cada uno de los seis niños tenía su propio cuarto, su propio baño y su propio estudio. Había tres cocinas y cinco patios, y un enorme comedor. Mis hijos contaron en total 101 piezas y 29 baños. De los patios, el primero y más grande era un jardín bellísimo y agreste: durante el tiempo que estuvimos ahí no pudimos pagar un jardinero y la hierba creció como si le pagaran por crecer. Y también las rosas, los belenes y las nochebuenas florearon como si les pagaran por florecer.

Decíamos que con toda seguridad la tierra de ese lugar, que tantas oraciones y cantos religiosos escuchó, tenía “indulgencias”. Había además muchos árboles frutales: duraznos, aguacates, nísperos, naranjas, una lima y una higuera, y otros que en lugar de frutos daban mucha sombra y alfombraban el suelo de semillas y hojas secas. Otros dos eran patios con una fuente en el centro y un empedrado misticismo rodeándola, y otro más, el cuarto patio desde la entrada, era aún más místico, con una pequeña ermita rodeada de muchas plantas y un par de árboles, para cuando, en vez de orar en la gran capilla de mármol, alguna monja prefería la soledad, el retiro y el silencio de atrás de las cocinas.

El último patio, el que sirvió a las monjas como huerta para sembrar sus chícharos y sus jitomates, tenía un rincón húmedo y sombrío donde había cuatro lavaderos alineados, ocultos tras una enredadera. Ese cuarto patio y lo que lo rodeaba eran la parte más vieja de la casa. Por un lado, una barda lo separaba de la propiedad vecina; por otro, un obrador donde se hacían las hostias en máquinas antiguas, y por los otros dos, las celdas de las monjas: un pasillo y las celdas alineadas, un ventanal al patio y en la esquina, la enfermería; otro pasillo de altísimo techo y paredes de un color azul intenso con celdas a ambos lados, pequeñísimas y muy austeras, con ventanas a uno u otro patio.

Esa parte de la casa, aunque me parecía tan hermosa como el resto, no me gustaba; nunca vi ni escuché nada, pero no me gustaba; era de esos lugares donde se siente algo raro, como “cosa” que no se puede explicar qué cosa es. El gobierno del estado compró la casa y la remodeló para establecer ahí las oficinas para el Órgano Superior de Fiscalización del Congreso.

Entonces fue cuando nosotros empacamos nuestros bártulos y nos mudamos. Luego, hemos sabido que otras personas que han pasado por ahí después que nosotros, primero los albañiles que remodelaron y luego los burócratas y funcionarios que ocuparon las oficinas, ellos sí han recibido visitas de las buenas monjitas que vivieron y murieron en esa casa hace mucho tiempo.

Cuentan que es una casa llena de fantasmas que yo nunca vi, pero ahí estaban, muy cerca de mí.

Dicen que todos los días a la misma hora, a las siete de la noche, se ve pasar la silueta de una monja a través de las ventanas translúcidas de la capilla principal, que yo siempre vi vacía y hoy es una magnífica sala de juntas con pisos y paredes de mármol blanco. Dicen que en el último patio, en ese rincón que no me gustaba, se escuchan voces junto a los lavaderos. Quizá son las monjitas que, mientras lavaban, hacían alguna oración comunitaria o se permitían hablar de chismes y temas mundanos.

Dicen también que, algunas veces, se va la luz de manera inexplicable sólo en una parte de la casa, en ese pasillo azul y en los cubículos llenos de papeles en que se convirtieron las celdas de las monjas, y regresa también de manera inexplicable luego de un rato, y a pesar de que han buscado falsos contactos o alguna otra explicación que convenza y satisfaga, no han hallado, nunca, nada…

Fin

Relato sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos

De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”

Voces y luces de otros tiempos es un cuento de la colección cuentos de misterio de la escritora de cuentos infantiles Raquel Eugenia Roldán de la Fuente.

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