Una trampita con bigotes

Una trampita con bigotes

Una trampita con bigotes

Una trampita con bigotes. Cuentos infantiles. Material educativo. Cuentos con moraleja. Cuentos educativos. Cuentos con imágenes.
Tema del cuento: Cómo puede una mascota acompañar la soledad de una persona.
Violeta era una abuelita que vivía sola. Sus tres hijos se habían casado y tenían sus propios hijos, por lo que Violeta tenía muchos nietos.
Si bien en su barrio había vecinas con las que charlaba un montón y se entretenía tejiendo para sus nietos o viendo tele, muchas veces se sentía sola.
Sus hijos y nietitos iban a visitarla todas las semanas, pero de todos modos, muchas veces, el día se le hacía, largo, muy largo.
Ya no había nadie a quien esperar con la comida hecha, ni mucha ropa para planchar, ni habitaciones con juguetes tirados para ordenar una y otra vez.
No es fácil vivir solo para alguien que dedicó toda su vida a atender a los demás.
Su nieto menor, Santi, que tenía doce años, estaba muy preocupado por la soledad de su abuelita y algo quería hacer.
En la casa de Santi siempre había habido mascotas y él sabía que eran una excelente compañía, así que se le ocurrió que un animalito podía ayudar mucho a su abuela. El problema era que a Violeta no le gustaban las mascotas y jamás había tenido una. Siempre decía que con sus hijos había tenido suficiente trabajo como para andar atendiendo animalitos.
A Santi se le ocurrió una idea. Nacho, su mejor amigo, tenía una gata que había tenido cuatro gatitos. Fue a ver a su amigo y le dijo:
—¿Me prestarías una gatita bebé?
—¿Qué te preste una gatita? —preguntó Nacho sorprendido—. Los animales no se prestan.
—Es para mi abuelita, creo que le puede venir muy bien.
—¿Tiene ratones en la casa?
—Está sola.
—¿Con los ratones?
—No, nene, no tiene ratones, es que vive sola y creo que una mascota le vendría bien.
—Y… regalásela, entonces.
—Por ahora no. Te la pido prestada porque a mi abuela no le gustan los animales. Quiero hacer la prueba, a ver si con una gatita bebé se encariña. Me da pena, creo que si insisto puede llegar a aceptar.
A Nacho le pareció un poco rara la situación, pero le prestó la gatita para ayudar a su amigo.
—Cuidámela bien, y si a tu abuela no le gusta me la traés, ¿dale?
—¡Hecho! —contestó Santi entusiasmado.
Esa tarde, un poquito antes de la hora en que su abuela salía a caminar, puso a la pequeña bebé en el umbral de la puerta.
Al rato, Violeta salió y, para su asombro, encontró al pequeño gato, o gata, pues ni siquiera sabía qué era, y no supo qué hacer. No entendía qué hacía allí el pequeño animalito.
—Se debe haber perdido —pensó, y agarrando a la gatita como a un carbón caliente la dejó bajo un árbol por si su dueño llegaba a buscarla.
Violeta se fue a caminar como todos los días y no pensó más en el asunto. Santi, que espiaba desde la vereda de enfrente, se sintió un poco desilusionado. Pero no se daría por vencido fácilmente. Cuando volvió, el gatito otra vez estaba en el umbral. Esta vez parecía que la miraba fijo, Violeta hubiera jurado que hasta le había guiñado un ojito.
—¡Pero que gato atrevido, este! ¿Qué hacés acá? ¿Por qué no te vas a tu casa?
Por supuesto la gatita nada contestó, pero seguía mirándola fijamente.
—Debés tener hambre —dijo Violeta y le alcanzó un platito con leche. Luego de ello cerró la puerta y volvió a olvidarse del tema.
Al día siguiente, Santi volvió a poner a la gatita en el umbral de la puerta de su abuela y tocó el timbre. Cuando Violeta le abrió, con la mejor cara de distraído que pudo poner le dijo:
—Tenés una gatita en la puerta, abu, ¿es tuya?
—¿Gatita? ¿Qué gatita? ¿De qué hablás, Santi?
—Mirá, abu, la gatita que está en el umbral. Hoy pasé temprano cuando iba al colegio y ya estaba. Y ahora, al volver, sigue allí. ¿Es tuya?
—No, y tampoco va a serlo. No sé qué le pasa, desde ayer que está acá. Nunca he querido mascotas en mi casa y nunca las tendré.
—Hacés mal, abuela, son una gran compañía; vos vivís sola y ella podría ser tu compañera, podrían mirar tele juntas, tendrías alguien a quien darle de comer y a quien cuidar.
—Ya estoy vieja para cuidar a nadie. No se hable más del tema y… ¿vos cómo sabés que es gata y no gato?
—Sólo con mirar bien, abu; pero bueno, como digas.
Cuando Santi se fue, la gatita seguía en la puerta de Violeta.
La abuela se quedó pensando en las palabras de su nieto. Espió por una ventana del costado, para ver si la gatita se había ido, pero no. Allí estaba la muy picarona, siguiéndola con la mirada, como si supiera que Violeta la estaba espiando.
—En fin, ya se cansará y se irá —dijo la abuelita.
Por la noche se desató una tormenta tan fuerte, que los truenos despertaron a Violeta, quien del salto casi quedó pegada en el techo del cuarto.
Por otro lado, Santi tuvo que explicar su plan a sus papás para que lo acompañaran a dejar a la pobre gata nuevamente en el umbral.
—¡Se va a empapar, hijo! —dijo su mamá.
—Ya sé, mami. Y no es que quiera que se resfríe, pero es necesario, a ver si la abuela se conmueve y la entra.
Llovía mucho y lo primero que vino a la mente de Violeta fue la gatita mirona y cómo podía estar bajo esa lluvia torrencial.
Se puso el salto de cama, las pantuflas y abrió la puerta de calle.
Y allí estaba la pobre gata, mojada como trapo rejilla de la cocina, con la carita tapada con sus patitas delanteras.
A pesar de que nunca le habían gustado las mascotas, Violeta era una buena persona y se apiadó de la pobre gatita. La hizo entrar, la puso sobre una frazadita vieja y le sirvió leche tibia. Recién ahí, mientras veía cómo la gatita devoraba la leche, se dio cuenta de los largos bigotes que tenía. Cuando terminó de tomar, levantó su cabecita y volvió a mirar a la abuela como siempre lo hacía. Esta vez no le guiñó el ojo, pero Violeta hubiera jurado que le había sonreído.
—Cosas de vieja —pensó—. Bueno, m’hija, por hoy vaya y pase. Mañana se busca otro hogar —con estas palabras dejó a la gatita en la frazadita y se fue a dormir.
La mañana amaneció con mucho sol, pero igual hacía mucho frío. Con el tema de la gata y la tormenta, Violeta se había olvidado su querida bolsa de agua caliente, pero aun así sentía que sus pies estaban muy calentitos.
Cuando miró bien, vio a la gatita bigotuda hecha un hermoso ovillo blanco alrededor de sus pies. No puso evitar sonreír. La gata despertó y Violeta hubiera jurado que la había saludado con una de sus patitas delanteras.  Se arrimó bien cerquita de la abuela y se quedó hecha un bollito en su pecho. Los bigotes pinchaban un poco, pero sin duda era una sensación muy placentera.
A partir de ese momento, la historia cambió para siempre. Violeta no pudo evitar encariñarse con la bebé mirona y bigotuda y volvió a tener alguien a quien cuidar.
Ambas se hicieron inseparables. Miraban tele juntas, Violeta tejía con la gatita en el regazo y le hacia mimos todo el tiempo. Le tejió una frazadita especialmente para ella y hasta le compró un hermoso moñito para el cuello y un cascabel.
La abuela descubrió que su familia tenía razón, que en un pequeño animalito hay mucho, muchísimo amor para dar y recibir. Y si bien no es lo mismo que cuidar a un hijo o a un nieto, la sensación de volver a hacer cosas por alguien y de tener a quién atender y con quién compartir la vida era maravillosa.
Un día en que Santi fue a saludar a su abuela y a la gatita, que por supuesto no hizo falta devolver a su amiguito, le preguntó a Violeta qué nombre le pondría.
—La verdad, Santi, no se me ocurre ninguno, ¿y a vos?
—Trampita, abuela, ponéle Trampita —dijo Santi con una sonrisa picarona, mientras veía cómo su abuela acariciaba a la pequeña gata.

Fin

Hecho el depósito de ley 11.723. Derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial.

Para pensar y conversar con papá y mamá:

– ¿Pensaste alguna vez que una mascota puede ser una gran compañía?
– ¿Conocés alguien que esté solito? ¿Un abuelo, un tío?
– ¿Se te ocurrió pensar que si esa persona tuviera un animalito para cuidar estaría menos solo?
– ¿Te preocupa que alguien este solito? ¿Hacés algo para remediarlo, como el nietito del cuento?

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

Liana Castello
Autora: Liana Castello

Imprimir Imprimir

Comentarios