Últimos capítulos


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Últimos capítulos. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos espirituales. Cuentos para padres.

Estaba trabajando en el último cuento de un libro, cuando me enteré que mi padre estaba muy enfermo.


La noticia me impresionó. Esa enfermedad tan temida, a la que yo le siempre le había tenido pánico, hoy se adueñaba de ese ser que yo tanto amaba.

¡Era tal la sorpresa, el dolor y el desconcierto! ¡Tantas las decisiones a tomar en poco tiempo! La vida tiene esas cosas: el contenido de un sobre puede significar una sentencia y a parir de allí, nada vuelve a ser igual.

¿Cómo seguir con todo sabiendo que nada sería igual? ¿Cómo continuar con el día a día, con lo cotidiano sin que esto parezca nimio y sin importancia?

De pronto volví a mi cuento, ese último cuento que debía terminar; porque la vida continúa a pesar del dolor, incluso a pesar de la muerte.

Me pregunté ¿cómo seguir creando un cuento para niños, cómo seguir dándole vida a niñas picaronas, duendes traviesos, hadas con varitas y brujas con hechizos? ¿Podría crear la magia que un cuento necesita en medio de tanto dolor?

Eran los últimos capítulos del último cuento lo que debía escribir y pensé que no sería capaz. Me di cuenta que mi padre también estaba escribiendo los últimos capítulos de su vida.

Recordé entonces que si algo me había enseñado –de las tantas cosas que aprendí de él- fue el amor al trabajo. Y de pronto, también pensé en los príncipes que rescatan princesas en las torres de los castillos y en los valientes caballeros que vencen a los malvados. Yo estaba necesitando un héroe que me sacase de esa pesadilla, que me rescatase del dolor.

Y por extraño que parezca, sentí que los personajes de muchos cuentos vinieron en mi ayuda y me dijeron que debía seguir escribiendo. Los duendes me sonrieron, la niña picarona me guiñó un ojo, un apuesto príncipe me prometió que me rescataría de la tristeza y un hada buena me dijo que velaría por mi padre.

Y como un homenaje a ese hombre que tanto me había dado, que hizo de mí la persona que hoy soy, terminé ese último cuento.

No fue fácil, a veces aparecían brujas malvadas que me llenaban de tristes pensamientos o desamoradas madrastras que me amenazaban con más sufrimiento y ogros muy feos que me aseguraban largas pesadillas.

Cuando esto sucedía, algunas veces, aparecían gallardos príncipes dispuestos a vencer a los malvados, también aparecían las hadas que cambiaban las pesadillas por tranquilos sueños y los duendes colocaban sonrisas donde había habido lágrimas.

La vida no es como un cuento y uno no elije el final de la historia, no siempre terminamos nuestros propios cuentos comiendo perdices. De todos modos, yo quería poder modificar en algo esos últimos capítulos que mi padre escribía y que yo sabía no serían ni bellos ni sencillos. Yo quería mejorarlos, hacerlos más suaves y bonitos si es que eso fuese posible.

Entonces pedí prestada valentía a los príncipes y sonrisas a los duendes. Alejé a las brujas y los ogros que me hablaban bajito y supliqué a las hadas que tocaran con su varita mágica a mi padre para que no sufriera.

Terminé mi cuento, cumplí con mi trabajo, tal como mi padre siempre me había enseñado. Ahora era tiempo de acompañar su escritura final, tiempo de darle algo de color a esas páginas que cada vez eras más sombrías y cortas.

¿El final?

El final no lo conozco pues no es mi cuento, no es mi historia sino la de mi padre.

Algo me dice que cuando llegue el final, un hada hermosa tomará su mano, un duende simpático lo hará reír y un valiente príncipe con capa y espada lo escoltará al más bellos de los paraísos donde, sin perdices, volverá a ser un hombre feliz.

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Fin

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