Cuento de la categoría cuentos infantiles perteneciente a la serie SUSTOS EN LA BIBLIOTECA sugerido para niños a partir de ocho años.

Muchos libros nos hacen vivir las aventuras que cuentan. ¡Las expediciones, los viajes, los naufragios y los ataques de piratas nos parecen tan reales! Tanto es así que algunas veces los lectores se dejan llevar por su imaginación.

Entonces, Liria, la bibliotecaria, tiene que solidarizarse con el lector, aunque no entienda ni jota de lo que pasa.

-¡Con éste ya van cinco libros que leés sobre aventuras en el mar, Leo! ¿Te gustan este tipo de historias?

-Muchísimo. Cuando sea grande voy a ser marino Señorita Liria, porque yo leo los relatos y es como si los viviera, ¿me entiende? Parece que toda la naturaleza creciera a mi lado y que los personajes vivieran junto a mí.

-¡Mirá si llegás a tener tu propio barco y vivir las aventuras que ahora las encontrás en los libros!

-¡Eso sería fantástico! Ahora, voy a hablar con el profesor de guitarra y a la vuelta me llevo el libro.

La biblioteca estaba en el primer piso de un centro cultural y para ir a la clase del profesor de guitarra, se debía pasar por los baños.

El pasillo estaba en silencio porque era un momento de clases y nadie circulaba por el lugar, de modo que Leo escuchó claramente que la canilla de los baños de los varones, goteaba regularmente.

-Estos chicos, nunca se acuerdan de cerrar las canillas- Reflexionó como él escuchaba que lo hacía la portera en la escuela. Entró y cuando intentó cerrarla, la canilla se soltó de su engranaje y un chorro de agua saltó a la pileta. Estaba por llamar a alguien para que arreglara el desperfecto, cuando las otras dos canillas hicieron lo mismo. Al momento la pileta estaba por desbordar.

-Parece que está tapada-

Pero no pudo arreglar nada, porque de las canillas comenzaron a salir tremendos chorros que llegaban hasta el techo. Ya caía de las piletas y crecía el nivel del agua en el piso. En ese momento, se abrió una ventanita que daba al patio, que siempre estaba cerrada por precaución, y comenzó a soplar un viento que pronto se convirtió en ráfagas estremecedoras.

El agua que continuaba subiendo, comenzó a formar olas, unas olas tremendas como si se formaran en el medio de un mar embravecido. Se estrellaban contra las paredes, retrocedían y volvían a golpear contra ellas.

En medio de esa catástrofe, Leo se defendía lo mejor que podía. Intentó abrir la puerta para salir al pasillo. Pero la presión del agua era tan fuerte que no pudo hacerlo. -Alguien va a escuchar este estruendo, además debe estar saliendo agua para el pasillo.

Seguro que pronto vendrán a auxiliarme. Pero las aguas seguían creciendo y la turbulencia era tal que los remolinos se formaban aquí y allá. El viento seguía entrando con silbidos ululantes, y sus ráfagas furiosas levantaban olas enormes que lo elevaban al muchacho hasta golpearlo contra el techo y luego lo hundían hacia las profundidades.

-¡No me está pasando a mí, no me está pasando a mí! Es una pesadilla, no sé cuándo me dormí, pero seguro que me voy a despertar pronto- Leo no podía creer lo que estaba sucediendo, pero el embate de las aguas era tan fuerte que no le daba tiempo a pensar cómo escapar de allí. Él era buen nadador en la pileta del club del barrio, pero esto era otra cosa, porque las olas que lo golpeaban con furia, no le daban posibilidad de respirar.

De pronto una de las tablas se desprendió del marco de la ventana y lo golpeó fuertemente en la frente. Sintió un líquido caliente que le caía por la cara, pero se repuso y consideró que ésta podía ser una posibilidad de salvación.

Tomó la tabla con fuerza y, conteniendo la respiración, comenzó a golpear uno de los vidrios de la puerta. Al fin hizo un boquete por donde comenzó a salir el agua con tanta furia que al momento se rompió todo el vidrio y la puerta se hizo pedazos contra el piso.

Leo fue arrojado al pasillo y cuando quiso incorporarse vino una ola enorme que lo arrastró otra vez hacia los baños. Ya casi al límite de sus fuerzas, esperó que una ola lo arrojara afuera y se sostuvo como pudo contra una columna del pasillo. Nunca supo cómo pudo incorporarse y correr para salvarse. Jadeando y al borde de la desesperación, se presentó frente a la bibliotecaria.

-Leo, ¿qué te pasó que estás todo mojado? ¿Cómo te hiciste esa herida en la frente?

-Señorita, no me va a creer si le cuento. Por si acaso, avise al plomero que venga enseguida.

-Y vos tampoco me vas a creer lo que te voy a decir. Vos me habías pedido Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Bueno, cuando lo abro veo que tiene todas las páginas en blanco, como si el agua las hubiera borrado. ¿No te parece que es muy extraño?

-¡Las cosas que pasan en esta biblioteca, señorita!

-¡Decímelo a mí, Leo!

Fin

Cuento de la categoría cuentos infantiles perteneciente a la serie SUSTOS EN LA BIBLIOTECA sugerido para niños a partir de ocho años.

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