Cuentos de fantasmas. Relato sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos. De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”

Se levantó del reclinatorio sudoroso, cansado, con las rodillas enrojecidas por la presión de su hábito, rasposo y burdo. Pero su espíritu seguía tan atormentado como al llegar ante el altar.

La vista de aquella jovencita, la nueva aprendiz de enfermera en la sala de mujeres, le traía a la memoria tantos recuerdos… Terribles recuerdos.

El parecido era asombroso, la muchacha era igual a su amada Inés, era como volver a vivirlo. ¿Cómo olvidarla…? Definitivamente se querían y deseaban casarse, estar juntos para siempre, pero las familias, en ese entonces no era raro, no lo consintieron.

Que Inés casaría con el heredero de una gran fortuna, que el matrimonio era muy conveniente para ambos, que se lo debían al nombre de sus familias. Se la llevaron a Europa para separarlos nada menos que por el océano, y él no supo de ella por algún tiempo. Antes de cumplirse el año de haberla visto por última vez, él se enteró de que la familia de Inés, los Gutiérrez de Velasco, estaban de duelo, y tuvo un horrible presentimiento.

Rondó y rondó la casa hasta que lo pudo confirmar: Inés había muerto, dizque de una enfermedad.

Él sabía que no era así, Inés, su dulce Inés, había muerto de pena. Su vida sin ella no tendría ningún sentido, por lo que decidió ofrecerla a Dios y entró al convento. Quizá Dios podría sacar algo bueno de la basura en que él se había convertido. Él había odiado mucho a partir de entonces.

Y continuaba odiando, por más que diariamente frente al altar se decía que debía perdonar. No podía perdonar, odiaba a los padres de su amada, odiaba al pretendiente que se la había robado y del cual ni el nombre sabía.

Los odiaba tanto que, estaba seguro, de tenerlos enfrente no habría vacilado en matarlos, en estrangularlos con sus manos o arrojarlos al río. Más de treinta años habían pasado y el rencor que sentía se había adormecido. No podía extinguirse, pero estaba como aletargado. Apenas empezaba a llegar a su alma una amarga resignación y ahora… esta muchacha, tan parecida a Inés que podría decirse que era su hija, o que era ella misma muchos años antes, tal como él la recordaba.

Era demasiado. Apenas esa tarde, se había encontrado con la chica en el pasillo; ella llevaba una bandeja con jeringas hervidas. Poco faltó para que, loco, corriera a abrazarla y besarla, estuvo a punto de hacerlo pero el contacto del cilicio que llevaba a la cintura, áspero y picante, le recordó quién era.

Lo volvió a la realidad, no podía ser Inés, ella había muerto hacía muchísimo tiempo. Toda la tarde oró en la capilla, intentando serenarse. Ya había oscurecido cuando se levantó del reclinatorio con las rodillas, los ojos y el alma enrojecidos. Una lágrima se abrió camino y rodó, quemándole la mejilla, por las arrugas de su rostro.

Tomó su linterna, que había dejado en un rincón, y junto con ella tomó una decisión. Atravesó la cúpula y se fue por el pasillo hacia su celda. Le parecía ver a su adorada Inés en cada sombra, ella se movía conforme la linterna proyectaba luces y sombras en la pared, en las columnas, en los arcos.

Lo iba siguiendo a lo largo del pasillo, lo llamaba con sonrisas envueltas en gemidos. Sintió prisa… sentía retumbar sus pasos mientras su alma ya corría a reunirse con ella. El odio adormecido durante los últimos años volvió a carcomerle el alma, el cerebro, el corazón; lo sentía clavado en su rostro como una máscara.

Al día siguiente lo hallaron colgado de una viga. Había sido imposible seguir viviendo en una casa santa con tanto odio en el corazón.

* * * * *

Mientras miraba los monitores de las cámaras de los pasillos sentí que me quería ganar el sueño. No podía dormirme; es cierto que nunca pasa nada, pero mi trabajo es mantenerme despierto y vigilar.

“¡¡¡Aghhh!!!”, escuché de pronto un grito afuera, que me hizo despertar del todo. Era de mi compañero, que debía estar en el crucero bajo la cúpula. La angustia de su grito taladró mis oídos y recorrió mi espalda de arriba abajo.

Casi sin pensarlo alcancé mi escopeta, sin duda la necesitaría. Atravesé corriendo el vestíbulo y entré al crucero. Sentí cierto alivio, en la cúpula no estaba nadie aparte de mi compañero y él estaba bien, al menos se veía bien. Quizá el grito no había sido suyo.

Luego observé su cara, dos segundos me bastaron para darme cuenta de que sí fue él quien gritó, pues su semblante no era el suyo, el terror hacía que pareciera otra persona. “¿Qué sucede?”, le pregunté mientras me acercaba a él. Al acercarme, pareció alterarse aun más. No se movía, sólo sus ojos parecían querer salirse y sus labios no se distinguían en su cara rígida. “¿Qué te pasa?”, volví a preguntar.

“¡Casi… casi chocaste con él!”, pudo decir al fin y su voz era ronca, no era la que yo conocía. “¿Cómo?” “¡Pasó junto a ti…! ¡Casi le pegas al entrar!” exclamó, aunque sin alzar la voz. “¿Qué? ¿Le pego a quién…?” Yo no entendía de qué me hablaba. “¡Míralo, ahí va!” “¿Dónde…? ¿Quién…?” “¡Ahí! ¡El monje!” Yo no veía nada.

Entonces comprendí que se trataba de un aparecido, y se me enchinó la piel. “¡Ya se salió! ¡Por ahí!”; su mano temblaba cuando me señaló la puerta que da hacia los pasillos del claustro. Estaba cerrada.

No supe bien por qué, saqué las llaves y abrí la puerta. Nos asomamos los dos. “¡Mira, ahí va!”, me dijo mi compañero, y sentí su mano húmeda y helada sobre mi brazo.

En medio de la oscuridad, en el pasillo lateral del claustro, pude percibir una tenue lucecita, quizá una luciérnaga que se iba alejando. “No lo veo”, le dije, “lo único que puedo ver es una lucecita que se aleja hacia la esquina”.

Apenas escuché a mi compañero cuando me respondió: “¡Es que… es que lleva una linterna!”

Fin

Cuentos de fantasmas. Relato sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos

De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”

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