La selva oscura (Radiografía: La otra cara de la ciudad emergente)



Por Ángel Javier Castro Sánchez. Cuentos cortos

La selva oscura es un cuento que relata la realidad de la mayoría de las ciudades del mundo que pasan de ser pequeños conglomerados de personas a grandes urbes, y todos los problemas que esto acarrea. Es un fuerte recuento de todos los inconvenientes que tienen aquellos que viven el día a día en estas populosas ciudades. Cuento de Ángel Javier Castro Sánchez, escritor y poeta peruano.

La selva oscura

La selva oscura - Radiografía la otra cara de la ciudad emergente

En una quebrada, rodeada de altísimos cerros, cuando su tiempo de vivir en soledad se extinguió, pronto se pobló rápidamente, evidenciándose también sus problemas.

En un principio, la gente, asentada en el lugar, era unida y armoniosa, ya que precisaban satisfacer muchas necesidades. Y fue, gracias a su tesonero trabajo y persistencia ante las autoridades, que en poco tiempo lograron el sueño imposible: ya tenían agua potable, desagüe, energía eléctrica, lozas deportivas, instituciones escolares, la plaza, la comisaría, la parroquia, etc.

Habiéndose delineado, al fin, la gran urbe cosmopolita. Mostrándose al mismo tiempo, sin embargo, los primeros síntomas de una extraña enfermedad social, temida por quienes defendían la tradición comunal.

En efecto, el desborde migratorio del campo a la ciudad, produjo en poco tiempo, que los ariscos y desolados cerros que circundan la quebrada, quedaran adornadas de largas escaleras de cemento y rústicas viviendas de madera, guardando la pobreza de los invasores, quienes gracias al apoyo “benevolente” de las autoridades de turno, vivían allí. Ufanándose de tener casa en La Capital. Quebrándose de esta manera la tranquilidad de la vecindad que vivía en la parte llana. Emergiendo en las calles y avenidas, cual fantasma reprensible, cientos y cientos de mototaxis ruidosas y negociantes ambulantes, poco amantes de la ecología y la higiene pública. Primando la prepotencia y la soberbia. Habiéndose olvidado la práctica del saludo y la cordialidad entre los transeúntes.

Las autoridades que andaban enamorados de la indiferencia, no hizo sino que la informalidad y el desorden tomaran cuerpo cada día: reinando a diestra y siniestra: delincuentes “jaladores” que cobran cupos a los intimidados micro buseros; moto taxistas ladrones y piratas; señoritas de alfombra bonita, apostadas en los paraderos y hoteles de cascabel, exhibiendo sus derechos a los varones; extranjeros que pillan y asesinan; bares clandestinos de amargo destino que insuflan prostitución y violencia familiar; adolescentes drogadictos y pandilleros que tienen atemorizado a los padres de familia y a sus profesores, etc.

Encendiéndose la llama del desorden los fines de semana. Convirtiéndose la única plaza de la ciudad en gigantesco circo de diversión popular. Dejando los concurrentes en los golpeados jardines: un caudal de basura que será barrida hasta el cansancio por quienes barren las vías públicas.

Observándose también el descompuesto arte de la basurilla, fraguado por los perros sin dueño, en las calles principales y frente a los edificios de bella fachada. Quejándose nada más todo el tiempo, contadas personas por la radioemisora local, sin trascendencia alguna; debido a que la mayoría de la gente solo vive escuchando música al gusto de su pasión. Importándole solo su suerte. Bailando cada quien con su pañuelo político.

-¡Rayos! ¿Es un sueño? ¿No dicen que este pueblo está unido? -pregunta alguien. Respondiendo otro que iba al lado suyo.

-¡Eso es poco señor! Aquí la gente tampoco distingue ya el aroma de la fetidez. Viviendo felices en medio de la contaminación ambiental y el caos vehicular. Sonriendo y bromeando entre sus conocidos como si estuvieran en el país de las delicias.

-¿Quee…?

-¡Sí! ¿No ve como la gente, bien vestida y subida de peso, sentados en los kioskos ambulantes, degustan comida chatarra envuelta en polvo y aceite quemado; mientras el ruido de las bocinas taponan los oídos de los transeúntes; apurando la caminata en esta selva oscura las mujeres de cartera y celular, tornando la vista hacia atrás, pensando que algún delincuente las puede estar siguiendo?…

-¡Oiga! Pero ¿Y cómo está la fe en Dios aquí? -interrumpió el visitante.

-¿Dios? Aquí la mayoría de gente vive por vivir, sin importarles el cielo o el infierno.

-¡No puede ser!- retrucó el viajero. Experto en tomar fotografías de templos católicos en Latinoamérica y el África.

-¿No me cree?… ¡Mire allí! Un hermano está predicando el Evangelio de Cristo; y la gente como si él no existiera sigue su camino, soñando vanidades. Igual también ocurre cuando a veces concurren por compromiso a misa. En la calle siguen cometiendo pecados, sin la menor pizca de arrepentimiento.

-¡Ah, entiendo ahora porque la maldad reina en este lugar!- exclamó el hombre, que tanto había oído del singular pueblo, asentado en la desértica quebrada.

-Y antes que se retire señor turista. Aquí a muchos le causa escozor las plantas. Viendo un arbolito recién plantado, en vez de regarlo terminan quebrándolo o en el peor de los casos lo ahogan con desmontes o basura…

-¡Basta! ¡Este lugar será más hermoso, pero sin esa clase de gente!

Escuchando aquella hora -sin querer- “el visitante”, en la intersección de dos avenidas principales… ¡Ya pe cuñao! ¡Sale! El encargado del área de fiscalización es mi “chochera”. ¡Cincuenta “mangos” basta para el arreglo; y tu mototaxi no tendrá problemas!… ¡Siga circulando nomás! -¡Ya “jefe”! ¡Hasta la vista!

Fin.

La selva oscura es un cuento para jóvenes y adultos enviado por el poeta peruano Angel Javier Castro Sánchez para publicar en EnCuentos. Si quiere enviarnos cuentos o relatos como este, puede utilizar nuestro formulario de publicación de relatos.

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