La confesión es uno de los cuentos de fantasmas de la colección cuentos infantiles de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente para adolescentes, jóvenes y adultos.

Cuentan que en los primeros años del siglo que acaba de terminar, cuando la ciudad de Puebla aún se extendía apenas un poco más allá de lo que hoy es su centro y sus calles eran empedradas, y las de las orillas eran de tierra, ocurrió este extraño suceso.

El “tío padre”, que así le decían sus familiares que me contaron esta historia, estaba una noche lluviosa a punto de retirarse a descansar, rezando sus últimas oraciones del día, cuando sonaron en la puerta unos golpes impacientes.

Al asomarse, un hombre vestido de paisano lo urgió a acompañarlo para escuchar la confesión de un moribundo. Quizá un sacerdote menos cumplidor de sus deberes de estado, en vista del tiempo lluvioso y la noche oscura, habría dicho que iría a la mañana siguiente.

Pero dicen quienes lo conocieron que este hombre de iglesia no era tal, sino celoso de sus obligaciones para con Dios y con las almas, de modo que sin hacer siquiera un gesto de flojera o desagrado pidió al visitante que lo aguardase unos segundos.

Luego de ponerse el capote y tomar su estola y su breviario salió, dispuesto a marchar a pie. “No, su mercé —le dijo el desconocido—, que vamos lejos. Monte usté en su burro, que yo traigo el mío”.

Al paso más rápido que se pudo lograr de los pacienzudos animales anduvieron durante un rato bastante largo; atravesaron calles y callejones y llegaron a la orilla de la ciudad, alcanzando las primeras huertas y campos sembrados, y caminaron por los senderos enlodados con todo el cuidado que les era posible dadas las circunstancias.

Buen trecho anduvieron todavía hasta que, cerca ya de un lomerío arbolado, cuyas sombras negras imponían cierto temor a lo que pudiera haber ahí escondido, el guía señaló al cura una lucecita, apenas visible entre las sombras y la llovizna. “Es allí, su reverencia. Ya puede usté llegar, y luego ya ve su mercé que el camino es fácil y sabrá cómo volver”. “Si, hijo —respondió el hombre de iglesia—; no te mojes más, ve con Dios y que él te bendiga”.

Se separaron y dióse prisa el cura en llegar a cumplir con su piadosa tarea, esperando que no fuera tarde para aquella alma, pues es cosa muy grave morir sin confesión. Al llegar a la casa golpeó la puerta con los nudillos, esperando que le abrieran los familiares del enfermo.

Adentro no había nadie que le abriera, no había nadie además del enfermo, pero la madera, al parecer muy apolillada, cedió sobre sus goznes y se abrió fácilmente, aunque con un desagradable chirrido. Muy pocos muebles había adentro: una mesa en el centro, sobre la cual una vela proyectaba la temblona luz que desde lejos se veía por la ventana; un catre donde, envuelto en mantas viejas, yacía un hombre que al parecer sufría bastante, y junto de éste una silla.

Luego de saludar “La paz de Dios sea contigo” y hacer sobre el hombre la señal de la cruz, el sacerdote se quitó el capote que puso a los pies del catre, se acomodó la estola y se arrodilló junto al enfermo para escuchar su última confesión.

Éste hablaba con dificultad y el cura, luego de tratar de leer sus oraciones a la escasa luz de la vela, y ver que no podía, decidió decir de memoria lo que pudiera recordar, y hacer por el enfermo una oración espontánea, salida del alma en el momento; puso su breviario en la silla y acercó el oído a la boca del moribundo. Qué fue lo que el cura escuchó, no lo sabemos; fue secreto de confesión y no lo dice la historia.

Dio la absolución y exhortó al hombre a confiarse a la misericordia divina, que es infinita, volvió a hacer sobre él la señal de la cruz y salió, luego de ponerse el capote para protegerse de la llovizna que persistía en caer. Desató a su burro, que se había quedado junto a la puerta, montó y se apresuró a regresar.

Fue hasta el día siguiente cuando, al levantarse e ir a rezar sus oraciones, echó de menos su breviario. Además de su utilidad, para él tenía un importante valor ese pequeño libro que le había regalado su madre, muchos años atrás, el día que se ordenó sacerdote. No necesitó esforzarse mucho para recordar que le había sido inútil en su menester, la noche anterior, y había olvidado tomarlo de la silla que estaba junto al catre del moribundo.

Luego de celebrar las dos misas por la mañana, cuando ya había amanecido, se puso en camino. De paso, se enteraría del estado de salud del pobre hombre. El trayecto le pareció mucho más corto que antes, seguramente debido a que ya no llovía ni él estaba cansado. Desde que divisó la casa, a lo lejos, le causó extrañeza.

Por la noche no se había percatado del aspecto de ruina y abandono en que se encontraba, quizá no la observó bien por lo oscuro y por la lluvia, o porque mientras caminaba pensaba en el deber que iba a cumplir. Al acercarse y mirar la puerta recordó lo fácilmente que se había abierto sola, la noche anterior, con apenas unos golpes no muy fuertes. No era extraño, ahora lo veía: estaba carcomida y agrietada por todas partes. Pero cuando quiso abrir esa mañana la puerta se atoró con las hierbas que crecían dentro de la casa. Tuvo que empujar con fuerza y al entrar, su sorpresa fue enorme.

Ahí estaba la mesa con una pata rota, inclinada hacia un lado; la palmatoria de hojalata oxidada y la vela, ennegrecida, estaban tiradas junto a la mesa; el catre, sin enfermo y sin cobijas, y la silla a un lado. Todo ello se ocultaba entre las altas hierbas y matojos que la noche anterior, sin duda, no estaban ahí. Recordó que al arrodillarse junto a la cama sintió el piso desigual y pedregoso, no acolchonado por la hierba. Sobre la silla, que estaba en el mismo lugar y cubierta por una gruesísima capa de polvo, encontró su breviario, que se apresuró a tomar y salió, alzando los pies al caminar y preguntándose qué podría significar aquello.

Luego de caminar un poco se cruzó en su camino una pareja de campesinos, al parecer vecinos del lugar, y el cura pensó que quizá ellos le podrían explicar algo. “Oigan, ¿ustedes saben algo del hombre enfermo que vive en esa casa, la que se ve junto a aquellos árboles?”, preguntó. “¿En esa casa? No, su mercé. Ha de estar usté confundido, ahí no vive naiden desde hace como quince años”, respondió la mujer.

El cura pensó unos momentos, y luego insistió: “No, no puede ser. Dejé olvidado mi breviario y ahí lo acabo de recoger. Fue ahí, ayer noche vine a confesar a un moribundo. Pero ahora ya no hay nadie y quiero saber si murió, si dejó familia a quien avisar y si ya se le enterró”. “El último que la vivió fue el Arnulfo, Dios lo haya perdonado”, informó el hombre. La mujer se estremeció y completó lo dicho por su marido: “Asesinó a machetazos a uno que dizque era su amigo, que porque los dos querían a la mesma muchacha. Pa’que luego la muchacha ni lo quisiera…” “Durante muchos años después vivió ahí, pero no se trataba ni se hablaba con naiden, imagíneselo usté, tan malvado ni quien quisiera saber de él. Aluego se murió, solo como un perro, y naiden quiso acompañar el entierro ni venir a rezarle”, terminó el hombre.

Cuentan los hijos de los hijos de los que oyeron el relato de los campesinos, que el sacerdote palideció y hasta pareció que le temblaba la mano al dar la bendición a la pareja. Corrió por la ciudad el rumor de que en esa casa el cura había escuchado la confesión de un muerto, cuya alma impenitente había buscado quien lo absolviera de un horrible crimen para poder encontrar el descanso eterno.

Muchos años después, al extenderse la ciudad, la casa en ruinas fue derribada y construidas casas y edificios en todo ese terreno yermo. Hoy no queda nada más que la historia, contada de boca en boca entre muchos otros relatos de fantasmas, en los que es pródiga nuestra ciudad, sin que nadie tenga idea de dónde sucedió.

He escuchado relatos parecidos y no sé si realmente ocurrieron o son invento de alguna imaginación calenturienta, pero a mí me fue narrado por una sobrina nieta del cura. Quizá no sea tan infrecuente que, luego de algunos años de purgatorio, las almas reciban el perdón a condición de encontrar, entre los vivos, quien les dé la absolución…

Fin

La confesión es uno de los cuentos de fantasmas de la colección cuentos infantiles de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente para adolescentes, jóvenes y adultos.

De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”

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