Ignacio y el Cosmos es uno de los cuentos de amistad de la colección cuentos infantiles de la escritora Gladys Gutiérrez Fernández sugerido para niños a partir de nueve años.

En los faldeos del Observatorio La Campana, ubicado en la región de Atacama de Chile, vivía un niño muy singular. Un día, muy de amanecida, en que las estrellas se estaban guardando y una finísima luna se despedía para dar paso a un reconfortante día primaveral reinaba un cielo despejado de un azul purísimo, haciendo resaltar el inundado cielo cósmico, Ignacio lo estuvo mirando por largo rato y no comprendía por qué desaparecían cuando aparecía el sol.

Uno de esos días, Ignacio despertó inquieto, durante la noche había soñado con astros y meteoritos, que se hacían notar acá en la tierra tomándose la libertad de salir a recorrer el cosmos. Para sus inquietudes de niño, siempre se preguntaba si el cielo tenía techo, así como son las casas, o sea, si tenía fin. Esta pregunta nunca lo dejó satisfecho, ya que muchas veces en clases de Geografía le consultaba a su profesor y éste le enseñaba las constelaciones, los astros, la formación de los planetas como Mercurio, Júpiter, Saturno, los cometas, es decir el cielo Cósmico pero no entendía nada.

Por esas cosas, su curiosidad se hacía cada vez más grande y como quería saber todo lo que pasaba en el cielo tenía por costumbre investigar. Muchas veces se iba a la biblioteca de su ciudad y conversaba animadamente con la bibliotecaria haciéndole miles de preguntas. Siempre se traía un libro bajo el brazo. Era un niño que amaba la lectura y se había hecho amigo de la señora Adriana, bibliotecaria municipal. Ella, era muy amigable y se entretenía muchísimo cuando Ignacio la iba a visitar.

Conversaban de la naturaleza, la familia y de la atmósfera; pero en este viaje Ignacio iba con un tema puntual.

_ ¡Qué era el Cosmos! Primero, le dijo:

_ Señora Adriana ¿Qué es cosmos?, _

Ella pausadamente le muestra un mapa astronómico y comienzan a identificar los planetas, los astros, la familia de estrellas, su distancia. Ignacio la estuchó atentamente. Luego, camino a casa, le siguió dando vueltas en su cabeza este tema, pero se distrajo cuando vio a su amigo Francisco que corría con tanta prisa, vestido con un short y zapatillas. No dudó en hablarle, preguntándole:

_ Francisco, ¿Qué andas haciendo por aquí?

_ Me estoy preparando para la Maratón le respondió Francisco. Se correrá el próximo mes y quiero participar. Luego agrega: ¿Te gustaría acompañarme? Ignacio se entusiasma y le dice que consultará con sus padres, diciéndole que al día siguiente le dará la respuesta.

Francisco se aleja trotando, haciendo flexiones con sus brazos y tronco. Se detiene para tomar fuerzas, respirar tranquilamente y luego retomar sus ejercicios. Él es un niño saludable. Le gusta mucho la actividad deportiva.

Al salir de clases se va a casa, almuerza, hace sus tareas y se da un tiempo para trotar todos los días. Siempre está con buen ánimo y sonriente, al igual que Ignacio, que aunque no practica a menudo algún deporte, es un niño también muy alegre y optimista.

Ambos estudian en distintos colegios pero viven cerca en el barrio. No se ven todos los días, porque cada uno se preocupa de sus hobbies o actividades extraprogramáticas que ellos mismos se han autoimpuesto pero comparten los fines de semana. Ignacio le comenta de sus observaciones que le ha hecho al cielo, Y Francisco, a su vez, sus avances en la flexibilidad que ha alcanzado con el deporte. Muy contestos acordaron juntarse una noche, cuando el cielo este totalmente limpio y sólo se vean miles de estrellas en el cielo se juntarán para explorar el espacio gigante.

Fue una noche, en asomaba la primavera cuando se reunieron en el patio de la casa de Ignacio. Llevaron unos jugos y algo de comer porque la reunión era para largo, además debían tomar nota de sus observaciones para luego comentarlas con el profesor de Geografía y también a su estimada amiga, la señora Adriana, Bibliotecaria de la Biblioteca de su pueblo.

Francisco, tirado de espalda en el prado y sus dos manos bajo la cabeza, estaba impresionado mirando el cielo, obscuro, pero resplandeciente. Nunca se había dado el tiempo de mirar con ojos de estudiante el cielo. Ese que nos parece un techo que nos abriga y nos protege, decía, dentro de su emoción. Ignacio, seguía el recorrido de las constelaciones, indicándole la alineación de algunas estrellas más grandes y por qué había grandes manchas resplandecientes, es como si se hubiesen reunido un grupo de familias y en animada fiesta la casa estaba toda iluminada. Francisco reía ante tal comparación, estaba feliz.

Estuvieron largas horas, hasta cuando la mamá de Ignacio los llamó porque se hacía tarde. Esa noche Francisco se quedó a dormir en casa de Ignacio. Durmieron tranquilamente hasta medio día, cuando por sentido de subsistencia comenzaron a sentir hambre, se levantaron y fueron a la cocina a tomar desayuno.

La mamá les tenía un jugo y leche con cereales que se sirvieron con mucho apetito. A la vez le comentaban de lo interesante que había sido la noche y que, -agregó Francisco- que nunca se había detenido para mirar el cielo, escribir lo que pasaba allá arriba. Se sentía muy agradecido de su amigo, -comentaba-, porque así como vivieron esta experiencia del cosmos, él de inmediato aprovechó de invitar a su amigo para salir a trotar y así Ignacio sentiría los beneficios que trae hacer deportes.

Cada uno comenzó su semana como era habitual, cada uno en su colegio comentaba la experiencia vivida ese fin de semana. Pero Ignacio como era su fascinación, por las tardes se iba, un ratito a la biblioteca, no sin antes avisarle a su mamá y seguía buscando más información.

Llegó el fin de semana, estaba un poco helado y nublado, con un cielo que anunciaba lluvia, pero el acuerdo ya estaba tomado, sólo si llovía mucho suspenderían la carrera pero igual iban a hacer ejercicios en el gimnasio. Ignacio, se vistió con ropa deportiva, antes se tomó su desayuno y al abrir la puerta sintió frío pero igual se despidió de su mamá y se fue trotando a casa de Francisco.

Ambos salieron trotando suavemente hasta llegar a la avenida elegida. Comenzaron a hacer la ruta que recorrerían esa mañana. Cronometraron el tiempo, cuántos minutos harían los rutinas de flexiones, abdominales, elongaciones, porque -como Francisco era un deportista- él admiraba a los jugadores de fútbol cuando hacían sus prácticas deportivas y era ahí donde él sacaba ideas para perfeccionarse.

Entonces, cuando estuvo la ruta lista, trotaron animadamente. Siguieron por la ruta de -Francisco de Aguirre para llegar a Cochrane-, que era el límite que se habían fijado para tomar el primer descanso, Ignacio se sintió un tanto fatigado, y deciden detenerse unos minutos. Tomar unos sorbos de agua para luego continuar. Francisco le regula la cantidad de líquido que debe tomar mientras estuvieran en acción, elongar brazos y piernas, hacer cuclillas, y así Ignacio ya más descansado continuaron la carrera.

Cuando completaron la ruta que se habían trazado, regresaron a casa caminando y riendo de lo entretenido que había sido esta rutina. Ignacio, valoró inmensamente la invitación que Francisco le hizo, ya que pudo sentir lo beneficioso que era el ejercicio luego de un trabajo de concentración que le demandaba observar y analizar el cosmos.

Desde ese día, ambos amigos comparten sus hobbies y viven una vida juvenil sana y que los llevará a cumplir sus sueños profesionales con mejores herramientas para triunfar en la vida.

Fin

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Ignacio y el Cosmos es uno de los cuentos de amistad de la colección cuentos infantiles de la escritora Gladys Gutiérrez Fernández sugerido para niños a partir de nueve años.

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