Eterno amor


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Eterno amor. Lazurus Kilyx, escritor argentino. Historias de amor.

Las puertas de color celeste grisáceo, se cerraron abruptamente, con tanta fuerza que se generó un fuerte estruendo. Mariano, de gran imaginación, comparaba esta acción con la que generaba una ratonera. Y cada tanto caía alguna presa desprevenida atrapada por estas puertas.

Esa mañana de Enero de 1914 habían pasado ya dos meses desde la inauguración del Subte que iba desde Plaza de Mayo hasta Plaza Miserere. Aquella vez el andén se encontraba lleno de personas con frac y galeras, de mujeres con sombreros, collares y paraguas en sus manos.

Mientras la formación comenzaba a avanzar, Mariano observaba a las personas que viajaban con él: Un señor con cara aguileña de prominente nariz, una señora con rostro de tortuga llena de collares, un hombre petiso de cara redonda con anteojos que se perdían en su rostro y entre tantas figuras graciosas, la vio a ella, una mujer de vestido blanco de ojos tan negros como el oscuro túnel donde la formación se adentraba.

Su piel era muy blanca y su cabello castaño o que generaba un vistoso contraste con los trajes de los caballeros. Mariano quedo completamente hipnotizado ante semejante belleza. Su mirada triste y de pálido rostro lo enamoró. Finalmente el subte llego a Lima, el vagón quedo casi vacío y fue allí donde ambos quedaron enfrentados.

Cuando ella lo miraba, el desviaba rápidamente su ojos; era muy hermosa, tanto que no se animaba ni siquiera a cruzarse con ella. Al llegar a la estación Perú, Mariano bajó y ella siguió rumbo a plaza de Mayo, mirándolo fijamente. Salió hacia la superficie y se tomó el tranvía hasta la Av. Belgrano, ahí se encontraba la ferretería Industrial donde trabajaba desde muy pequeño.

Transcurrieron los días de similar forma y así él perdía la oportunidad de hablarle y de sonreírle, porque nunca se animaba siquiera a mirarla. Simplemente se paralizaba ante semejante belleza. De la admiración paso a amarla en secreto, se conformaba con solo verla a escondidas, estar cerca de ella a unos centímetros de distancia.

Y los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses se convirtieron en un año. Un día de los tantos en los que solía realizar la misma rutina, subió a la formación de siempre, con la misma ilusión de siempre, pero de se dio cuenta de que algo pasaba. Ella no estaba allí.

La buscó en el mismo vagón lleno de personas entre permisos y caras de disgustos pero no la encontró. Se bajó en cada andén tratando de hallarla. Subió a todos los vagones pero fue inútil. Lo invadió una tristeza absoluta y la desolación se apoderó de él completamente.

Entonces la espero cada día, con la misma esperanza de cruzarse con esos ojos negros, pero ella no desapareció de su camino. Tal fue la obsesión, que empezó a encerrarse en su caserón de Once para no salir. Había armado un laboratorio en una de las tantas piezas que poseía en aquel lugar.

Cada tanto los vecinos, se alarmaban por los estruendos producidos por explosiones de aquella vieja casa de techos altos. Y el tiempo pasó y aquel flacucho joven, se convirtió en un hombre de ojos tristes, y aquel hombre se convirtió en un anciano obsesionado y frustrado de la vida. Con una única misión: Concretar su invento.

En el invierno de 1963, por fin, después de tantos años de frustraciones pudo concretar su dar c invento. Lo había logrado. Había construido de manera artesanal, una máquina del tiempo, con forma de reloj de madera. Sus tristes ojos reflejaban un brillo fugaz, que hacía tiempo había perdido.

Admiró una y otra vez aquel artefacto entonces, se dirigió a la plataforma del subte, el andén de plaza Miserere y sin más, comenzó a girar las perillas de aquel reloj de madera y marcando el 24 de Enero de 1915, que fue el último día que la había visto. Se encontraba muy ansioso y de torpe conducta, ya que la volvería a ver y esta vez sí se animaría a expresarle su amor contenido en todos esos años de tristeza y soledad.

El reloj del tiempo comenzó a brillar más y más en un color azul profundo, las agujas giraron a gran velocidad y se generó un escudo de energía que lo envolvió para en segundos desaparecer. Se encontró cayendo por un túnel abrazado al reloj giraba y giraba sin cesar. Veía como sus arrugas desaparecían y se volvía como aquel joven flacucho de su juventud.

Al abrir sus ojos, se encontró con aquel anden de luz tenue, que apenas alumbraba la electricidad de aquella época, sentado completamente solo en aquel lugar, con el reloj hecho pedazos a su lado. Pero no le importó ya aquel aparato del tiempo, estaba feliz, saltaba y cantaba, bailaba solo de tanta alegría.

Había logrado, al fin la verla nuevamente. Su vida sería plenamente feliz. Miró su reloj pulsera que indicaba las 06:50 AM, el subte donde ella se encontraba pasaría al las07:00 AM. Esperó sentado, pero la formación no llegó.

Volvió a ver su reloj y el tiempo no había transcurrido: 06:50 seguía indicando. Pensó que se habría roto y corrió al reloj de pared: 06:50 también indicaba, y lo peor que podía suceder, sucedió porque quedó atrapado en una porción del tiempo, que algunos suelen llamar “eternidad”.

Mariano se sentó desconsolado en aquel asiento del andén y comprendió todo. “En la vida la oportunidad solo pasa una vez”. Si no aprendemos a aprovecharlo en ese preciso momento, jamás volverá hacia nosotros. “El amor es para valientes dicen los que dicen”.

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Fin

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