El sombrero que ya no estaba es uno de los cuentos de misterio de la colección cuentos de fantasmas de la escritora de cuentos infantiles Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

El vigilante que hace la ronda todas las noches no consigue explicárselo. Al principio pensó que era su imaginación, hasta que una noche el gerente de la oficina lo vio también y le preguntó qué podría significar.

En cuanto se apagan las luces, con la poca luminosidad que llega de la calle se ve en el rincón vacío una sombra: es un perchero inexistente con un sombrero colgando, y la figura de un hombre, encorvado como bajo el peso de un gran cansancio, estirando la mano para tomarlo. Pero si se prende la luz, o se dirige la de una linterna hacia ese rincón, enseguida desaparece la sombra. * *

* * *

Somos parte de ese rincón. Los tres, y en él somos inseparables. El perchero de madera, que ahora yace en un desván porque aparte de nosotros nadie más lo usaba. El hombre cuya cabeza y yo nos calentamos mutuamente durante tantos años. Y yo. Los tres y el rincón vacío.

Desde que vi a mi buen dueño acercarse ese día, al terminar la jornada, supe que algo pasaba. Antes de que me tocara. Antes de tocar yo su cabeza. Creo que fue por la forma como caminaba, él, que a pesar de sus más de sesenta años siempre andaba erguido, arrogante y lleno de vida.

Ese día parecía que le habían echado algo sobre la espalda, algo muy pesado, más pesado precisamente porque no se podía ver y, entonces, nadie le ofrecía ayuda para llevarlo. Cuando levantó su brazo para alcanzarme, también parecía pesarle mucho. En lugar de peinarse el cabello con las manos antes de acomodarme sobre su cabeza, como siempre, me puso sin fijarse. No noté ese como orgullo con que me colocaba todos los días sobre su cabeza, como si yo significara lo respetable que él era; ese día percibí tristeza y algo como vergüenza…

Cuando me tomó, su mano temblaba. Durante el camino a casa, como siempre, sin darse cuenta me habló de lo que había ocurrido. Desde que me colocó sobre sus cabellos grises, al mismo tiempo que olía la vaselina a la que yo estaba tan acostumbrado como él, empecé a oír sus pensamientos.

Luego de tantos años de trabajar en esa oficina, sin más ni más lo despidieron, cuando le faltaban sólo cuatro años para jubilarse. Con una regular liquidación los dueños de la empresa limpiaron su conciencia.

Si se detuvieron a pensar no les importó y lo dejaron en la calle; le dijeron que eso era lo que le correspondía legalmente y allá él, que se las arreglara como pudiera. Por más que hizo cuentas, yo pude ver las sumas y restas dentro de su cabeza y no, no le alcanzó para nada: un pequeño negocio que les permitiera vivir a él y a su agria media naranja. Pero echó números, quitando aquí y también allá, y no alcanzaba.

La renta de un local, seguramente con un mes o dos de depósito; el mobiliario que tendría que adquirir, la mercancía para empezar con los anaqueles llenos… no, medio llenos… no, apenas a la mitad… No, tampoco… Casi vacíos y ni así salían las cuentas. Pediría ayuda a sus hijos… No… No podía hacer eso, ellos estaban casados, tenían sus propias familias y sus propios compromisos, sus hijos pequeños, sus casas a medio pagar.

Cuando él abrió la puerta su gruñona consorte, igual que yo, notó algo extraño desde el principio. “¡No me digas…! Te robaron la cartera, como la otra vez…” Me sentí movido de un lado a otro, en silencio. “Te retrasaron el pago, como que no trabajas…” Otra vez me meció el movimiento de su cabeza. “Ah, te sientes mal. Claro, nunca haces caso cuando te digo que no te bañes en la mañana, antes de salir, pero no, si eres necio como tú solo…” Antes de que ella terminara, otra vez negó la cabeza sobre la que me encontraba. “Entonces es que vienes de malas…” Me sentí levantado y puesto sobre la mesa. Yo no quería seguir oyendo, pero ellos se quedaron ahí, junto a donde yo estaba. “No, mujer. Me quedé sin trabajo” “¿Cómo…?” “Me despidieron, pues” “¡¿Que te qué…?!” “¡Que me despidieron, me despidieron, me despidieron!, ¿ya?”

Un silencio de esos que dicen más que una retahíla, más amargo aún que las frases despectivas que yo estaba acostumbrado a oír todos los días, fue la respuesta de la mujer. Luego de unos segundos larguísimos, la oí gritar: “¡Pues a esta casa o traes el gasto, o te me vas pero así…!”, chasqueó los dedos frente a la cara de él.

Se quedó mudo. Sin responder, subió al cuarto y guardó todas sus cosas en una maleta vieja; no era mucho, dos pares de pantalones raídos, cinco camisas percudidas, un chaleco y dos suéteres; tres camisetas y cuatro pares de calcetines, un pijama azul marino, una bata gastada. El único par de zapatos, aparte del que llevaba puesto, lo metió en una bolsa de plástico. Lo vi bajar las escaleras con la maleta en la mano.

Pasó frente a donde yo estaba, sin verme, y se dirigió a la puerta. “¡No me dejes aquí esta basura!”, chilló la voz de urraca de la mujer. Yo hubiera querido huir cuando la vi acercarse, nunca me gustó que me tocara con sus manos ásperas y heladas, pero no lo pude evitar. Me quedé temblando mientras ella me alargaba hacia él, y lo oí decir: “Haz lo que quieras con él, ya no lo necesitaré más”.

Al mismo tiempo que escuché el portazo, me sentí lanzado hacia el suelo y ella, la odiosa bruja, brincó sobre mí con ambos pies, me pateó con furia y me alzó del piso, pero sólo para aventarme sobre el bote de basura, entre las inmundicias.

Desde ahí, todavía, alcancé a percibir los pensamientos de mi dueño alejarse, tristes, calle abajo. No quise quedarme en la basura y desde esa noche me vine a vivir a la oficina, al rincón donde me dejó tantas mañanas, optimista, para empezar a trabajar, y tantas tardes lo esperé para acompañar su cansancio y su camino a casa. No va a volver, pero de algún modo es como si aún estuviera aquí.

Fin

El sombrero que ya no estaba es uno de los cuentos de misterio de la colección cuentos de fantasmas de la escritora de cuentos infantiles Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”

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