El pasajero es uno de los cuentos cortos de fantasmas de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”.

Muchas personas piensan que exagero cuando digo que manejar un taxi es la mejor forma de conocer a las personas.

Y es que conoces de todo; tal vez más a la clase media, pero también de repente algún riquillo a quien se descompuso el coche o debe hacer uso de los servicios de un taxi por cualquier otro motivo, y algunas veces personas tan pobres que, la verdad, da vergüenza cobrarles.

Tiene uno la oportunidad de platicar con ellos, saber un poco sobre su vida, sobre lo que hacen y sobre cómo piensan. Lo que casi nadie me cree es cuando les digo que durante mucho tiempo cargué un fantasma en mi taxi.

Era el fantasma de una de las pocas personas con quienes casi no hablé y no supe nada de él. Yo prefería trabajar por las noches, pues el trabajo es mucho mejor y por lo general llegaba a mi casa con más dinero para el gasto de la familia.

En las noches vi algunas cosas extrañas en las calles, pero nunca vi un fantasma. A veces sentí temor de trabajar en la noche, pero no por los muertos sino por los vivos: por la noche corría mayor peligro de ser asaltado, y también circulan por las calles, a esas horas, más borrachos causantes de accidentes.

Una tarde comencé más temprano que de costumbre, a esa hora en que ya no es de día pero todavía no es de noche y no se sabe si saludar “buenas tardes” o “buenas noches”. El primer pasajero que me abordó, antes de que acabara de oscurecer, fue un hombre enfermo que me pidió llevarlo lo más rápidamente posible al hospital de San José. Su aspecto era bastante malo.

El trayecto era un poco largo y desistí de circular por las avenidas, pues era la hora de la salida del trabajo y había mucho tránsito; para poder ir más rápido me metí por calles y callejones que mis años de taxista me han enseñado, evitando circular por donde había topes y semáforos. Un par de veces me dirigí a mi cliente para inquirir cómo se sentía, y no me respondió.

A pesar del ruido de la calle yo podía escuchar su respiración dificultosa; lo oí gemir varias veces, seguramente sufría alguna dolencia terrible. También podía verlo por el espejo retrovisor. Casi todo el camino llevó los ojos apretados y la cabeza echada hacia atrás, en el respaldo, y vi brillar las perlas de sudor en su frente.

Faltaban un par de calles para llegar al hospital cuando lanzó un suspiro fuerte y ruidoso, y su cabeza cayó sin fuerza hacia un lado, golpeando el poste de la carrocería del auto. Me apresuré todo lo que pude y al llegar al hospital, frente a la entrada de urgencias, pedí una camilla. Ayudé a los camilleros a sacar al pasajero del coche y me confirmé en mi suposición: el hombre acababa de morir, había muerto hacía dos minutos.

No sé si los camilleros se dieron cuenta, pero en todo caso no les corresponde a ellos dictaminarlo, sino a los médicos y paramédicos. No esperé más, en cuanto se dieron la vuelta me subí y me fui rápidamente de ahí.

He sabido de compañeros que tienen algún problema por trasladar en su taxi un herido o un difunto, y yo no quería complicaciones de ese tipo. Ni siquiera pensé que el pasajero no me había pagado; sólo deseé que llevara alguna identificación con él para que pudieran avisar a sus familiares.

* * * * *

Tardé mucho tiempo en relacionar con este pasajero lo que me empezó a ocurrir después. Con frecuencia, al ir circulando por las calles, atento por si alguna persona me hacía la parada, algunas personas me daban la impresión de estar esperando un taxi, por la forma como me miraban, o incluso iniciaban el movimiento de levantar la mano para llamarme, pero desistían y me quedaba sin pasajero.

Luego de que me ocurrió varias veces, me detuve ante una de estas personas y, al subirse, me comentó: “Perdón, es que me pareció que venía ocupado”. Muchas veces me ocurrió lo mismo, así que opté por detenerme siempre que me pareciera ser ésa la intención de alguien. En una de tantas respondí al pasajero, en tono de broma, cuando me dijo que le pareció ver a alguien sentado atrás: “Ah, sí, es mi pasajero fantasma”. Mi risa se volvió de piedra.

En ese momento me acordé del hombre que murió en mi taxi. Como mi esposa es muy mocha, cuando se lo comenté se empeñó en que fuéramos a pedir al cura que le echara agua bendita. Todavía me cuesta trabajo creer que hubiera un fantasma, pero lo cierto es que luego del agua bendita nadie me ha vuelto a decir que parecía ir alguien en el asiento trasero.

Fin

El pasajero es uno de los cuentos cortos de fantasmas de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”.

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