El país de las palomas


Por Martiniano Acosta Acosta. Cuentos cortos

El país de las palomas es un cuento corto sobre una mujer mayor que daba de comer a las palomas que llegaban hasta su casa. Es un cuento del premiado escritor colombiano Martiniano Acosta para todas las edades, con un final de fantasía que no vamos a adelantar. ¡A descubrirlo!

El país de las palomas

El país de las palomas - Cuento corto
Foto por formulario PxHere

Una vez, en Bahía del Mar, ciudad amarrada al mar, en la época de la cuarentena obligatoria, centenares de golondrinas, gaviotas, pericos, alcatraces y palomas se tomaron el permiso de cruzar y volar libremente como alfombra blanca y gruesa por los cielos, los edificios, las casas y los árboles.

Las palomas blancas se desprendieron de la nutrida curva de aves y llegaron ─como siempre lo habían hecho─ hasta el alféizar de la ventana y se apostaron en la puerta de aquella casa en la que habitaba una mujer octogenaria, de cabellos nevados, tan delgada como una vara, que sostenía una taza entre sus dedos y a paso lento salía a la calle ─sin importarle los riesgos del contagio del virus en ese tiempo─ y les arrojaba con gestos caritativos los residuos de comida para alimentarlas.

No sólo le encantaba que se le pararan en los hombros y en la cabeza en aleteo constante sino que se embebía con el permanente currucú que entonaban las aves.

La insistencia de las palomas creó la costumbre y todas las mañanas aquellas visitas se convirtieron en un festín de varias horas en el que unas se iban y otras regresaban a comer y a despedirse de la anciana.

Así que esa permanente estadía frente a la casa de la anciana provocó reacciones violentas en los vecinos. Nunca estuvieron de acuerdo con la actitud bondadosa de la anciana por lo peligroso que se decía de las palomas que su excremento era portador de muchas infecciones.

Sin embargo, las aves tercas seguían descansando a montones sobre el ramaje de un olivo de un verde brillante que reposaba sobre la ventana del cuarto de la anciana. Los picotazos contra el vidrio la despertaban mientras otras cantaban en la entrada y cuando todas escuchaban el ruido del cerrojo, el revuelo era tan enorme que se lanzaban a la terraza, invadiendo los cuartos, el andén, la calle, y disputándose el estar en primera fila.

Unas se esponjaban. Batían sus alas. Cantaban muy alto.

Otras se erizaban aleteando de costado a la que se interponía. Entonces, la anciana arrojaba los residuos en el pavimento de la calle, llamándolas con cariño:

– «Vengan mis pobrecitas hijas; sé que tienen demasiada hambre. Ahí les dejo comida, hijas mías.»

Al finalizar el desayuno o el almuerzo, muchas se quedaban rondando hasta que alzaban vuelo o huían porque los vecinos, a escondidas, les disparaban balas de salva y en la fuga un tapete inmenso de palomas blancas cubría el cielo, el mar y la claridad del sol.

Una mañana, Bahía del Mar amaneció triste, con olor a lluvia y a mar. Las palomas no dejaron de cumplir su cita. Tocaron con sus picos los vidrios de la ventana y aletearon contra la puerta. Cantaron y se cansaron de esperar los residuos de alimentos que la anciana les arrojaba. Las aves, al ver que la abuela no les abría, se metieron por los huecos de los calados y por la puerta entreabierta del patio. Llegaron hasta la cama en la que se encontraba la anciana acostada, con síntomas de mala salud, y la rodearon sin dejar de cantarle.

Las palomas juntaron sus cuerpos y le formaron un colchón de plumas.

Allí, la pusieron y la sacaron hasta la calle y emprendieron el vuelo. La anciana iba entre el montón de aves, ondeando sus cabellos y se oía su risa llena de felicidad y el pañuelo de sus manos diciendo adiós.

Los vecinos, desde acá abajo, la vieron rodeada de picos rojos, de alas blancas, de cantos alegres, y vieron perder todo aquel andamiaje en la inmensidad del cielo, dejando atrás el paisaje de las montañas, de las olas del mar, de los afanes de los hombres por mantener la guerra, hasta llevarla a vivir con ellas al país de las palomas, el País de la Paz.

8 de julio de 2020
Santa Marta, cerca del mar

Fin.

Sobre Martiniano Acosta Acosta

Martiniano Acosta Acosta - Escritor

Nacido en Baranoa, Atlántico. Residenciado en Santa Marta por más de treinta años. Martiniano es Licenciado en Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico, Especialista en Metodología del Español y la Literatura en convenio con la Universidad de Pamplona y Universidad del Magdalena.

Directivo docente del Instituto de Educación Distrital Hugo J. Bermúdez. Máster en Creación literaria de la Universidad de Internacional de Valencia, España. Actualmente es docente catedrático de la Universidad del Magdalena en Competencia Comunicativa.

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