El marranito de Emanuel. La amistad entre ellos no paraba de crecer y siempre lo esperaba para jugar y recibir sus caricias.

Por Francisco Javier Arias Burgos. Cuentos cortos para niños

A veces, la realidad es un poco más cruel que la ficción, y en el cuento corto “El marranito de Emanuel” de nuestro nuevo colaborador colombiano Francisco Arias Burgos, la historia de este cerdito tiene un final un poco triste pero no por eso deja de ser, muchas veces, real. Es un breve cuento para hacernos pensar y reflexionar.

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El marranito de Emanuel

El marranito de Emanuel - Cuento corto

A Emanuel no le gustaban ni los perros ni los gatos. Les tenía miedo a los primeros y le parecían muy poco cariñosos los segundos. Además, decía, estaban llenos de pulgas. Pero le parecían muy bonitos los cerdos.

En la finca de su abuelo materno se encariñó mucho con un chanchito que tenía una mancha café en el ojo derecho y una mancha negra en el ojo izquierdo. Este cerdito era el más pequeño de una camada que tuvo María Pereza, que así se llamaba la marrana de su abuelo.

Emanuel quería ponerle un nombre al cerdito. Pensó y pensó hasta que se le ocurrió llamarlo Lunar. A sus padres les pareció un nombre raro para un marranito y le sugirieron otros, pero él insistió en llamarlo Lunar, así que su abuelo no dijo nada. Y se lo regaló.

Como la casa de Emanuel tenía un solar muy grande, sus papás aceptaron el regalo del abuelo y se lo trajeron para darle gusto al niño.

Entre Lunar y su nuevo dueño surgió una amistad muy particular. Emanuel le contaba chistes a Lunar, que parecía entenderlos y gruñía cuando le gustaba uno, pero se quedaba callado cuando el chiste no era bueno.

Eso sí, le encantaba que el niño le hiciera cosquillas en las orejas y en la barriga, y también se divertía mucho jugando fútbol con Emanuel. Lo más cómico era que Lunar casi siempre le ganaba los partidos a su dueño, que salía enojado cuando perdía.

Los dos fueron creciendo en forma un poco desigual. Emanuel crecía para arriba, y Lunar crecía para los lados. Mejor dicho, el niño se hacía más alto y el marranito se hacía más ancho.

Pero la amistad entre ellos no paraba de crecer y Lunar siempre esperaba a Emanuel al regreso de la escuela para jugar con él y recibir sus caricias. Y el niño no veía la hora de salir de clase para reunirse con su amigo. Así pasaron dos años de felicidad para los dos.

Hasta que el papá de Emanuel le dijo que ya Lunar estaba muy grande y comía mucho, algo que les costaba bastante dinero. Y los recursos económicos de la familia no eran suficientes para seguir sosteniendo al cerdo, que ya estaba demasiado gordo y casi ni podía moverse.

– “Tenemos que venderlo, hijo”, -le dijo su padre una tarde.

Emanuel, que era un niño muy obediente y entendía la situación, se puso muy triste. Pero tener que despedirse de Lunar, su amigo del alma, su compañero de juego, era muy difícil de aceptar.

– “¿Y quién va a cuidarlo y a jugar con él?”, -le preguntó a su padre, que no supo responderle.

Cuando el comprador llegó a la casa de Emanuel para llevarse a Lunar, el niño todavía estaba en la escuela. No supo quién lo compró.

Lo cierto es que, al llegar a la casa y salir corriendo para el solar a saludar a su amiguito, no lo encontró. Se tendió en el suelo a llorar hasta que se quedó dormido al lado del corral en el que Lunar dormía. Su papá lo llevó en brazos hasta su cama y Emanuel soñó con su cerdito toda esa noche y muchas noches más.

Emanuel nunca más volvió a comer chicharrón.

Fin.

El marranito de Emanuel es un cuento del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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