El legado de Samoa. Es el día elegido para llevar a cabo esta ceremonia ancestral e íntima.

Por Alicia Lidia Prack. Cuentos cortos para niños y niñas

Son fantásticas las historias de costumbres y legados ancestrales que tienen otros lejanos países o regiones y esta no es la excepción. En “El legado de Samoa“, el breve cuento de Alicia Lidia Prack, se cuenta la historia del diálogo entre un joven y su abuelo, en el que cumple una de estas costumbres tan arraigadas en Samoa, un lejano país para la mayoría del habitantes del mundo, ubicado en medio del Pacífico Sur y uno de los cuatro que conforman la región de la Polinesia. Es un cuento para niños y adolescentes de todas las edades.

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El legado de Samoa

– “Abuelo, debo decirte algo”.

– “Te escucho, Tanu“.

– “Tengo miedo.”

El monarca de la isla Upolu, escucha a su nieto, sin apartar la vista de la danza de las olas sobre la playa.

– “A tu edad, yo también tuve miedo. Pero te despojarás de él, cuando seas adulto y debas cultivar y cuidar lo que te pertenece”.

El diálogo, tradicional en la familia samoana, se hace a solas, en la playa, al atardecer.

El día elegido para llevar a cabo esta ceremonia ancestral e íntima, se realiza al día siguiente del décimo tercer cumpleaños del varón mayor de la familia.

– “¿Podré hacerlo tan bien como lo hacen mi padre y tú?”

– “Estoy seguro”.

– “¿Cómo lo sabes?”

– “Porque he visto cómo te comportas. En los juegos respetas los reglamentos. Ayudas a tus padres con la huerta y con los trabajos pesados. Respetas a tus mayores. Respetas a la naturaleza. Todo me habla muy bien de tu futuro. Algún día serás un buen cacique, y quizás, un buen rey. Yo ya no estaré presente para ese día. Aunque, tú sabrás que estoy a tu lado. Samoa será tu lugar. Como lo hacen los hombres de otros lugares del mundo. Pero hay que ganarse el amor de la tierra donde se ha nacido.”

Tanu escucha a su abuelo con gran atención.

Su mirada se detiene en la maravilla de los naranjas, rosas y amarillos del cielo. Observa el disco de fuego que se va ocultando, y sonriendo, recuerda:

– “Una vez me consolaste cuando lloré al ver que el sol desaparecía en el horizonte. Me dijiste que al amanecer del día siguiente, lo vería otra vez. Esas pocas palabras hicieron que nunca más me lamentara al ver el ocaso. Ahora quisiera que hagas lo mismo, para hacer desaparecer mi miedo. Lo necesito, abuelo”.

El rey Malietoa miró fijamente a los ojos a su nieto y como tantas otras veces, creyó encontrar las palabras justas para el momento:

– “¿Ves esas rocas, donde chocan las olas?”

– “Si, las veo”.

– “Dime, las olas que más alto llegan, ¿qué rocas embisten?”

Tanu observa mientras se da cuenta que su abuelo está probando su inteligencia con una pregunta fácil, en apariencia, y finalmente dice:

– “Es evidente que las olas rompen y llegan más alto cuando lo hacen contra las rocas más grandes…”

– “Así deberás ser tú. Como las olas más altas. Las rocas representan los obstáculos, los problemas, la adversidad. Quiero que recuerdes bien lo que estás viendo. Tú deberás ser más grande y más alto que los obstáculos. No lo olvides nunca, Tanu“.

Tanu, ama tanto a su abuelo, que siente que debe seguir sus pasos y no defraudarlo jamás.

De pronto, al observar los tatuajes que adornan la espalda del anciano, pregunta:

– “¿Cuándo podré ir a la choza de Patu para que me haga un tatuaje como el que llevas en la espalda?”

Lanzando una burlona carcajada, el rey le dice:

– “¡Tienes demasiado apuro por crecer, ahora, Tanu! Deberás esperar a que seas un poco mayor para someterte a la tortura de los dioses…”

– “¿Tortura?” –pregunta el adolescente con los ojos muy abiertos.

– “Los dioses no usaban la escritura, entonces para expresarse usaban dibujos sobre el cuerpo. Pero cuando se hacían tatuar, sus lágrimas eran tan abundantes que formaron los ríos que atraviesan todas las islas de la Polinesia, y que nos brindan los peces que nos alimentan. A esos ríos te gusta mucho ir a pescar, ¿no es verdad?” -concluyó, sonriendo con ternura.

Tanu empieza a manifestar cansancio y hambre.

El diálogo tradicional está llegando a su fin. La noche, cálida, brinda un nuevo espectáculo que los samoanos no se pierden. Es cuando la luna llena platea el océano, y las estrellas parecen estar apenas encima de las palmeras.

La isla es toda tambores, antorchas, risas, mujeres con flores en las sienes, ropa colorida, gusto a sal en los labios y juegos en los que intervienen todos, sin distinción de edades. Hay clima de festejo. El clan, la familia, sale a recibirlos con muestras de algarabía.

Se ha cumplido la tradición, y en Samoa, sin dudas, es el acontecimiento del día. Upolu tiene un nuevo hombre que debe y quiere madurar.

Fin.

El legado de Samoa es un cuento de la escritora Alicia Lidia Prack © Todos los derechos reservados.

Sobre Alicia Lidia Prack

Alicia Lidia Prack es argentina, casada, dos hijos y un nieto de casi tres años. Escribe desde siempre. El primer libro que leyó de pequeña fue «Una chica a la antigua» de Louisa May Alcott, con el que aprendió a sumergirse en la lectura. Tiene un libro manuscrito terminado de su autoría, con casi trescientos cuentos y aspira a presentarlo a alguna editorial, algún día. Algunos de esos relatos se publicaron en tres antologías en las que participó.

Según sus mismas palabras, hizo radio, produjo y condujo sus propios programas de variedades. Sabe mucho de cine, de actores, algo de pintura y pintores. Además de escribir, también elabora cuadernos artesanales de costura copta, dibuja, mantiene una pequeña huerta en el fondo de su casa, colecciona caleidoscopios, abanicos, miniaturas, recortes de periódicos, recicla todo lo que puede antes de tirar algo como desecho.

«Amo la música de los ’80 y los ’90. También la clásica y la flamenca. Amo cocinar para su familia. Amo a los animales, en especial a los caballos. Me enojan mucho las injusticias, y sobre todo, el bullying. Soy de lágrima fácil, sueño todo el tiempo, y no paro de escribir.

Todo en este orden, quedando mucho más por contar.»

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