El Eterno Enamorado de la Violinista

Nunca le gusto esperar. Es probablemente que éste haya sido su motivo para hacerlo. De cualquier manera, la esperaba. La esperaría una eternidad. Se le hacía tarde ya. Debía haber terminado. ¿Cómo es que no abren las puertas? Suspiro. Finalmente, vislumbra un haz de luz.

Gente saliendo sonrientes. Música de taco y caramelo. La puerta, que parecía perforada en el edificio por un alfiler, transformaba en un globo a la edificación. La gente ahora dejaba de serlo para moverse como microorganismos voladores. Salían furiosamente para buscar su lugar de reposo en el exterior. Un diluvio que se las arreglaba para esquivar el poste que prefería esperar, esperarla. Amarillo del persistente contacto erosivo del agua de gentes. Rojos momentáneos al esforzar una curva cerrada en esquivarlo.

Rojos y Amarillo colisionaban. “Bonsoir”, decían los Rojos con sus perlitas relojeras. “Mademoiselle!”, decía el Amarillo extendiéndole su mano. “Merci beaucoup”, bufoneaban los Rojos.

Tertulia y la danza que comenzaba. Millones y millonadas de Rojos que bailaban alrededor del Amarillo.
La Luna asomaba la barbilla. Iluminando la niebla plasmática. Acentuaba los movimientos curvilíneos de vai-ven.
Mostrando su cara completa, la Luna reclama su palco. La Luna se sentaba a disfrutar el espectáculo que ya le parecía una licuadora. Rojos y Amarillo volvían a colisionar de tanto en tanto. Y, formaron el Naranja.

“Nunca conseguirás una novia.”, solía remarcar su sombría madre. A cada oportunidad que se le ofrecía le vaticinaba el apocalíptico destino hilvanado de su peculiar físico. Pero él no dejo de pensar en ella. Aún cuando intentaba disfrutar leyendo los cuentos de spiderman comic sentado en el viejo desván de la casona blanca. El olvido lo utilizaba de rudimentario bolillero. Jugueteaba con las imágenes cuando cerraba sus pequeños ojos y se entregaba al negro, dotando a los olores en sus corridas por las calles de un perfume peculiar, mientras pretendía no mirar atrás.

Es un fantasma que cuchichea en su soledad, con ella misma. Para que la escuche. Le tienta con su voz lejana a caer en ella otra vez.

Con éstas idas y vueltas, su vida da una rutinaria pesquisa en la cual su cuerpo tiende a acercarse al pozo que lleva al centro del mundo. Se acerca y cae. Tropieza y cae. Sigue bajando, en una caída que asemeja más a un revoloteo. Vuelo gravitacional hasta el centro, el núcleo terrícola, para descubrir que hay un camino de salida, uno que le continua al otro, por el cual él había llegado.

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Siguió planeando entre tierra y oscuridad, más aliviado ahora que venía un hilito de luz, para llegar al final del aparente interminable recorrido y, gracias a la inmensa fuerza gravitatoria, volver a caer por donde había desembocado. Trocando de esa forma en un vicioso movimiento de vai-ven.

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