El carrusel


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El carrusel

Cuando era pequeño sentía una especial fascinación por el carrusel. Me maravillaban sus colores, sus figuras, el hecho de girar y girar, de ir de arriba hacia abajo en el caballito y por sobre todo, la sortija.

Amaba sentarme en el caballo, ver cómo mi pequeño mundo giraba viendo cada tanto e indefectiblemente el rostro de mis padres felices. Cada vez que me sentaba, casi siempre en el caballito, lo que más deseaba era sacar la famosa sortija, ésa que el señor movía con maestría y a veces la ofrecía generosamente y otras la alejaba sin maldad.

Yo sentía, en esa niñez mía que giraba feliz, que sacarme la sortija era un premio que ese día me daba la vida, un regalo, pero a su vez era una meta. Era un objetivo que me proponía: tratar cómo fuera de obtenerla, aunque muchas veces bajaba del carrusel desilusionado.

Cuando eso sucedía, mi madre me decía que no me preocupase, que habría muchas sortijas en la vida para mí, que no siempre se podía tener suerte, pero que había que seguir girando para ganar lo que uno deseaba.

Mi niñez transcurrió con muchos carruseles, de distintos colores, tamaños, con distintas formas y diferentes sortijas. Yo era feliz girando y girando, viendo cómo mis padres me saludaban como si durante la pequeña vuelva dada, hubieran pasado meses, sonrientes, radiantes. Me entretenía ver aquello que dejaba atrás y lo que vería en un instante no más, aunque el paisaje fuese siempre el mismo, yo le iba encontrando diferentes encantos.

Cuando crecí y ya no subí más a un carrusel, entendí en cómo se parecía a la vida a uno de ellos y me encontré girando también y buscando mi sortija. Los paisajes cambiaban y yo dejaba cosas atrás y esperaba ver otras nuevas. Ya no tenía la inocencia de un niño, pero conservaba intactas las ganas de sacarme las distintas sortijas que la vida me iba ofreciendo.

Como cuando era pequeño, algunas me fueron esquivas, otras las pude tener. En el camino fui viendo cómo el rostro de mis padres envejecía pero jamás dejé de ver esa radiante sonrisa que lucían al verme.

Llegó un día en que ya no los vi, ya no me esperaban al terminar la vuelta. Entendí que la vida era también un girar y girar viendo diferentes escenas que podían ser parecidas pero no iguales, que por un tiempo nos acompañan algunas personas y que hay que disfrutar cuando están porque tal vez, en la siguiente vuelta, ya no nos estén esperando.

Comprendí que cuando se es grande hay que salir a buscar la sortija, la que sea que deseemos pues son infinitas y para cada uno, una diferente. Hay que luchar por ella. Ese placer por girar en el carrusel y el de obtener la sortija me han seguido acompañando. He tratado de no perder la capacidad de asombro que tenía cuando niño, ésa que me hacía ver lo mismo pero con ojitos nuevos siempre.

Parece extraño como algo tan simple como disfrutar de un juego de la infancia puede quedarnos en el corazón, a punto tal de girar en la vida con una sonrisa de niño, de modo tal de buscar cada sortija que pueda haber, de no bajar los brazos si no la puedo obtener y de disfrutar inmensamente si logré alcanzarla.

Tal vez Dios sea como ese señor que manejaba la sortija, nos mira girar en la vida, que es una y son muchas, que tiene paisajes iguales pero distintos, que parece que nos da y parece que nos quita, pero que – en definitiva- espera que obtengamos lo que deseamos con el corazón.

Tal vez la vida sea un carrusel de colores, en el que uno está y ve aquello que lo rodea y se alegra de ver rostros amados y extraña cuando ya no aparecen en escena. Sea como fuere, yo he rescatado de la infancia ese recuerdo que se ha convertido casi en una metáfora, intento girar feliz y ver qué sortijas va teniendo Dios para mí y por sobre todo, ser digno de obtenerlas.

Fin

Todos los derechos reservados por Liana Castello

Ilustración: Anna Burighel

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El carrusel es uno de los cuentos cortos para reflexionar de la escritora de cuentos infantiles Liana Castello sugerido para jóvenes y adultos.

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