El árbol y la vida


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El árbol y la vida

El árbol y la vida. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos para padres. Cuentos espirituales.

Mi árbol siempre estuvo en el jardín.

Vestido de distintos colores, desnudo, florido, esplendoroso o humilde, acomodándose a los vaivenes del tiempo y de la vida, como nosotros lo hacemos o al menos, intentamos hacerlo.

Cuando era pequeño me parecía grande, majestuoso, inmenso diría. Era mi lugar preferido a la hora de jugar a las escondidas y sus ramas eran siempre un desafío. Trepar el árbol era cosa de todos los días, pero siempre era una aventura diferente. Cuando se suponía que debía estar durmiendo la siesta, me escapaba al árbol y me entretenía contando cada pequeña hoja de cada rama, o viendo a las hormigas que lo recorrían siempre en una prolija hilera.

Sentía por ese árbol algo parecido a la admiración. Me enseñaban en el colegio todo acerca de él y su importancia para la naturaleza y eso hacía que cobrase otro significado para mí.

Con la mirada de mi niñez, ese árbol era gigante, imponía respeto pero a la vez era un compañero de juegos. Tenía la magnitud que suelen tener las cosas cuando uno tiene ojos de niño y la magia que sólo en la niñez ponemos en cada cosa que vemos.

Cuando fui adolescente, el árbol me resultó molesto. Demasiado grande para mí gusto. Todo aquello que de niño había admirado en él, en ese momento comenzaba a fastidiarme. Sentía que su copa quitaba luz a mi cuarto, que sus ramas eran demasiado grandes, que era muy viejo, que sólo servía para ocupar espacio en el jardín y que en su lugar seguramente cualquier otra cosa quedaría mejor.

De joven, mi visión del árbol volvió a cambiar. Resultó un hermoso lugar donde besar a la mujer que amaba y, por cursi que parezca, no pude evitar tallar en su madera un nombre y un corazón. Volví a verlo hermoso, no tan grande como cuando era niño, pero sí hermoso.

Por las tardes me sentaba a estudiar bajo su nombra y creo que la paz que encontraba en ese lugar, mucho ayudó a que pronto me recibiera.

Casi sin darme cuenta, me convertí en un hombre grande y el árbol seguía siendo fiel testigo de cómo había ido cambiando mi vida. Ya no le prestaba demasiada atención, pero allí estaba él, fiel, mudo, atento me atrevería a decir. Me levantaba muy temprano para ir a trabajar y no tenía tiempo de contemplarlo. Tampoco lo miraba por la noche porque volvía muy tarde y mi atención era sólo para mi familia.

Los fines de semana nos reencontrábamos. La magia volvía, esta vez, de la mano de mis hijos Y entonces volví a verlo de un modo casi idéntico al de mi niñez. Seguramente, porque cuando uno es padre, vuelve –en cierto modo- a ser niño. Los ojos de nuestros hijos nos prestan los destellos que los nuestros han perdido con los años.

Los hijos producen milagros en la vida de los padres, entre ellos el de recuperar una niñez que no mira nuestras arrugas o canas, que se vuelve a instalar donde estuvo tiempo atrás, en el corazón.

El árbol albergó a mis hijos como lo hizo conmigo, con la misma generosidad y diría, con el mismo amor. Hoy mis hijos son grandes y yo anciano, pero mi árbol sigue allí. Vuelvo a rescatar su sombra dadivosa y bajo ella me siento a repasar mi vida. Hoy tengo mucho tiempo para pensar y también para valorar cada cosa que la vida me ha dado, entre ellas mi árbol.

Lo miro y pienso en cómo lo he visto en cada etapa de mi vida. Hay cosas que se mantienen intactas, sólo que uno las ve diferentes según la edad y el momento. Lo que ayer nos hacía felices, luego se vuelve tedioso, lo que resultaba un fastidio en un momento, en otro se valora en su justa medida.

Yo me iré en breve, pero mi árbol seguirá donde siempre estuvo y como lo hizo con mi vida, será siendo mudo testigo de muchas otras.

Siento que aún luego de partir, lo seguiré mirando y sin dudas, de una manera que hoy no puedo ni imaginar.

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Fin

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