Como en la rayuela

rayuela dibujada

Como en la rayuela

Como en la rayuela. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos espirituales. Cuentos para adultos.

Hace muchos años existía un juego llamado “Rayuela”. Nunca lo jugué y creo que nadie lo juega hoy en día.

Sin embargo, en alguna que otra vereda de mi ciudad pueden verse todavía pintadas algunas de ellas, como si fuesen lunares del pasado que han quedado en la piel de las calles.

El juego consistía en pintar una serie de casilleros con números y el último, el más grande y la meta era uno llamado “cielo”.

Se tiraba una piedrita y uno debía saltar en una pierna, tomarla y pasar a otro casillero, en algunos casos con un solo pie y en otros con los dos.

En la vereda de mi casa hay una rayuela pintada con tizas de diferentes colores. Nunca vi a ningún niño jugar, pero ahí está como esperando que alguien se acuerde de ella.

Un día reparé especialmente en ese juego dibujado en el piso y de pronto pensé en cómo se parecía a la vida. Uno la transita y con las diferentes piedras que ella nos va dando, vamos sorteando o pasando los casilleros de nuestra existencia, a veces con un pie, otras con dos; algunas con mayor dificultad, otras con menos.

Sin ser niños y sin jugar, todos queremos llegar al “cielo” que tal vez, no para todos signifique lo mismo.

Algunos juegan mejor que otros, unos caen y otros logran tener equilibrio aún en un solo pie, pero todos aspiramos a llegar a la meta.

Hoy la vida le dio a mi padre una piedra muy pesada, demasiado pesada y él camina con dificultad ese corto camino que le queda. Como en una especie de “trampa”, mi madre, mis hermanos y yo, sostenemos su mano para que –aunque lento- pueda seguir avanzando los casilleros que restan. Y redoblando la apuesta, sostenemos la piedra con él –del modo que podemos, pero lo hacemos-. Es una trampa de profundo amor para que no sufra, para darle fuerzas y que pueda seguir adelante.

Su enfermedad hoy es la piedra que nuestras vidas sostienen y debemos cargarla con altura y dignidad, con fe y con piedad, con esperanzas y con realismo.

La vida no es un juego claro está, pero tiene sus reglas y aún haciendo pequeñas “trampas amorosas” hay que cumplirlas.

En esta rayuela que hoy ayudamos a transitar a mi padre no hay colores o si, no lo sé bien. Sin dudas no son los colores de la infancia, ésos que todo lo prometen, los que sólo muestran futuro, pero tal vez sean los colores de la madurez, fuertes, reales y que no siempre son los más bellos.

Hoy estamos frente a esta especie de rayuela pintada en las veredas de nuestras vidas. Hoy vemos casilleros que no son los que hubiésemos querido que mi padre transite, pero ahí estamos, sosteniendo su mano, acompañando su paso, ayudándolo a cargar su piedra.

No está solo, ni lo estará jamás y en el medio de este dolor tan profundo hay –como cuando se es niño- una gran ilusión: Al término de estos pocos casilleros que le faltan recorrer, el más bello de los cielos lo estará esperando, como en una rayuela.

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Fin

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