Brisa cálida


Imprimir Imprimir

Brisa cálida. Liana Castello, escritora argentina. Cuento para padres.

Con veinte años de matrimonio a cuestas, se preguntó cómo seguir.

El presente no era fácil y el futuro asustaba. Sabía que no era la misma persona que veinte años atrás se había casado, la que había elegido a otra persona para compartir el resto de la vida.

– El resto de la vida… Demasiado tiempo –Se dijo

Sofía estaba en ese momento de la vida en el que, todo aquello que la había enamorado de su esposo, hoy le resultaba un fastidio. Carlos estaba en ese momento de la vida en el cual las cosas se dan por supuestas y seguras. En ese momento en el que las cosas ya no se dicen porque se dan por sabidas.

No era que no se quisieran, pero se querían distinto. Algunas parejas dejan envejecer su amor y las consecuencias de ese envejecimiento son mucho más profundas que cualquier arruga.

Algunos amores envejecen antes que nosotros y exactamente eso le sucedía a Sofía. Si bien no era una muchacha joven, tampoco era vieja. Se sentía más joven por dentro de lo que nunca había sido y por fuera aún era apetecible. Y un día común y corriente, sucedió lo impensado.

Un día, como cualquier otro se convirtió en un día que dividiría su vida en antes y después. Ignacio fue para Sofía como una ráfaga de aire fresco, o –mejor dicho- una brisa cálida en un frío invernal que llevaba ya varios años. Y de pronto un día, se encontró pensando en él y al día siguiente también y al otro.

Se desconoció, jamás le había pasado y no estaba bien que le estuviese pasando. Volvió a escuchar que era linda y lo que más le gustó, es que volvió a sentirse linda, mirada, deseada. Retrocedió a esa etapa de la vida donde una canción nos remite a una persona, donde la mirada se pierde para encontrarse con el otro vaya a saber dónde.

– Esto no puede estar pasando –Se repitió una y mil veces.

Ignacio le ofrecía justo aquello que a su vida le estaba faltando, adrenalina, deseo, una mirada amorosa hacia ella. Sofía sentía que había dos mujeres dentro de sí, la que clamaba por vivir como hace tiempo no lo hacía y la que, por nada del mundo, quería perder su realidad, que no era completa (como la de nadie por otra parte), pero era suya, le pertenecía, le era muy propia.

La culpa se balanceaba en un peligroso sube y baja junto con la sensación de pensar que la Sofía mujer merecía otra oportunidad de sentirse tenida en cuenta.

¿Y si Ignacio era la respuesta a cómo seguir su vida? ¿Y si él era justo aquella pieza faltante en el rompecabezas de su realidad? ¿Qué valía más? ¿El sentimiento cuasi adolescente que estaba sintiendo o resguardar la familia que con mucha dedicación había construido? ¿A quién elegir, a Carlos, a Ignacio o pensar en ella y nada más que en ella?

Lo que vivía en su interior era hermoso, no lo podía negar. Pero muchas cosas en la vida tienen, como las monedas, dos caras y la otra cara de esta realidad no era nada agradable.

Con Ignacio no había habido más que un café, unos mensajes de textos, algunas insinuaciones y muchas fantasías. Muchas veces había escuchado historias de dobles vidas, de mujeres que engañaban a su esposo y jamás había pensado en que ella ahora estuviese escribiendo una historia parecida.

Era tan tentador ver que alguien la descubría nuevamente, que la escuchaba con atención, que la elogiaba, alentaba y deseaba. Aún así, Sofía no terminaba de sentirse a gusto.

Lo que estaba haciendo no la hacía sentir cómoda. Y si bien, ni siquiera un beso había habido, ella sentía que estaba engañando a Carlos. Tal vez de un modo inocente, hasta naif, pero lo estaba haciendo.

¿Qué importaba que no hubiese habido ni siquiera un beso, cuando su pensamiento, sus ganas y su entusiasmo eran para Ignacio? “Hay muchas formas de engañar” Se dijo un día y Carlos no lo merecía.

Su esposo la quería, a su manera, tal vez distante y hasta fría, pero la quería. Para él no era necesario estar de punta en blanco. Carlos la quería sin maquillaje, con el pelo recogido, un camisón nada sensual y con todas las marcas que el tiempo iba dejando en el cuerpo de Sofía.

El paso del tiempo, no sólo deja huellas que no nos gusta ver, también nos regala la distención de ser uno mismo, la confianza, el saber que con más arrugas, canas y dolores de espalda y cintura, el otro igual va a estar y nos acompaña cómo estemos y de la manera que puede. Sofía debía optar.

Sentía que elegir el camino de un corazón casi vacante de emociones podría ser maravilloso. Sabía que ya no era muy joven, que tal vez Ignacio fuese la última oportunidad que la vida le estaba dando para sentirse deseada. Pero también sabía, que si elegía esta realidad, debería dejar otra vida en el camino que no era ni más, ni menos que su vida.

¿Estaba dispuesta a rifarlo todo o casi todo?

Debía elegir y como en toda elección, algo dejaría atrás.

Y un día común y corriente, un día como tantos otros lo miró a Carlos, miró a su familia y tomó una decisión. Lo que había construido le resultaba mucho más tentador que lo que podría construir con Ignacio.

Era demasiado lo que dejaría atrás si priorizaba a la Sofía mujer que necesitaba saber que podía seguir gustándole a otros hombres. No se engañaba, ella sabía que lo que no tenía, tal vez jamás volvería a tenerlo, pero aún así, decidió aprender a convivir con los agujeros que su vida tenía.

Se preguntó si su decisión era producto de una gran cobardía y se dijo que no. Había que ser también muy valiente para seguir esperando una primavera en el medio del invierno.

Había que tener agallas para entender que no se puede tener todo en la vida y que hay que esperar de las personas lo que ellas pueden darnos. Pero más agallas aún, había que tener para seguir luchando.

Esa noche se acostó, como tantas otras. Esa noche, como tantas otras, Carlos se quedó dormido antes de desearle las buenas noches.

Sofía lo miró, le dio un beso en la frente y susurró:

– Perdóname. Carlos no se despertó y a Sofía le costó mucho conciliar el sueño. Sentía algo de culpa y algo de pena también, pero decidió tomar ese episodio de su vida como una especie de regalo.

Tal vez la presencia de Ignacio había sido la oportunidad que la vida le había regalado para darse cuenta que la mujer que era no había muerto detrás del ama de casa y que los años le seguían regalando algo que a los demás podía gustarles.

Sin dudas, el tiempo que duró ese amorío que no terminó de ser, fue sólo una brisa cálida que, paradójicamente, le dio algo de frescura a su vida.

Fin

©Copyright Liana Castello 2012

Puedes seguir leyendo: Cuentos Clásicos en Encuentos

Todos los derechos reservados

Imprimir Imprimir