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¡Sálvate Elías!

¡Sálvate Elías! Élisabeth Brami; Bernard Jeunet. Historias sobre el holocausto. Cuento perteneciente al proyecto Cuentos para Crecer.

Era una mañana de junio, poco antes del final de curso. Yo estaba jugando a las damas con trocitos de pan sobre el hule a cuadros de la cocina.

El señor Perrier, el vecino, que era agente de policía, llamó a la puerta. Le susurró algo a papá al oído. Pude escuchar: «Razi… Judith». Yo no conocía a nadie con aquellos nombres. Me llamo Elías. Mamá me hizo guardar algo de ropa en mi cartera. Y también metí el libro de Robinson Crusoe, que acababa de recibir como regalo al cumplir siete años. «Vamos a llevarte a un lugar en el campo.

Después volveremos a recogerte». «¿Después de qué?» Era ya casi verano y hacía calor. Tuve que ponerme el abrigo sobre el blusón gris. Me di cuenta de que era para que no se me viese la estrella amarilla que mamá me había cosido en él el 9 de junio, el día de mi cumpleaños. Después fuimos andando hasta la estación.

No tomamos el autobús. Cuando el tren salió de París, yo aplasté la nariz contra el cristal para ir contando las vacas que veía en el campo. Papá apretaba los dientes. Mamá sollozaba. Al llegar, preguntamos por la granja del señor François. Lo vimos al final del camino, apoyado contra una reja oxidada.

Se quitó una colilla amarilla de la boca. No olía bien. Yo no quería quedarme. Papá me puso la mano sobre el hombro. Mamá me acarició el pelo. «Van a ser como unas vacaciones», me dijo al oído. Yo me tragué las lágrimas. Vi a una mujer que empujaba una carretilla por la orilla de una charca y conejos y patos, como en el libro de lectura de mi colegio.

Papá le dio un sobre al señor François. Antes de irse, mamá se arrodilló delante de mí. Me hablaba y me subía todo el tiempo el cuello del abrigo, como si yo tuviese frío. «Escucha bien, Elías. A partir de ahora, te llamas Emilio, ¿entiendes? Y el señor y la señora François son tu tío y tu tía. Tienes que portarte muy bien. Volveremos.

Vi a papá y mamá irse hasta que desaparecieron al final del camino. Yo, con mi cartera a la espalda, no quería moverme de allí. La señora François me hizo entrar en la casa. Delante de mí, sobre una mesa larga, puso un tazón de leche caliente. Tenía nata, pero yo no dije nada. No estaba allí mamá para retirármela. Sobre el mantel, un poco pegajoso, una mosca estiraba las patas. Allí no podría jugar a las damas, con aquellos horribles ramitos de flores dibujados por todos lados.

Por la noche, subí a acostarme al desván. Nadie vino a darme un beso de buenas noches. Tenía miedo. Estuve un buen rato llorando. Al final, me quedé dormido con mi libro de Robinson entre los brazos. Las mantas picaban. Tuve una pesadilla. Estaba en una isla desierta. Viernes me perseguía para matarme y yo corría alrededor de un barrizal. Por la mañana me despertaron unos gritos: «¡Emilio, Emilio!» Me di cuenta de que me llamaban. Tenía que ir a clase.

El maestro enseguida se burló de mí delante de todos, a causa de mi acento de París. Luego hubo dictado. Puse tantas faltas que me encontré con el gorro de asno calado hasta los ojos y mi hoja del dictado arrancada del cuaderno y prendida en la delantera de mi blusa.

Casi en el mismo sitio donde había estado la estrella que la señora François había descosido, mientras murmuraba: «Nos van a detener a todos por esto». Los días siguientes, estuve castigado sin recreo. Tuve que copiar cien veces: “No se escribe machine allemand; se escribe machinalement”.

En París yo era el primero de mi clase y mi pluma no echaba nunca un borrón. Después llegaron las vacaciones de verano. Papá y mamá no vinieron a buscarme. Durante el verano yo llevaba a beber el ganado y aprendí a cuidar las vacas. La Capuchina era mi preferida. Yo le contaba todo. Su hocico era blanco y rosa, cálido y suave. Tan suave como Totó, mi osito, que tuve de dejar en París. Me había leído Robinson Crusoe entero, y ya no le tenía miedo a Viernes.

Solo tenía miedo del maestro cuando llegó el momento de volver al colegio. Pero sobre todo tenía miedo de una cosa: que les pasase algo malo a mis padres, que no pudieran venir nunca a buscarme, que ya no me reconociesen porque hubiera crecido demasiado. Incluso intenté dejar de comer para no crecer, pero eso no dio resultado. Pasaba mucha hambre.

Los François me repetían que yo comía como cuatro, que no era un buen negocio para ellos y que ya verían qué hacer, porque el sobre pronto se iba a quedar vacío. Y se reían. Un día dijeron que Francia estaba partida en dos. Otra vez ellos también hablaron de Razi y de Judith. Yo movía la manivela del molino de café, jugando al tren. Y poco después se acabó el café.

El invierno volvió. Yo me había acostumbrado a lavarme en el agua helada del pozo, que salpicaba sobre la pila de piedra. Había agua caliente en el grifo de la cocina de leña, pero estaba reservada para el aseo semanal, el de los domingos antes de misa. Para hacer pis y lo demás, había que irse afuera, detrás de la granja, sobre el estiércol. «¡Y que no te vea nadie! – me advirtió el señor François –. Con lo torpe que tú eres, podrías hacer que nos detuvieran». Él, sin embargo, no dejaba de hacerlo, sin importarle que lo vieran.

Al ver mi cara de sorpresa, la señora François añadió: «Es como tu estrella, cuando llegaste a nuestra casa; nos trae la guerra…». Yo no entendía nada. Aun no tenía ocho años. Por esa época fue cuando me di cuenta de que la vieja que vivía al lado de los François me espiaba.

Aprovechaba mientras lavaba los bidones de leche antes de ordeñar. Un día me hizo una señal con un dedo, para que me aproximase a la valla. «Entonces, sobrino, ¿te han dejado olvidado en consigna? ¿Han perdido tus padres la dirección? Pero no la ha perdido todo el mundo… Vamos a cortar por lo sano, te lo aseguro». Salí corriendo, aterrorizado. Le había entendido que quería cortarme algo, no sabía qué…

Por la noche llamé a mis padres desde mi colchón de paja. Pero solo vino Pistón, un perro del pueblo, a hacerme una visita. Un día vi a María, la nieta de la vieja bruja. Venía con un cuchillo en la mano. Pensé que su abuela le había mandado a matarme, pero en realidad solo quería jugar conmigo.

Me pareció muy guapa con aquel lazo rojo en el pelo. Tal vez ella también estuviese escondida, como yo, y no pudiese hablar de ello. O puede que viviera realmente con su familia, y quisiera ser amable. Decidimos juntarnos los dos para jugar. Pero en el pueblo nunca hablábamos. Hicimos una cabaña. Las paredes eran de papel de periódico, la mesa de trozos de leña, la cama de ramas. Jugábamos a los papás y mamás.

Yo era su rey y ella era mi reina. Hicimos unas coronas. María era un poco mayor que yo, pero me juraba que eso no le importaba nada, que nos casaríamos cuando tuviéramos edad y la guerra hubiese acabado. Yo le dije que sí. Acababa de cumplir ocho años. Después pasó un verano, y otro invierno.

María y yo jugábamos siempre juntos. En abril, me dijo que tenía un secreto, pero que no podía decírmelo, por su abuela. «Yo también tengo un gran secreto», le dije. A veces me daban ganas de contárselo todo: mi nombre falso, la estrella amarilla cosida y luego descosida; los granjeros y el sobre… y mis padres, que me habían abandonado hacía dos años.

Habíamos decidido que ese miércoles después de clase iríamos a la iglesia, a jugar a casarnos de verdad. Yo le había puesto una corona de amapolas. Entramos cogidos de la mano. En una mancha de luz vimos a su abuela, que rezaba. Levantó la cabeza y me clavó su mirada en medio de la frente.

María me sacó de allí a toda prisa. Le dio la risa tonta y le entraron ganas de hacer pis. Después de cenar y fregar los platos, volví a salir, mientras los François escuchaban las noticias en la radio. Al lado de la cuadra, detrás del seto, vi a la madre de María que tendía la ropo.

Le pregunté por su hija y entonces ella me gritó: «¡María no está! ¡Se acabó! ¡No vuelvas a acercarte a ella, o si no … – entonces hizo un gesto con las manos, como si fuese a retorcer el cuello a un pollo – ¡cuic! ¡Igual que a tus padres! ¡Igual que a todos los de tu raza!». Las pinzas de la ropa se cayeron a la hierba. Yo salí corriendo.

Cayó la noche. Yo seguí corriendo hasta que ya no pude más. No quería regresar a la granja. Quería volver a encontrarme con mis padres. Lo más pronto posible. Camino de la estación, pasé al lado de la casa grande, en la que decían que había una colonia de vacaciones con niños durante todo el año.

Yo me había acurrucado entre los matorrales y estaba todo arañado. El perro, Pistón, se acercó a mí y me lamió los brazos y las piernas. Me despertó el ruido de dos camiones entoldados. Ya era de día. Desde la cuneta donde estaba pude verlo todo: Los gendarmes y los soldados alemanes con sus fusiles No me moví. Ni siquiera respiré. Estaba seguro de que venían a buscarme. Alguien de la familia de María había debido denunciarme, o quizás hubieran sido los François, porque el sobre estaba vacío.

Las ramas de espino me arañaban. Pero los gendarmes señalaron a la casa grande y subieron con los soldados por la larga terraza. Apuntándoles con los fusiles, hicieron salir a todos los niños, incluso a los más pequeños, que lloraban en pijama. Los arrojaron a los camiones, amontonados, a gritos: «¡Schnell! Schnell!”

Yo oí que gritaban: «¡Liane, Liane, Lianel». Entonces la vi, a la niña pequeña, sofocada después de haber atravesado el prado. Cuando ella me vio, sintió miedo. De pie tras el alambre de espino de la cerca, se quedó paralizada. «¡Salta! –le dije–. Me llamo Elías». En ese momento llegó Pistón, feliz, ladrando. Creía que jugábamos al escondite. No quería callarse. «¡Venga, salta, Liane!». «No puedo. ¡Sálvate tú, Elías!».Ya no tuve tiempo de ayudarla.

El ruido de las botas se estaba acercando. «No, el chaval no – dijo el gendarme –. Es Emilio, el sobrino de los François. Es del pueblo». Entonces el soldado atrapó por un brazo a la niña. Liane gritaba, luchaba y se resistía todo lo que podía con sus escasas fuerzas. – ¡Tú, vuelve a la granja! – me ordenó el gendarme-. ¡Vamos!

Unos minutos más tarde, los dos camiones repletos de niños me adelantaron al bajar la cuesta. Los envolvía una nube de polvo. De entre los toldos cerrados salían llantos y canciones. Yo sé que Liane se marchó para siempre al enorme y oscuro vientre de la guerra. Todos se fueron allí. Sí, lo sé. Ya lo entiendo.

Pronto voy a cumplir nueve años. Estoy esperando. ¿Vendrá mamá a coserme una nueva estrella para mi cumpleaños?

Fin

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¡Sálvate Elías! Élisabeth Brami; Bernard Jeunet Sevilla : Kalandraka, 2006