Nostalgia

ANNA BURIGHEL

Hace ya más de dos años que Julia enviudó. Dos años que la muerte le arrebató a su amor, su compañero de toda la vida. Julia no se acostumbra a vivir sin su esposo, su hombre, el padre de sus hijos, su sostén.

Extraña todo, hasta aquello que más le molestaba de él. Habían tenido una buena vida juntos, habían criado hijos, habían tenido buenos y malos momentos, como todos, se habían amado y mucho.

No obstante, los últimos años no habían sido sencillos. Algo había cambiado en Jorge, su esposo. Nadie sabía bien a qué atribuir ese cambio. Tal vez la enfermedad que lo arrancó de esta vida, ya había empezado su cruel camino y no lo dejaba ser él mismo. A Julia no le gustaba el hombre en que su esposo se había convertido.

Se sentía sola, se quejaba, lo criticaba. Seguramente Jorge no podía hacer otra cosa, pero Julia no lo había podido ver o entender. Cuando Jorge enfermó, o mejor dicho, cuando todos supieron que estaba enfermo, no había vuelta atrás. Solo quedaba mimarlo, acariciarlo, aprovechar de él todo, su voz que se iba apagando, su presencia silenciosa, su padecer sin quejas. Así lo entendieron sus hijos, pero a Julia le fue más difícil. Todo fue muy rápido, demasiado.

La muerte no dio mucho tiempo para hacerse a la idea de que ese hombre, ese padre, ese esposo no estaría más. Fue un tiempo difícil para todos, pero más difícil aún fue cuando Jorge murió. Julia se enojó con Dios, con la vida, con sus hijos, con el sol y la luna, con el viento y la lluvia y con su esposo más aún. Sintió que la había dejado sola y abandonada para siempre, no pudo comprender amorosamente su ausencia y comenzó una época muy oscura, donde el recuerdo de Jorge se confundía con el enojo y el rencor.

Con el tiempo, ese enojo dejó lugar a otro sentimiento. La nostalgia se apoderó de Julia y entonces comenzó otra época, otro tiempo, ese tiempo donde Jorge comenzó a ser una figura idealizada. La muerte tiene esas cosas, puede hacernos olvidar de lo que más nos molestaba de alguien, lo vuelve más bueno, más lindo, mejor.

El tiempo –tal vez para aplacar el sufrimiento- va borrando los malos recuerdos y deja espacio solo para los buenos. Julia empezó a idealizar a su esposo. Busco fotos viejas y comenzó a colocarlas por toda la casa. Recuperó cartas que había guardado y hasta quizás no recordase demasiado y comenzó a leerlas una y otra vez. Tal vez necesitaba amigarse con su esposo con quien tanto se había enojado por enfermarse y morirse, tal vez necesitaba sentirse acompañada y los recuerdos podían servir. Volvió para ella un esposo joven, ese hombre que Jorge había dejado de ser hace tiempo, volvieron sus versos, sus palabras de amor, esas que ya no escuchaba hacía demasiados años.

La nostalgia no es mala ni buena, pero quizás es algo peligrosa. Tiñe las cosas de un color que no es el real. Como la muerte y el paso del tiempo, es algo engañosa, es más benévola y nos hace ver, seguramente, todo mejor de lo que en realidad fue.

La casa se convirtió en una especie de santuario donde reinaban las fotos de su esposo, las cartas viajaron de un lado al otro porque Julia necesitaba leerlas en voz alta, leérselas a los demás. Lo que en un tiempo había sido algo íntimo, ahora se había convertido en algo público. No había tema que se tocase sin que Jorge apareciera de una u otra manera.

Sus hijos comenzaron a preocuparse ¿Dónde encontraría su madre el equilibrio entre el enojo, la idealización, la realidad, la aceptación? ¿Podía ellos hacer algo? Muchas veces en la vida, no es demasiado lo que podemos hacer por alguien. Solo podemos estar, acompañar un proceso, intentar entender, tratar de sentir empatía con el otro. No está en nosotros modificarle la realidad pero sí acompañar amorosamente y estar allí para lo que sea o simplemente para estar.

Y llegó el tiempo en el que el tiempo mismo acomodó las cosas. Un tiempo sin enojos pero sin héroes, un tiempo sin rencor, pero sin santos, un tiempo sin culpables y a la vez sin ideales. Un tiempo real en el que Julia podía recordar que su esposo había sido solo un hombre y a la vez todos los otros que ella recordó.

Y en ese tiempo, el de la reconciliación y la aceptación, la figura de Jorge volvió a su real dimensión. De ese modo, Julia pudo ser un poquitito más feliz, pues puso a su esposo en el lugar de donde nunca debió haberlo sacado, en el lugar del hombre del cual se había enamorado y desde ese día todo fue un poquito más sencillo.

El enojo pasó, la realidad le dio la mano a la nostalgia y el amor se mantuvo intacto.

Fin

Todos los derechos reservados por Liana Castello

Ilustración: ANNA BURIGHEL

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