¿Dónde estás?

¿Dónde estás? Liana Castello, escritora argentina. Cuentos para padres. Historias de padres e hijos.

A veces miro a mi madre y me pregunto quién es y, sobre todo, dónde está. La vejez le jugó una mala pasada. Se llevó una parte de su memoria, mezcló su pasado y su presente, haciendo incierto su futuro.

Demencia senil, dicen los médicos; un gran dolor, digo yo.

Hay enfermedades que dañan el cuerpo, y otras que lastiman la mente y, en parte, el alma.

Mi madre está internada, y todos los días voy a visitarla.

Antes de entrar, no puedo evitar preguntarme a quién voy a encontrar, y no siempre parece ser mi madre.

Muchas veces no sabe quién soy, ni cómo me llamo. Otras, cree que yo soy su madre, otras, su hermana. Va y viene en el tiempo, entre recuerdos, fantasías y realidades.

Trato, casi siempre infructuosamente, de traerla conmigo, de recordarle no solo quien soy yo, sino también quién es ella.

Es muy doloroso ver a alguien, a quien tanto amamos, perdido, vagando por mundos a los que no podemos acceder y que, presumo, no son nada agradables.

Hay momentos en los que me agrede, y, si bien me duele el alma, sé que no es ella quien lo está haciendo.

Suelo pensar que hubiese sido preferible que su cuerpo enfermase y no su mente. En un cuerpo enfermo, aun en los más castigados, uno puede seguir siendo uno mismo, nuestra esencia puede mantenerse intacta. El cuerpo de mi madre goza de buena salud, pero ella tampoco es consciente de ello.

No puedo hacer más que acompañarla, no es poco, pero no alcanza para que regrese de verdad a mi lado.

Me siento sola, como si ella ya no fuese parte de este mundo. No soy una niña, lejos estoy de serlo, pero me he dado cuenta de que no hay edad para necesitar a una madre y yo quisiera que ella estuviese conmigo.

La extraño, pero sé que la extrañaré aún más cuando se haya ido definitivamente y que mi desamparo será aun mayor.

Entonces, cada vez que esa sensación de desamparo me alcanza, tomo su mano y la aferro a la mía.

Algunas veces, solo algunas, ella me mira, me reconoce y sonríe.

Solo en esas ocasiones no me pregunto dónde está, simplemente, porque, en ese preciso momento, está conmigo, con todo lo que eso significa.

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Fin

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