Un tazón de sopa

Un tazón de sopa. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos espirituales. Cuentos para reflexionar.

Hacía varios años que José vivía en la calle. Tantos, que creía haber nacido allí. Ya no le importaba ni el por qué, ni el cómo. Casi tampoco el hasta cuándo.

José se había acostumbrado. Hacía ya un tiempo se había instalado en la entrada de lo que años atrás había sido un banco. La propiedad estaba abandonada en espera que el juicio que la tenía a mal traer se resolviera. Por suerte para José la justicia era lenta, muy lenta.

María era una mujer sola. Se había mudado al barrio hacía poco tiempo y no había hecho muchos amigos. Tenía un alma noble, pero un carácter algo difícil.

Una noche, camino a su casa, María pasó por el refugio de José. Casi no le prestó atención, hacía demasiado frío como para detenerse a observar a un hombre sucio y cubierto de rotas frazadas.

Se preparó una sopa y se sentó a la mesa, sola como siempre. De pronto recordó al hombre que había visto muy a la pasada. Miró el plato de humeante sopa que tenía en frente y se dejó llevar por su impulso. Buscó un envase de plástico para colocar una porción de sopa, pero no encontró.

Quería llevarle algo calentito para que ese hombre, cuyo rostro no recordaba, no sintiese tanto frío. Buscó y no encontró nada que la convenciera. Tomó entonces un tazón de porcelana viejo y algo cachado, lo llenó, lo tapó con un plato y envuelto en un repasador, se lo llevó.

El hombre seguía allí, cobijado por las frazadas agujereadas. María, sin decir palabra, depositó el tazón junto a José y se fue rápido tal vez perseguida por el frío o algo de vergüenza, de esa que no debe tenerse, pero que a veces se siente. José comenzó a creer en los milagros, ya no recordaba cuánto hacía que no tomaba un plato de sopa caliente.

El aroma lo embriagó y el sabor recorrió cada fibra de su cuerpo, igual que el calor de ese caldo que curó por un instante, sólo por un instante, tantos años de frío y hambre. Fue tal la avidez con la que tomó la sopa que recién luego de acabarla, se preguntó quién la habría dejado.

Miró el coqueto tazón de porcelana, lo tocó –aún estaba tibio- y la textura de esa fina loza lo maravilló y lo intrigó también. Agradecido y con menos frío del habitual se dispuso a dormir.

María por su parte, regresó a su casa. Calentó la sopa y se sirvió otro plato. Mientras veía elevarse el humo que emanaba del caldo y se perdía caprichoso en el cielo raso de la cocina, pensó en José y en ella también. Le dio pena ese hombre que vivía solo en la calle, pero también sintió pena por ella.

Ella también vivía sola, cómodamente por cierto, pero sola. Se preguntó cómo habría sido la vida de José, qué habría pasado para que terminase viviendo en la calle. ¿Cómo se sentiría vivir a la intemperie, pasar hambre, frío y soledad? María no tenía una respuesta para la mayoría de sus preguntas. Lo que sí sabía era cómo se sentía la soledad, lo sabía muy bien.

A partir de ese día, cada noche, María dejaba un tazón de sopa caliente junto a José. Volvía a su casa y recién en ese momento se servía otro para ella.

María comenzó a sentirse menos sola, pues sabía que mientras ella cenaba, José también lo estaba haciendo. Por primera vez en su larga vida, comenzó a cocinar no sólo para ella y el sentir que alguien la necesitaba y la esperaba, del modo que fuese, la alivió y curó en parte su soledad.

Para José los días cambiaron y se hicieron más cortos. Sabía más allá del frío, la lluvia o las penurias que el día le deparase, por la noche, llegaría esa caricia contenida en el tazón de sopa caliente.

De un modo u otro, ambos se necesitaban porque, cierto es, todos necesitamos de todos, con hambre o sin ella, con frío o con calor. Y se ayudaron mutuamente, porque la soledad también produce frío y porque el hambre se siente más si uno está solo.

Y se sintieron menos solos, mejores, algo querido, menos abandonado. El tazón de porcelana cobijaba cada noche, mucho más que sopa caliente.

Lo que María ofrendaba a José era mucho más que alimento y lo que José hacía por ella era infinitamente más que dar las gracias.

Todas las noches, un pequeño milagro se hacía realidad, la soledad, el hambre y el abandono desaparecían tras el vapor de una sopa amorosamente servida en un tazón de porcelana.

Fin

©Copyright Liana Castello 2012

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

Todos los derechos reservados

Imprimir Imprimir

Comentarios

[fbcomments width="450" count="off" num="3" countmsg="maravillosos comentarios!"]