Buscando a Dios

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Buscando a Dios

Buscando a Dios. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos espirituales. Cuentos para padres.

Juan nunca había sido un hombre de fe. Su vida no había sido muy sencilla pero tampoco mucho más complicada que la del común de las personas.

Era una persona pragmática, de aquellas que creen solamente en lo que ven sus ojos y se ciñen a lo concreto. No era amigo de lo abstracto y creía que Dios era precisamente eso, algo abstracto, sin rostro, sin cuerpo, que no era tangible ni visible y ante sus ojos eso se parecía peligrosamente al descrédito total.

Era difícil o casi imposible para Juan pensar en un Dios que permitiese la guerra, el hambre, la enfermedad y el dolor. No podía entender el libre albedrío que Dios da a sus criaturas para llevar sus vidas por los caminos que ellos elijan, pero siempre esperando que lleguen a él y haciendo todo lo posible para que lo hagan.

De todos modos y sin darse cuenta, Juan buscaba a Dios, necesitaba creer, pensar que había algo más que esta vida que tenemos, que existía el Amor con mayúsculas, el más grande, el más inmenso de todos.

Juan no lo sabía, pero lo buscaba. Su vida era una constante búsqueda y si bien Dios está en todas partes, dicen que se percibe más en lo pequeño, que se aloja en los más necesitados y se cobija en aquellos que no tienen dónde hacerlo.

Una fría mañana Juan caminaba por un parque que se encontraba frente a una iglesia. En las escalinatas de la misma estaba sentado un hombre con su mano extendida pidiendo limosna. Ese tipo de escenas eran las que hacían dudar a Juan de la existencia de Dios, lo mismo que cuando veía un niño con frío y con hambre o injusticia y desamparo.

Juan seguía buscando creer, pero buscaba en el lugar equivocado. Hasta que un día su búsqueda terminó.

Esa noche, la del mismo día que había visto al hombre pidiendo limosna en la iglesia por la mañana, volvió a pasar por allí y la escena que vio lo movilizó en forma inesperada. Una señora casi tan humilde como el mendigo, le alcanzaba un tazón de sopa caliente y una frazada, algo desgastada, pero que sin dudas combatiría el frío.

Juan se quedó mirando. Alguien cuya humildad era evidente, alguien a quien sin dudas no le sobraba nada, compartía con otro que tenía menos su alimento y su abrigo. Volvió a su casa caminando despacito, si poder sacarse de la mente o, mejor dicho del corazón, el gesto de esa mujer.

No pudo conciliar el sueño, por un lado la pobreza extrema, el cielo como techo, la calle como hogar. Por el otro, la generosidad más absoluta, el amor hacia el otro expresado no en palabras, sino en apaliar la necesidad vital del prójimo.

Él no hubiera hecho eso, no se consideraba un hombre malo o indiferente, pero sabía que jamás se le hubiese ocurrido calmar el hambre y el frío de un hombre que vivía en la calle. Sin embargo, esa humilde mujer, que tenía mucho menos que él, había elegido hacerlo.

Era cierto realmente, Dios nos hace libres. Pensó en cuántas veces había visto gente con hambre y había elegido no hacer nada. Cuantas veces podría haber dicho una palabra que otro necesitaba escuchar y había elegido no hacerlo.

Esa humilde mujer, había elegido compartir, acompañar, sanar en cierto modo, en definitiva, había elegido amar.

Juan comprendió que había buscado en lugares donde no suele encontrarse a Dios y que el Señor, para que no siguiera dudando de su existencia, había decidido presentársele en la figura de esa mujer que daba casi lo que no tenía para ella. Allí sin dudas, estaba Dios.

La vida ya no fue igual para Juan pues había dejado entrar a Dios en ella y sabido es que Dios jamás abandona.

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Fin

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