Una mala decisión


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Una mala decisión. Danny Vega Méndez, escritor de Panamá. Cuento para padres.

Cada segundo de aquel reloj de pared, golpea lapidariamente el tiempo en la sala de urgencias del Hospital Nueva Esperanza.

El olor a medicamento mezclado con desinfectante hace que la espera por noticias sea lúgubre y pesimista, azuzada por las rostros nostálgicos y taciturnos de quienes comparten el lugar.

El parlante hace diversos llamados. Los médicos seguidos de las enfermeras, corren; administrativos comentan cosas entre sí, mezcladas con expresiones de asombro y risa.

El aseador limpia calmadamente el recinto sin la más mínima de las preocupaciones. Esteban González se siente impotente, débil ante aquella frustrante situación.

Él está acostumbrado a tener el control de todo. Necesita tener informes sobre el estado de su hijo. Su único hijo. A las obras de teatro escolar no podía asistir, pues es un hombre muy ocupado. Para las celebraciones del día del padre, su ausencia era predecible, porque posee un horario muy ajustado para tales nimiedades. Tampoco existe espacio para las visitas en familia al estadio de béisbol, dado que la noche, después de su trabajo, solo es para descansar, de lo contrario sería tiempo perdido.

Sin embargo, no perdió un segundo en tratar de llegar al hospital. Los múltiples papeles y conversaciones serias fueron olvidados en su ocupada mente. Solo podía conducir apresuradamente rebasando tenazmente a cuanto automóvil tuviese de frente. Ese día jamás lo podrá olvidar.

Otra vez, ese reloj circular no se detiene. “Quizás es un segundo más o, peor, un segundo menos sin él”, piensa y no sabe; no quiere saber. Su fina corbata está arrugada y deslucida al igual que su elegante camisa de seda. Su mirada orgullosa de hombre exitoso ha sido mudada por un rostro sollozo y dolorido.

Tiene miedo mucho miedo del futuro; el hombre que no sentía temor ahora tiene todo el miedo del mundo. Lleva las manos a sus sienes, quiere ver más allá que el blanco desesperante de su alrededor. Desea mirar en los alegres recuerdos, los mil colores junto a su familia; pero no puede.

Él no estuvo allí. Siente nostalgia y culpa por no haber podido aprovechar con su familia cada segundo disponible. Recuerda el reloj y lo observa: 1,2,3,4,5… Como un ritual insensible al dolor ajeno, el aseador lleva cabo su labor. De un lado hacia otro mueve sus brazos para poder trapear correctamente, fijando siempre su atención sobre el piso húmedo. No levanta la cabeza. Es su danza personal.

Su mundo blindado ante su alrededor. “¿Qué le diré a Marta?”, medita. Le podría decir la verdad; debe decirle la verdad pero sería más dolorosa. No puede decirle que por estar más pendiente a su celular, Carlitos se fugó de su lado y solo supo de él cuando escuchó el frenazo y los gritos de las mujeres asustadas. Suspira profundamente y en el abismo de su lejana mirada ve y oye los reclamos de su esposa. –

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-“¿Es que nunca puedes tener cuidado de tu hijo? ¡Nunca debí confiártelo ni un segundo!” –

-“Fue un accidente”, sería su mejor excusa. –

-“Por supuesto, lo llamas accidente. Y es que viviendo toda la vida juntos, aún no lo conoces”, el argumento que lo dejaría sin argumento.

Un vaso con agua lo ayuda relajarse por unos segundos. Se siente reo de su propio mundo; preso de sus acciones egoístas. Se levanta. Mira por la ventana y ve llorar desconsoladamente a una mujer, la cual es sujetada por su hijo, o al menos eso parece ser. No es necesario investigar el porqué su llanto.

Aquí eso siempre es significado de las peores noticias. Sus reflexiones son interrumpidas bruscamente por la carcajada de un niño. Piensa que es Carlitos. Pero no; no es él. “Vamos a visitar a papi”, dice el infante a su mamá. “Sí, pero debes portarte bien”, le ordena. Oye pasos. Conversaciones extrañas.

“Señor González”, es el doctor y junto a él, las enfermeras. El vaso cae, salpicando el recién aseado piso. El reloj sigue su curso, ahora pareciese que reta al mismo tiempo dando vueltas con mayor rapidez: “tic, tac, tic tac”.

El doctor se acerca para brindarle explicaciones confusas que no las acaba de entender, no las escucha con lucidez. Solo alcanza a oír cuatro palabras: “Puede pasar a verlo”; y se aleja perdiéndose detrás de una puerta blanca.

Se aproxima a la cama provista de desteñidas sábanas verdes, los cuales tienen unas letras indelebles con el nombre del hospital. Sus ojitos están cerrados.

Una lágrima se le escapa a su autosuficiencia. Los autos no tienen corazón pero peor son los padres que no tienen ojos para sus hijos. Sus rodillas no soportan su peso. Toma su mano y llora como un niño. Siempre le dijo a Carlos González que no llorara que “los hombres no lloran y tampoco se dan abrazotes”. Ahora necesita uno de esos, lleno del aroma y el calor de su vástago.

Su pequeñito ésta inmóvil. Quieto, demasiado quieto. Carlitos abre sus ojitos y con una tierna sonrisa se dirige a su padre: “Tranquilo papi; ya estoy bien”, y sigue sonriendo delicadamente. Esteban González siente que la vida regresa a su cuerpo y da gracias al cielo que le dio otra oportunidad de vivir.

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Fin

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