Los benditos


Cuentos cortos para reflexionar sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

Una tarde mientras llevaba a cabo tareas de mantenimiento, me detuve. Y me invadió un sentimiento de apego, resultó ser el momento perfecto para hacer la llamada. Al principio no podía comunicarme.

Probé con un cero, después con dos, luego con tres. Hasta que por fin dio un verdadero tono de contacto. Pero a los tres siguientes se cortó en seco. Ya estaba pensando que era una de las tantas veces que había intentado comunicarme y no había podido. Pero finalmente el número entró directo y sin casi nada de espera tu voz apareció del otro lado. Me sorprendió como a pesar de tus noventa y cinco años seguías tan fresca y apacible.

Como la última vez que habíamos hablado me habías contado que tenías problemas de salud, esperaba encontrarte más preocupada. Me quedé callada cuando dijiste que estabas sentada al lado del teléfono porque éste hacía un quejido casi imperceptible cuando alguien llamaba y estar bien cerca te daba la posibilidad de captar el momento exacto en el que entraba una comunicación.

Te imaginé en tu sillón de cuero sentada bien derecha, con tu elegancia de siempre, tu pullover de casimir beige, tu pelo bien teñido y peinado. Tus ojos verdes, tan lindos, bien delineados. Y a tu lado la mesita de luz de vidrio y bronce. ¿Y si justo no hubiera dejado de hacer mis tareas de mantenimiento, que por cierto son muy necesarias, si no hubieras estado en la cima de mis prioridades y no hubiera tenido la paciencia de volver a probar después de tantos intentos fallidos?

Quiero decir…si tu teléfono no hubiera sonado, te hubieras quedado allí, como una reina, esperando qué? Entonces doy gracias a dios por haberme hecho una persona consciente de lo que es realmente importante, por eso te pregunto. ¿Cómo estás de salud? ¿Qué pasó con tu infección urinaria? Me decís que estás bien, que hoy mismo va a ir a verte el médico. Me doy cuenta de que no querés hablarme de tus pesares y en cambio, me pedís que te cuente algo lindo.

Los avances de mi vida, que la mudanza fue un éxito, que los chicos se adaptaron bien a la nueva escuela, que la casa nueva es preciosa. Por eso te digo la verdad: de todas las mujeres de la familia con vos es con la que más me gusta hablar. Quiero escribir una novela sobre tu vida y la de tu hermana. A eso respondés que Ivonne te salvó la vida, que sin tu hermana ya estarías muerta y enterrada. ¡Qué suerte que se tienen para ayudarse mutuamente! Te digo y me doy cuenta de que la idea de la novela les gusta bastante más de lo que yo hubiera creído.

Yo pensaba que para ustedes era una exigencia demasiado grande, que las agobiaba y no las entusiasmaba tanto. Pero enseguida me hacés una contrapropuesta. Vos nos hacés las preguntas y nosotras te vamos contando cada escena con sus detalles. Te prometo que voy a comprar un plan de Skype para que hablemos todos los días por lo menos una hora. Me decís que soy tu nieta preferida, entonces me doy cuenta de que tengo razón. No te llaman, no te escuchan, no se interesan en vos, tampoco te quieren como vos te lo merecés. Porque aunque no quieras hablar de tus pesares yo sé que los tenés. Hasta sé, porque vos misma me lo contaste, que a veces te levantás tan mareada que no sabés ni quién sos. Y sin embargo todavía tenés ganas. ¡Qué admirable!

Después de expresarnos mutuos deseos de bienaventuranza, te digo que no los culpes si no te escuchan como es debido. Pues están los inconscientes, los que corren detrás de lo efímero. Y también los benditos. Los que sabemos devolver lo que alguna vez nos fue dado sin restricción.

Fin

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