La puerta de las tristezas

La puerta de las tristezas

La puerta de las tristezas. Cristina Mena, escritora. Cuento espiritual. Cuento sobre sueños. Cuento sobre la tristeza.

– ¿A dónde he de acudir a dejar mi queja? -Dijo resuelta la voz de una niña situándose ante el mostrador de Reclamos de la oficina principal de la gran ciudad.

– Pues… no lo tengo muy claro, – Respondió una voz, – verás te explico: – Las quejas sobre la autoestima las tenemos apiladas a la derecha, los pesares por lo que se pudo hacer pero no se hizo en alguna situación están a la izquierda, los reproches es ese gran montón que ves en el centro de esa mesa y los deseos utópicos de buena voluntad, pues, allí, los hemos dejado apartados en aquella esquina, no son muchos, – se disculpó el funcionario.

-Y si lo que quieres es simplemente rellenar una reclamación porque no te conceden un deseo pues no tienes nada más que decírmelo, si está en mi humilde mano yo mismo te lo concederé, siendo una niña tan simpática y tan pequeñita no creo que yo que tus deseos no puedan cumplirse rápidamente, – dijo el hombre a modo de gracia mirando la estatura de la niña, que apenas asomaba su naricilla sobre el borde del enorme mostrador.

– Pero… – dijo la niña un poco contrariada, – Yo es que… yo quiero poner una queja, pero mi queja es porque no me quieren bien… ¿Dónde tengo que dejarla?

– Humm, es que, no hay montón para eso, – Dijo el hombre sorprendido por sus palabras, aún nadie nos había venido con una queja así, tan… tonta… tan rara.

– Yo no considero tonto ni raro que no me quieran bien, más bien considero que es… pues muy triste, – dijo la niña entornando sus ojitos y bajando su cabecita y su mirada, con lo cual desapareció de la vista de aquel hombre y comenzó a escucharse solo un tímido y anónimo llanto…

El hombre al oírlo, conmoviéndose y poniéndose de pie para asomarse por el mostrador, mirando hacia bajo le dijo:

– No, perdona, levanta tu carita, no quería ser tan brusco al hablarte, lo siento, es solo que tu queja pues no encaja en ningún montón de los que tenemos.

– Entonces, – Dijo la niña con sus lagrimillas en los ojos, subiéndose de puntillas haciendo un esfuerzo: – Entonces… ¿No voy a poder a poder mi queja? ¿Nadie la va a leer? ¿No voy a poder solucionarlo?

– Pues, es que… la verdad es que no… – Dijo el hombre confundido. Pero la niña no perdió el ánimo ante la respuesta y dijo:

– Y… ¿Sabe usted qué he de hacer para que mi queja encaje en algún sitio?, – expreso con voz inocente y con dulce ingenuidad en su pregunta.

– Pues… hummm, veamos, quizá haya una solución, – Contestó el buen hombre con una voz mucho más ilusionada al recordar algo… – Se me ocurre que puedes dejarla ahí… tras esa puerta que está cerrada. Verás, – continuó el señor, – es que si quieres podemos intentar catalogar tu queja como dentro del grupo de Quejas que producen Tristeza, he visto que te apena mucho lo que te pasa y es lo único que se me ocurre para que puedas dejarla. La puedes dejar allí, tras la puerta, tenemos tantas que le hemos dedicado una habitación entera para recogerlas todas…

– ¡Muchas gracias! – Dijo la niña y resuelta se acercó a la puerta, pero al intentar abrirla no pudo, tiró y tiró pero nada pudo hacer, la puerta no se abría- ¿Estará cerrada o será que no yo no tengo tanta fuerza para abrirla?-Se preguntó.

– ¿Me puede abrir la puerta señor? – Preguntó con su vocecilla y mirando al buen hombre

– ¡Parece que no se abre! – Qué raro, – Dijo el hombre que ya había vuelto a sus quehaceres cotidianos,

– Eso no puede ser – Y acercándose para intentar abrirla comprobó que la niña tenía razón, no se abría. No sé porqué no abre esta maldita puerta… masculló entre dientes mientras continuaba haciendo fuerza al empujarla

– ¿Tú sabes por qué esta puerta no se abre? – Dijo entonces mirando a una secretaria que en ese momento estaba haciendo unas fotocopias y atenta solo a su labor.

– Ni idea, – respondió la amable señora, – Han ido dejando tantos papeles por debajo de ella que será simplemente que ya no caben más y se ha quedado atascada.

– ¿Atascada? – Dijo la niña con sorpresa e indignación… – Pero… ¿Es que ustedes no leen y atienden las quejas que les llegan?

– Bueno, – contestó el hombre con vergüenza, – Es que… como llegan tantas, alguna sí que leemos, pero en fin, el trabajo se nos desborda no podemos atenderlas a todas… todo lleva su tiempo… son muchas… no podemos leerlas todas… – repitió bajando los ojos, sabiendo que su excusa tenía menos madurez que la niña que le preguntaba.

La niña se quedó mirando al hombre, luego tras unos segundos de pensamiento, se acercó a una mesa, cogió un papel, un bolígrafo, guardó su queja en un bolsillo y comenzó a escribir en su nuevo papel algo…

El hombre sin entender qué hacía volvió a sus tareas pensando: seguramente está cambiando su queja para poder dejarla en algún montón de los que antes la indiqué, es lo que tenía que haber hecho desde el principio, qué niña más pesada, me ha hecho perder una de tiempo…

Pero al cabo de unos minutos, la niña de nuevo se acercó al mostrador, de nuevo se puso de puntillas y dijo:

– Por favor, ¿Dónde me había dicho que se dejan los deseos, esos que puede concederme rápido?

El hombre, miró a la niña asombrado…

– Pues… he… pero ¿Ya no quieres poner tu queja?, -acertó a decir desconcertado.

– No, – dijo la niña con resolución, – Quiero pedir un deseo… ese sí me le atenderán ¿verdad?, usted me ha dicho antes que sí y… ¡no creo yo que en esta oficina se dediquen a engañar a una pobrecita e indefensa niña de tan solo once años!verdad que no? eso no será sí, ¿verdad? – dijo la niña elevando cada vez más con intención el tono de su voz para todos los que allí estaban la oyeran.

Los demás comenzaron a trasladar curiosos sus miradas hacia el funcionario y la niña con los ojos muy grandes le miraba con el ceño fruncido, esperando una respuesta; la puerta de un despacho comenzaba a abrirse lentamente… entonces el hombre al ver en qué apuro le estaba colocando aquella niña y antes de que algún superior preguntara qué pasaba, le dijo rápidamente a la niña en tono conciliador, para que todo se calmara:

– Sí, sí, claro, claro. Como bien te dije, los deseos se atienden al momento, no hay que esperar. Bueno solo si son posibles, – aclaró el hombre, tratando de cubrirse las espaldas, ten en cuenta que hay algunos que son muy difíciles, incluso imposibles y esos pues…

– Sí, sí, – dijo la niña interrumpiendo al hombre, – No se preocupe, este es un deseo fácil de conceder, ya lo verá, – y con resolución tendió el papel al hombre que boquiabierto por la seguridad de la niña no acertaba a saber qué hacer con él.

– Léalo, – dijo la niña- Y por favor concédamelo cuanto antes, tengo mucha prisa. Estaré en ese café que hay ahí enfrente, en cuanto me haya concedido mi deseo, me avisa, ¿Vale?. Muchas gracias y buenas tardes, – Concluyó la niña dirigiéndose a la pesada puerta de cristal que daba acceso a la calle.

Allí quedó el hombre, temblando, con el papel en las manos, mientras muchas personas, que habían visto toda la escena se fueron agolpando a su espalda. De repente una voz más impaciente y nerviosa que otras dijo de forma un poco inquieta:

– ¿Es que no nos va a decir qué pone? Estamos en ascuas, por favor… ¿Qué pone?

El hombre mirando el papel, comprendiendo y dedicando una leve sonrisa a todos los que allí estaban leyó en voz alta:

– Por favor, ¡Derriben inmediatamente la puerta de las tristezas!!.

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Fin

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