La primera discusión. Cuento sobre la luna y el sol


Imprimir Imprimir

La primera discusión. Cuento sobre la luna y el sol

La primera discusión. Escritora de cuentos infantiles de Buenos Aires, Argentina. Cuento sobre la luna y el sol. Cuento sobre la envidia y los celos.

Ilustración de Eugenia Suarez

Hace muchos, muchos años, tantos que ya nadie sabe precisar, Dios creó el mundo.
En él colocó las maravillas más increíbles: el agua, las montañas, las nubes, las estrellas, el sol y el cielo, entre tantas otras.

Dicen que cuando el sol y la luna fueron creados, se conoció la primera discusión. Como ambos brillaban, Dios consideró que sería mejor que cada uno iluminara en momentos diferentes del día.

A la luna le asignó la noche  y por ser ésta tan oscura, creó las estrellas para que la ayudasen a iluminar con sus mejores destellos.

Las estrellitas estaban felices con su misión, pero no así el sol y la luna.

En lugar de agradecer y cumplir con alegría la tarea que Dios les había asignado, empezaron a discutir sobre cuál de los dos era mejor y más importante.

– ¡Sin mi no habría día! – Decía el sol presumido.

– ¡Sin mi la noche no sería lo mismo! – Contestó la luna.

– ¡Eres pálida! – Gritó él.

– ¡Y tu pareces una bola de fuego! – Replicó ella.

Las estrellas miraban a uno y a otro sin poder creer tan inútil discusión.

– Yo iluminaré las noches de los enamorados – Dijo la luna en forma desafiante.

– Y yo haré crecer la vegetación con mi luz – contestó el sol.

Cansadas ya de tanta pelea, las pequeñas estrellas intentaron que ambos entraran en razón, sin mucho éxito por cierto.

– Los dos son hermosos y por igual importantes. Dios no crea seres feos o inútiles. Todos tenemos una misión que cumplir en este mundo, cada uno la suya y ninguna por encima de la otra – Les dijo una de las estrellitas, mientras le guiñaba el ojo a todo el resto. Dicen que cuando las estrellas titilan, es que le están guiñando un ojo a otra.

Ni el sol, ni la luna depusieron actitudes. Uno creía que era más importante que el otro y ninguno estaba dispuesto a ceder.

Sin saber cómo terminar con tan tonta pelea, las estrellitas se juntaron en grupos a pensar una posible solución. Parece ser que, de esa manera, se formaron las primeras constelaciones.

– ¡Tengo la solución! – Gritó el lucero – ¡Llamaremos a las nubes!

– No entiendo en qué nos podrían ayudar – Contestó otra estrellita.

–  Ya verás – Dijo el lucero, quien aún brillando mucho más que todas las demás, no hacía alarde del don que había recibido.

Y partió a encontrarse con las nubes. Para su sorpresa, vio que todas estaban muy tristes.

– ¿Por qué esas caritas? – Preguntó preocupado.

– No  tenemos  claro  para  qué hemos   sido creadas – Contestó la nube más gordita de todas – No damos luz, ni calor, tampoco brillamos.

– Estamos todas desparramadas – Agregó otra muy pomposa, pero desanimada – Unas por aquí, otras por allá.

– Ese es el problema – Dijo el lucerito – Que están todas desparramadas. Si se unen y se quedan muy, pero muy juntas, producirán lluvia y con ella algo indispensable para el planeta.

Las obedientes nubes probaron unirse unas con otras y ese fue el primer día que llovió en el mundo.

Ya más tranquilas y contentas, las nubecitas preguntaron:

– ¿En qué podemos ayudarte? ¿Necesitas que hagamos llover en algún lado?

– No precisamente – Contestó la estrella – Las necesito para poner fin a una discusión absurda.

Sin entender demasiado, pero dispuestas a ayudar a su nuevo amigo, las nubes emprendieron el viaje hacia donde estaban el sol y la luna.

En el camino, el lucerito les contó sobre la discusión que mantenían y también acerca de la idea que él había tenido para que se pusieran de acuerdo de una vez y para siempre.

Al acercarse, ya se escuchaban los gritos.

– ¡Yo soy el rey sol!

– ¡Tu de rey no tienes nada! Mi brillo no se iguala a ningún otro – Dijo la luna.

– Sin mi no habría vida – gritó el sol.

– Es hora de intervenir – Dijo el lucero a las nubes.

Pidió a todas: gordas, delgadas, pomposas, finitas, más claras y más oscuritas, que se pusieran mitad delante del sol y la otra mitad, delante de la luna.

Las nubes obedecieron y de pronto, el único brillo que se vio en el cielo fue el de las estrellas

Ambos quedaron opacados por las nubes y sin saber qué decir. De pronto, aquel brillo que cada uno de ellos sostenía era el mejor, había desaparecido. Ya no había de qué jactarse.

– Ahora falta que se empiecen a pelear a ver quién de los dos brilla menos – Pensó el lucerito.

Por suerte, nada de ello ocurrió. Seguían mudos, sin entender cómo de repente, en un abrir y cerrar de ojos, eran iguales el  uno al otro, opacos, sin destellos, ni luz.

– ¿Han visto que no había de qué presumir? – Preguntó triunfante el lucerito y continuó:

– Si las nubes se lo proponen, los opacan por completo. Eso les demuestra que todos tenemos una razón de ser y un por qué, no hay uno más importante que el otro. Todos y cada uno de nosotros, tenemos una misión que cumplir en esta tierra y un lugar que ocupar.

Dicen que, detrás de las nubes, el sol se puso más rojo de vergüenza y la luna empalideció por la actitud que había tenido.

Ambos entendieron lo que el lucerito les había querido demostrar y cada uno fue a ocupar su lugar, en paz y sin molestar al otro.

Las nubes estaban felices por haber encontrado su misión y haber podido ayudar.

El sol y la luna no volvieron a pelear jamás y el lucero, aún hoy, guiña el ojito a todos y cada uno de nosotros  -por cierto- todos iguales de  importantes.

Fin

Para disfrutar de más Ilustraciones de Eugenia, los invitamos a entrar a: www.elmundodeeugenia.blogspot.com

Puedes seguir leyendo: Cuentos Clásicos en Encuentos

 

Imprimir Imprimir