El pequeño Juan se propuso encontrar trabajo para ayudar a su familia, pues su padre había enfermado, y se encaminó hacia un lugar lejano donde le habían dicho que podía hallarlo. A la orilla del camino se encontró con una pareja de borricos, se montó en el mayor, pero este lo tumbó al momento. Luego se encaramó en el otro y le hizo lo mismo. Indignado, les dio varios azotes. A pesar del castigo, los animales siguieron tras él.

Más adelante, se tropezó con un campesino quien cargaba al hombro varios instrumentos de labranza y se ofreció para aliviar su carga, pero éste se negó. Cuando habían andado un buen trecho, le pidió que le facilitara algunos, y le explicó para qué los quería, mediante un gesto con la cabeza, el otro le negó el favor. Continuaron la marcha y, por más que Juan trataba de entablar conversación, el labriego se mantenía en silencio.

Más tarde, Juan, los borricos y el labriego se encontraron con una anciana quien cargaba a duras penas una bolsa y una vasija con agua. Ella les preguntó a dónde se dirigían. El labriego se encogió de hombros y los borricos rebuznaron, sólo Juan le explicó su deseo y le pidió agua para saciar la sed. La anciana se la negó y continuó caminando junto a ellos. Después de mucho andar, llegaron a un terreno estéril y vieron un cartel con una flecha indicando hacia la tierra que decía: No tengo dueño, seré de quien me trabaje con ganas.

— ¡Qué buena oportunidad tendría, si fuera fértil! —Exclamó Juan—. Si hubiera… —el asombro no lo dejó completar la frase pues vio a la anciana desbordar un poco de agua de su recipiente y al momento se formó un riachuelo con muchos afluentes que serpentearon la tierra. Los borricos comenzaron a recorrer el suelo a toda prisa y según lo hacían, brotaban hierbas.

—Ya está fértil la tierra. Si tuviera semillas, ahora mismo comenzaría a sembrarlas —dijo Juan y para su sorpresa, la anciana le entregó la bolsa repleta de variadas semillas

—. Es necesario desyerbar —Juan, suplicante, se dirigió al labriego, este le facilitó un azadón y ambos se pusieron a escardar el terreno con destreza y suma rapidez, como si las azadas trabajaran por sí solas. En poco tiempo limpiaron una gran extensión de terreno. La anciana le pidió a Juan que se detuviera y le dijo:

—Ahora solo tú podrás sembrar las simientes.
Juan puso manos a la obra. Al atardecer, sintió cansancio, sin embargo, prosiguió su faena hasta bien entrada la noche, en que la anciana desapareció de golpe, dejando al niño atónito por todo cuanto había ocurrido en tan poco tiempo. Después se acostó sobre un montón de hierbas, los borricos junto al labriego se acomodaron a su lado y todos quedaron dormidos.

A la mañana siguiente, llenos de asombro, comprobaron cómo habían brotado y fructificado plantas de viandas, frutas y vegetales, entre las cuales se destacaba una de cacao que le trajo al niño el recuerdo de su madre, a quien le gustaba mucho el chocolate. De repente, se desconcertó al percatarse de que en un espacio donde no había sembrado se levantaban plantas medicinales. Pensó en cómo hacérselas llegar a su padre. Lleno de alegría, se fijó con detenimiento en los sembrados listos para cosecharlos y le pareció estar dentro de un sueño.

— ¡Si tuviera en qué transportar parte de esta cosecha, se la llevaría a mi familia que tanto la necesita! —dijo y los borricos, rebuznando, se aproximaron a él.

—Ah, ya sé lo que insinúan —dijo, los acarició y estos volvieron a rebuznar.
Primero Juan recogió las plantas medicinales y le ató un escrito al paquete; acto seguido, ayudado por el labriego, comenzó a acopiar alimentos, los envasaron en alforjas ofrecidas por éste y la pusieron encima de los lomos de los borricos que, sin esperar orden, partieron a todo galope.

— ¿Sabrán a dónde llevar el encargo?—se preguntó Juan.

—Claro que sí —le respondió la anciana quien llegó en ese instante—. Al principio ni los borricos ni el labriego quisieron ayudarte, desde ahora siempre lo harán.

Al atardecer llegó el primer borrico, trayendo colgado de su cuello un mensaje que decía:

Hijo, gracias por el envío tan oportuno.

Besos de tu familia.

Mientras Juan y el labriego trabajaban la tierra, los borricos, cargados de provisiones, daban viajes a diario. Por su parte, la anciana traía la comida al atardecer y complacida por el entusiasmo del niño, sonreía y dejaba a su alcance otras variedades de semillas para nuevos cultivos.

Transcurrido un tiempo, en uno de los viajes, un borrico trajo a Juan un mensaje que le dio mucha satisfacción:

Ya estoy curado, hijo, es hora que regreses a casa.
Un abrazo de tu padre.

Juan miró los sembrados y quedó largo rato pensativo, hasta que la anciana se acercó y le dijo:

—Lee el cartel.

Juan emocionado leyó en voz alta: Ahora eres mi dueño, me has trabajado con voluntad, no te vayas, si lo hicieras volvería a ser estéril.

—No tienes que marcharte… Mira, ahí viene tu familia, ahora entre todos podrán trabajar esta tierra —le dijo la anciana y desapareció.

Desde entonces, Juan, su familia y el mudo labriego, se dedicaron a cultivar la tierra ¿Y los borricos? Ah, ellos también siguieron trabajando.

Fin

Cuento sugerido para niños a partir de diez años.

 

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