El zoolegio de Mía 🎓 Enseña a sus alumnos que cada cual es como es, que hay normas de convivencia que deben ser respetadas.

Por Francisco Javier Arias Burgos. Cuentos con valores para niños.

Y un día Mía decidió abrir el Zoolegio, un lugar al que estaba segura, concurrirían a estudiar y aprender valores muchos animales, además de sus dos perros, Fox y Teo, que por supuesto serían sus dos primeros alumnos. El zoolegio de Mía es un entretenido cuento corto del escritor colombiano Francisco Javier Arias Burgos, recomendado para niños de todas las edades. ¿Llevarías a tu mascota a aprender al Zoolegio de Mía?

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El zoolegio de Mía

El zoolegio de Mía - Cuento con valores

Después de pensarlo muchos días y de escuchar los consejos de sus papás, Mía decidió por fin abrir su escuela para animales. Por el momento solo contaba con dos alumnos, Fox y Teo, sus perros, con los que se entendía muy bien.

Pero un colegio con dos estudiantes no le sonaba.

Ella quería tener una clase numerosa para que el aula, que era grande y cómoda, no se viera muy desolada. Así que les pidió a sus dos amigos que invitaran a los otros perros del vecindario. Sabía de algunos que eran muy amables, inquietos y juguetones, pero también conocía a otros que no lo eran tanto. Algunas veces los había visto pelear entre ellos o perseguir a los ciclistas y ladrarles a los vecinos.

Mía reunió a los cinco primeros que se presentaron y respondió con toda propiedad las preguntas que ellos le hicieron después de plantearles sus ideas. Rambo, un pastor alemán que le gustaba mucho, se ofreció a enseñarles a ladrar en el idioma de Goethe a los otros cuatro; Mao, un pequinés muy simpático que llegó a última hora, les prometió enseñarles a ladrar en mandarín. Los otros tres, que eran criollos, dijeron que les quedaría muy difícil aprender esos idiomas, pero que lo intentarían.

Y así fue como, por fin, Mía vio realizado su sueño.

Con mucho cariño y con infinita paciencia les enseñó algunas normas de convivencia, pulió sus modales, les recalcó la importancia de decir «por favor» y «gracias», de no interrumpir a quien hablaba en su momento, de respetar las opiniones de los otros.

La fama de la escuela creció como la espuma. En cuestión de dos semanas ya tenía más de diez solicitudes: una vecina le pidió que aceptara a sus dos gatos, otra le rogó que admitiera a su lora porque era muy habladora y grosera; una más quería que sus gallinas fueran menos bullosas. En fin que, de pronto, Mía se colmó de estudiantes.

Y su finca se llenó de alegría.

Al cabo de algunos días podía escucharse una multitud de risas y de voces diferentes: la lora Marcela charlaba con su archienemigo Bigotes, uno de los gatos, como si fueran viejos amigos; Rambo y Mao compartían su tiempo y su comida con Orlando, el otro gato, que les había parecido antipático pero que en realidad era muy tímido. Y algunas de las gallinas que decidieron matricularse dejaron de cacarear sus huevos y aceptaron que su deber era ponerlos sin tanta alharaca.

Mía era una excelente maestra: jamás regañaba a ninguno de sus alumnos, les repetía cuando no le entendían algo, les preguntaba sobre su vida, en fin, se interesaba realmente por ellos, que es lo que un profesor de verdad debe hacer.

Por eso, y por su buen sentido del humor, la querían todos.

La lista fue creciendo: el conejo Ramón, el cerdito Leonardo, la paloma Isabel, el ratón Alejandro y la burra Parsimonia también se matricularon. La última en hacerlo fue la tortuga Lenteja, cosa que no la sorprendió pero que le encantó.

Mas no todo fue color de rosa: la dueña de Bigotes y Orlando, los dos mininos que resultaron ser de los más simpáticos, se quejó de que ellos ya no cazaran ratones y de que, al contrario, los encontrara a veces charlando muy amigablemente. No sabía que Alejandro se había hecho muy amigo de ellos y les había contado que tenía una esposa y unos hijos muy bellos; el dueño de Parsimonia protestaba porque ella se negaba a trabajar sin descanso y exigía algo de respeto; Isabel solo entregaba cinco cartas por día. De la única que no recibió quejas fue de Lenteja, que vivía sola y del dueño de Leonardo, que aceptaba con alegría su gordura.

Lo mejor de todo fue que, de común acuerdo, decidieron no ir uniformados al colegio.

Cada cual iba con su vestido natural y cada uno, con respeto por el otro, aceptaba las diferencias sin pelearse por ellas.

Hay que ver lo que se enseñaron entre ellos: Teo y Fox hablaron de su amor por Mía, Isabel de lo emocionante de llevar una carta, Alejandro de la importancia de saber sobrevivir, Parsimonia hablaba maravillas sobre su labor y, por último, pero no menos importante, Lenteja y Leo resaltaban los beneficios de tomar las cosas con calma, de la inutilidad de correr.

La escuela de Mía logró enseñarles a sus alumnos que cada cual es como es, que hay normas de convivencia que deben ser respetadas, y que las diferentes ideas y modos de vivir son la sal de la vida.

En la fiesta de clausura o «prom», como sugirió Rambo que se le llamara, todos los animales se dieron un abrazo y prometieron volver al año siguiente. Cada uno le llevó un regalo a su querida maestra y todos le desearon una feliz Navidad y un próspero año nuevo. Marcela y Ramón, por extraño que suene, cantaron a dúo un hermoso villancico, que Leonardo no escuchó porque se había dormido. El regalo de Navidad de Lenteja le llegó a Mía el día de la madre 🤣🤣🤣.

Fin.

El zoolegio de Mía es un cuento del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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