El padre Sol

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El padre sol. Cuentos con valores sugeridos para niños a partir de nueve años.

Entre los mundos que forman la Vía Láctea, estaba el padre Sol con sus hijos. Se dedicaba a la difícil tarea de educarlos, porque el Sol es un buen padre.

—Yo –les decía– los amo tanto que mi único afán es darles luz y calor.

Sus ocho hijos retozaban girándole alrededor, platicaban y discutían entre sí como hacen todos los hermanos.

—Soy el consentido de papá –dijo Mercurio, muy ufano–, por eso me tiene muy cerca de él. El travieso Marte se entretenía en hacer caras y gestos a los gemelos, Neptuno y Urano, quienes sin hacerle caso se divertían jugando al futbol con sus satélites, en tanto el padre Sol sonreía viendo gozar a sus pequeños.

En vanidad, compiten tres: Júpiter presume de ser el más fuerte, Saturno de elegante, y Venus, de ser hermosa. Con voz de trueno Júpiter decía:

—Soy el mayor, y el segundo en autoridad después de nuestro padre. Soy tan fuerte e importante que para los antiguos fui uno de sus principales dioses. Así que todos deben obedecerme.

Y con amor lo reprendió el padre Sol:

—Si deseas tener autoridad y hacer valer tu fuerza tienes primero que ser justo y mostrar inteligencia, generosidad y sentido común. Esfuérzate en tener razón al hablar y ésa será tu mayor fuerza.

A su vez, Saturno dijo, mostrando sus anillos:

—Yo soy el más elegante de todos mis hermanos. Si no, digan, ¿quién tiene anillos como los míos?

A lo que su padre respondió:

— ¡Saturno! La elegancia y el lujo no lo son todo y te hacen perder de vista tantas cosas bellas y de valor. Tus anillos son preciosos; agradece a madre Naturaleza que con ellos te dotó, jamás los utilices para tratar de sobresalir entre tus hermanos.

Venus es una preciosa chiquilla convencida de su belleza y, por lo mismo, presumida.

— ¿Verdad, padre, -preguntó con voz melodiosa soy la más hermosa entre mis hermanos?

Con cariño, también, el padre Sol le dijo:

—Venus, es cierto que eres hermosa, pero cada vez que tú misma lo dices te ves menos linda. La modestia y la sencillez son la clave de la simpatía, que vale más que la belleza.

Mientras Júpiter, Venus y Saturno pensaban, avergonzados, en lo útil que les eran los consejos de su padre, el Sol volvió sus ojos a la dulce y gentil Tierra, quien permanecía triste y callada.

—Y tú, mi pequeña Tierra, ¿no dices nada? La Tierra miró a su padre y dijo:

—Estoy agradecida con madre Naturaleza porque durante años he albergado la vida, precioso regalo. Admiro la variedad de plantas y animales que existen, y especial alegría me ha dado la humanidad: he sido feliz con sus progresos y he llorado por y sus miserias. Pero ahora, estoy de verdad muy triste.

— ¿Por qué, mi niñita? ¿Qué es lo que te hace sufrir? –preguntó el padre Sol.

La Tierra sollozó, limpió una lágrima que rodaba por su mejilla, y continuó:

—La humanidad ha sido ingrata conmigo, contigo y con madre Naturaleza. Ha abusado de lo que se le dio, me ha maltratado sin consideración y ahora ella misma está en peligro de desaparecer y, lo peor, parece no darse cuenta.

Preocupado, el padre Sol le preguntó:

— ¿Qué podemos hacer, hijita, para ayudar?

—Nada, padre –respondió la Tierra, apesadumbrada–. Es ella misma quien tiene que salvarse. Tengo la esperanza de que los niños se den cuenta del daño que sus mayores me están causando y, cuando crezcan, hagan lo necesario para sobrevivir, conservándome a mí que soy su sustento.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y el padre Sol, queriendo consolarla, le envió uno de sus más tiernos rayos de luz.

Fin

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