El chanchito que aprendió a compartir


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El chanchito que aprendió a compartir

El chanchito que aprendió a compartir. Alejandra Fort Brugnini, escritora uruguaya. Cuento infantil. Cuento sobre el valor de compartir.

Había una vez, un chanchito que hablaba en voz baja. Casi no se le entendía lo que decía. Al hablar, hacía más bien ruiditos. Cuando jugaba con sus amigos y amigas, decía palabras pero no lo oían.
Si le prestaban algún juguete, como le había costado tanto que se lo dieran, no quería devolverlo.

-¡Es mío y solo mío…!, decía mientras abrazaba a un osito de peluche.

Al tirarle una pelota para que la volviera a pasar a un compañero, no lo hacía. La apretaba fuerte entre los brazos, sin soltarla. Ellos deseaban que se las diera, para jugar todos juntos. Pero él se negaba a hacerlo.

La mayoría de sus amigos no lo comprendían. Pero si lograba que le hablaran, para que continuaran brindándole atención, más fuerte tomaba entre sus patas los juguetes que recibía prestados. Como no los compartía, él y los demás terminaban peleándose. No era un chanchito malo. Pero sufría, porque le costaba ser escuchado. Pero esto no podía seguir así.

Un día, sostenía con fuerza dos avioncitos, tres camioncitos y una pelota. No había manera de que los soltara. Fue ahí que entonces, apareció un hada frente a él.

Ella lo miró y le sonrió con cariño, diciéndole:

-¿Porqué no los sueltas…? Si lo haces, podremos hablar.

-¿De qué hablaremos, hada…?, preguntó el chanchito en voz muy bajita.

-Antes de empezar, prométeme que abrirás bien la boca mientras dices las palabras. Trata de soplarlas, así salen. Anda, que tú puedes hacerlo, le dijo el hada.

-Está bien, dijo el chanchito con toda claridad y una gran sonrisa. Luego, soltó a la pelota. El hada le mostró un espejo y lo hizo mirarse en él.

-Mira que limpito estás, le dijo ella. Es porque hoy tomaste un baño y te aseaste bien.

-Es cierto, dijo el chanchito con los ojos muy abiertos. ¡Me froté con mucho jabón…!, exclamó alegre. Hecho esto, puso un camioncito sobre el pasto.

-Qué brillantes tienes los dientes, dijo el hada. Imagino que luego de comer, te los lavas, ¿verdad…? -Así es. Después de lavármelos, mi boca huela muy bien, dijo él.

-Quiero que de hoy en adelante, cada vez que hables pienses en el rico aroma con el que salen tus palabras. Quienes las escuchen, lo van a sentir al igual que tú, dijo ella.

-Nunca había pensado que yo pudiera dar algo tan lindo a otros…, dijo el chanchito y miró al hada muy contento. Y puso a los otros camioncitos en el suelo.

-Claro que puedes hacerlo. Puedes brindar esto y mucho más a quienes te rodean. Pero por algo se empieza, le dijo el hada.

-Lo que digas, no sólo olerá bien. También verás que tendrá un sonido claro, agregó ella. El pensar en todo esto, llenó al chanchito de mucha alegría. Tan agradecido se sentía, que quiso darle un abrazo al hada. Al dárselo, dejó caer a los avioncitos.

-¡Muchas gracias, hada…!, le dijo con toda claridad. Después de abrazarla, se dio cuenta de que había soltado a todos los juguetes.

-Ya no precisarás tenerlos agarraditos, porque si hablas como en este momento serás escuchado, le dijo el hada con ternura. Deja que se oiga bien tu bella voz.

Desde ese día en adelante, el chanchito tiene muchas ganas de conversar y es comprendido por todos. Y se siente muy, pero muy contento. Ahora presta sus propios juguetes y además, también devuelve los que le dan a él.

Fin

 

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