¿Dónde están los libros? – Capítulo IV

CONNY LE BON

¿Dónde están los libros? – Capítulo IV es uno de los cuentos de libros de la colección cuentos infantiles sobre la importancia de leer de la escritora Liana Castello sugerido para niños a partir de nueve años.

Capítulo IV – Un cumpleaños no muy feliz

El día siguiente a la desaparición de los libros era sábado y el cumpleaños de don José, el abuelo de Tiago y papá de su mamá.

El abuelo era muy goloso y cada cumpleaños, la mamá del pequeño le preparaba una fiesta con las cosas que más le gustaban a su padre: alfajores de dulce de membrillo, galletas bañadas con chocolate y una torta de cumpleaños alta y llena, muy llena de merengue.

Tiago despertó con el llanto de su madre y bajó sobresaltado a ver qué ocurría en la cocina. Dindón, también preocupado, escuchaba atentamente.

-¡Mi libro de cocina tampoco está! No quiero pensar que has prestado mi libro también ¿o sí?

Tiago no respondía, si decía la verdad, lo retarían y no era fácil inventar otra mentira que convenciera a su madrre.

-No, mami, yo no presté el libro, búscalo bien, en algún lado tiene que estar -dijo el niño con un hilo de voz..

-He dado vuelta toda la casa y no está. ¿Qué haré ahora? Tengo que cocinar para el abuelo y no tengo el libro… y se echó a llorar nuevamente

-Mami, haces lo mismo todos los años, debes saber de memoria cada receta

-Sabes que no tengo buena memoria

“Menos mal, no soy el único” pensó aliviado Dindón

-No recuerdo las cantidades exactas, la fiesta está arruinada, será un fracaso.

Tiago se sentía culpable, jamás pensó que su falta de amor por los libros perjudicaría a su mamá y a su familia. Por su parte, Dindón empezó a dudar si el escarmiento que había ideado para el pequeño había sido correcto. Otras personas estaban sufriendo por culpa de su hechizo.

TIago volvió a su habitación. Dindón permaneció –como siempre arriba del armario. Quería ayudar a la mamá del niño y tuvo una idea.

-¡Ya sé! La he visto preparar las mismas recetas por años, las anotaré y se las dejaré a la vista, tal vez crea que son apuntes que se han caído del libro.

Empezó a hacer memoria (cosa que le costaba y mucho) de cada receta, con sus ingredientes, sus cantidades y el procedimiento

-¿Eran seis u ocho huevos para la torta? Ay, no lo recuerdo bien, pero bueno, pongamos ocho cuánto más grande mejor. ¿Para el merengue qué cantidad de azúcar era? Creo que… bueno pongamos un kilo. ¿Cuánto se horneaban las galletas, quince minutos o más? Creo que media hora, bueno pongamos media hora.

Y así, intentando recordar cada preparación, escribió todas y cada una de las recetas y sin ser visto, las dejó en la cocina. La mamá estaba tan angustiada que cuando encontró esos apuntes, no se puso a pensar si ella los había escrito y cuándo, los tomó y se puso a cocinar.

Tiago se quedó tranquilo pensando en que su mamá había recordado las recetas a la perfección, pero cuando la fiesta comenzó y todos empezaron a comer, la tranquilidad se esfumó. A medida que la tarde pasaba, el merengue de la torta se iba desplomando sobre la fuente y el mantel.

Las galletas parecían piedras, tanto que a la tía Jacinta se le rompió una muela por encapricharse en comerlas. Los alfajores parecían chicles, gomosos pero sin gusto. El abuelo no decía nada, pero tampoco entendía qué había pasado con su menú de cumpleaños. Su hija no sabía cómo disculparse con la gente, y los invitados se fueron con más hambre de la que tenían cuando llegaron.

No fue una linda fiesta, el abuelo estaba un poquito decepcionado, la mamá de Tiago se sentía mal no solo porque no había recordado bien las recetas, sino porque había perdido ese libro de cocina que tanto amaba y que había sido de su abuela. Tiago y Dindón no estaban mejor.

El pequeño se acostó sintiéndose triste y egoísta. En definitiva que a él no le gustasen los libros era un problema suyo que no tendría que haber perjudicado a nadie. Dindón estaba más preocupado que nunca. No solo seguía pensando que no había tenido una buena idea con el escarmiento que le dio al pequeño, sino que se daba cuenta de que su mala memoria iba en aumento.

Ninguno de los dos se durmió feliz. Por primera vez en su vida, el niño pensó que escuchar un cuento hubiera sido muy bueno, una historia que lo sacara de la tristeza y de la culpa y que lo hiciera dormir feliz, pero no fue así, ya no había libros.

Dindón se durmió tratando de acordarse por qué se olvidaba de todo, pero como no lo pudo recordar, prefirió dormir y pensar que el día siguiente sería mejor.

Continuará…

Todos los derechos reservados por Liana Castello

Ilustración de Conny

Mail de Conny: [email protected]

Capítulo III

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