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El almohadón de plumas ⟪ En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama…

Por Horacio Quiroga. Cuentos populares latinoamericanos.

El cuento «El Almohadón de Plumas» nos sumerge en la historia de una joven pareja que, aparentemente, vive una vida plena y feliz. Sin embargo, todo cambia cuando un extraño suceso comienza a perturbar su existencia. A medida que el misterio se desvela, se revelan secretos ocultos y verdades impactantes. Es una historia realista del increíble escritor latinoamericano Horacio Quiroga, un clásico ideal para que lean adolescentes de secundaria. Prepárense para sumergirse en un mundo de suspenso y descubrimientos sorprendentes. ¡Disfruten de «El Almohadón de Plumas»!

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El almohadón de plumas

El almohadón de plumas - Cuento de Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora.

Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama.

Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

Pst… —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio… poco hay que hacer…

¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima.

Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando.

Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.

Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre.

La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Fin.

El almohadón de plumas es uno de los cuentos de la colección de cuentos clásicos de Horacio Quiroga.

Cortometraje stop motion de «El almohadón de plumas»

En esta fascinante producción de stop motion, basada en el cuento del reconocido escritor Horacio Quiroga, seremos transportados a un mundo de misterio y horror. Bajo la dirección de Hugo Covarrubias y con la asistencia de dirección y producción de Muriel Miranda, este cortometraje realizado por FIX Producciones nos sumerge en una narrativa visualmente cautivadora.

¿Qué es STOP MOTION?

¿Qué es STOP MOTION?

El stop motion es una técnica de animación que consiste en crear la ilusión de movimiento a través de una serie de imágenes estáticas. En esta técnica, se captura una fotografía de un objeto o escenario, luego se realiza un ligero cambio en la posición del objeto y se captura otra fotografía. Este proceso se repite varias veces, y al unir todas las imágenes en secuencia, se crea la ilusión de movimiento.

El stop motion puede realizarse con diferentes materiales, como figuras de plastilina, objetos inanimados, recortes de papel o incluso personas reales. Cada cuadro individual se captura con cuidado y se ajusta meticulosamente para lograr una animación fluida.

La técnica de stop motion, utilizada magistralmente en este cortometraje, aporta una estética única y cautivadora. Cada detalle meticuloso, desde los movimientos sutiles de los personajes hasta los escenarios minuciosamente construidos, contribuye a crear una atmósfera inquietante que nos mantendrá al borde de nuestros asientos.

«El Almohadón de Plumas» es un tributo al talento literario de Horacio Quiroga y una muestra impresionante del arte del stop motion. En este cortometraje, las palabras se transforman en imágenes y las emociones se materializan en cada cuadro animado.

Sobre Horacio Quiroga

Horacio Quiroga - Escritor

Horacio Silvestre Quiroga Forteza nació en Uruguay el 31 de diciembre de 1878, sin embargo, gran parte de su vida la vivió en Argentina. Su madre fue Pastora Forteza y su padre Facundo Quiroga, quien murió tras un accidente con su escopeta al regresar de cazar, cuando Horacio tenía aún dos meses de vida.

Durante su juventud, este reconocido escritor ya mostraba su interés por la vida en el campo, la fotografía, y la literatura.

Durante su época universitaria un joven lo interesó por la filosofía, también trabajó en los diarios La Revista y La Reforma en Uruguay. Esto ayudó a pulir su estilo y obtener reconocimiento.

El Consistorio del Gay Saber fue un grupo de literatura, considerada la institución literaria más antigua del mundo occidental, que fundó cuando recién iniciaba su carrera en 1900. Fue allí donde experimentó formalmente como cuentista. En 1901 publicó su primer libro, sin embargo en ese año fallecieron sus dos hermanos y su amigo Federico, a quien accidentalmente asesinó al disparársele un arma.

El dolor de estas tragedias, en especial la de su amigo, obligaron al autor a radicarse en Argentina, donde logró alcanzar la madurez como profesional y escritor.

En los últimos diez años de su vida, Horacio se casó con quien sería su segunda y definitiva esposa, María Elena Bravo. Con ella tuvo una hija y se radicaron en la selva misionera. María Elena, al igual que su primera mujer, se cansó de la vida selvática y se regresó a Buenos Aires con la hija de ambos. Esto resultó en una gran frustración para el escritor.

Después de pelear un par de años con un doloroso cancer de próstata, su separación no evitó que, María Elena y su hija, además de sus amigo, lo acompañaran en los últimos momentos de su vida. Quiroga regresó a Buenos Aires a ser tratado, pero el 19 de febrero de 1937, estando internando y ya en estado terminal, el escritor decidió acabar con su vida bebiendo un vaso de cianuro, lo que selló una vida rodeada de tragedias.

Las obras más importantes de Horacio Quiroga

Algunas de las obras más importantes y reconocidas de este increíble autor:

  • Los arrecifes de coral (1901).
  • Historia de un amor turbio (1908).
  • Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917).
  • Cuentos de la selva (1918).
  • Anaconda y otros cuentos (1921).

Más libros de Horacio Quiroga.

Es imposible contar en tan pocas líneas una vida tan llena de experiencias y vicisitudes experimentadas por Horacio Quiroga, puede leer una biografía más completa Aquí.

Más cuentos clásicos de Horacio Quiroga

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