La importancia de explorar en la niñez.

La exploración es una de las actividades principales que los niños realizan, a través de ella conocen el mundo.

Sentidos como el tacto, el olfato, el equilibrio y el movimiento se conjugan para lograr el desarrollo motriz del pequeño. Esto se ve enriquecido cuando es compartido con pares que le dan a la experiencia un plus, pues ellos aportan su propia singularidad, trayendo nuevas posibilidades y experiencias. Se impulsan, se cuidan, proponen, en los vínculos se multiplican las miradas.

Esto se da durante la primera infancia, cuando se desarrolla la autonomía motriz, la coordinación de movimientos y la alegría de descubrir el entorno con ayuda de todos los sentidos. Y se acrecienta cuando los chicos ya caminan, pues se sienten más independientes y prueban límites, se interesan por otras cosas.

En todo este proceso la presencia de los padres es vital. No siempre es necesaria una presencia activa, muchas veces basta con la mirada. Los adultos habilitan lo que el niño hace, esto es importante porque les aseguran que no corren riesgos. Por ejemplo, una cosa es treparse a un árbol y otra muy distinta meterse a un río con una corriente fuerte. Y si estamos en casa, es distinto que quiera cocinar con una olla llena de agua hirviendo a si quiere hacer trufas con galletitas y dulce de leche. Claro que ambas cosas se pueden hacer, pero en la primera la presencia del adulto se vuelve indispensable.

La escuela es otro ámbito que debe propiciar la exploración, y no solo en las aulas. Los campamentos son una herramienta con características informales que proveen muchos beneficios, como favorecer la convivencia, estimular el conocimiento de distintos ecosistemas, enfrentar miedos y más. En estas salidas se vive un clima de libertad con interacción lúdica, algo que facilita la expresión de sensaciones, ideas y sentimientos. En estos casos, el aprendizaje es mucho más práctico, la experiencia directa en las tareas hace que los niños incorporen más fácilmente los conocimientos a través de la acción.

En este sentido, los especialistas consideran que lo ideal es que un niño participe de un campamento a partir de los 7 años, pues antes no siempre miden los riesgos. Asombro y curiosidad se despliegan en cada pequeño en su primera experiencia y continúan en cada salida. En estos casos, el rol del adulto es darles consignas adecuadas, poner los límites de seguridad y favorecer la reflexión posterior para entender qué pasa.

Una vez más, los adultos son quienes abren las puertas para explorar. Ellos les ofrecen las maneras para conocer el mundo, que puede ir desde jugar hasta hacer deportes, pasando por talleres de arte, música, viajes y más. Ir a distintos ambientes (zoológicos, granjas, plazas, jardines, cine, navegar, andar en bici, remontar un barrilete) favorece la curiosidad de los niños y lleva a que surjan cada día nuevas preguntas.

Por Vanina Figule, Directora de Métodos Educativos de Scouts de Argentina (www.scouts.org.ar)

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