La importancia del contexto social y familiar en la discapacidad intelectual

El contexto social y familiar puede modificar los pronósticos y contribuir a una mejor calidad de vida.

Los paradigmas sobre la discapacidad intelectual están cambiando y paulatinamente las personas con alguna dificultad de este tipo empiezan a ser incluidas socialmente.

Es un cambio que se opera, en primer lugar, dentro de las propias familias y, en segundo lugar, dentro de la sociedad.

No hace mucho tiempo, las personas con ciertas discapacidades intelectuales, desde un retraso leve hasta moderado o severo, eran ignoradas como sujetos plenos de derechos, y entre ellos, el derecho de desarrollarse para ser personas autodeterminadas.

Porque se les negaba la posibilidad de autovalerse, de pensar por sí mismas.
Socialmente, ser un sujeto con una discapacidad intelectual, ya sea leve o moderada, equivalía a no tener ninguna capacidad de discernir, de expresar sus opiniones, gustos o necesidades.

En parte, esto surge porque se evaluaban los problemas mentales casi exclusivamente desde la medición del coeficiente intelectual. Actualmente hay una visión más amplia, que implica tomar en cuenta las capacidades de cada uno, como el manejo del dinero, la posibilidad de interactuar con otras personas en diferentes entornos o la posibilidad de manejarse solos en la calle y otros espacios públicos.

Estos parámetros relativizan los diagnósticos, que muchas veces no hacen más que etiquetar a las personas y no nos permiten verlas como tales. Hoy sabemos que personas con el mismo diagnóstico pueden tener un desenvolvimiento diferente según el entorno en el que se desempeñen y también sabemos que lo que llamamos contexto social es una combinación de múltiples variables, a las que hay que prestar mucha atención si de verdad se quiere lograr la inclusión de las personas con discapacidades.

Generalmente los sectores más humildes o marginales no suelen tener el acceso necesario a la información ni los medios para lograr la atención más adecuada. No obstante, esto no es un condicionante absoluto. Muchas veces, estas familias se sobreponen a sus limitaciones y salen a buscar ayudas adecuadas logrando construir una red de contención en torno a la persona con discapacidad. Así como también, familias de posición socio-económico alto, no necesariamente por tener acceso a la información asegura un abordaje adecuado. Por otra parte, la desinformación sobre el tema no reconoce barreras sociales y lleva a asumir conductas que en nada ayudan a las posibilidades de integración y autodeterminación. Por eso, sostenemos que el contexto social es decisivo en la evolución que puedan tener.

Ante un diagnóstico de discapacidad mental, lo primero que debe hacerse es mirar a la persona, reconocerla como un sujeto con potencialidades; ver cuáles son sus capacidades y habilidades para brindarle los apoyos que necesite. El objetivo es siempre darle herramientas para que pueda
desenvolverse de forma autodeterminada, tratando de que sienta confianza en sí misma y en el o los profesionales que la acompañen, para que pueda también manifestar libremente sus gustos y lograr una mejor calidad de vida.

Las personas con discapacidad intelectual tienen derecho a elegir aquello que más les interese, tal como lo haría cualquier otra persona. Y tan importante como elegir, es aprender a sostener la elección.
A partir del aporte de los distintos sectores las personas con discapacidad intelectual pasaron a tener presencia en la sociedad.

Si la familia, desde los vínculos y responsabilidades que les son propios, y los profesionales que intervienen en el acompañamiento, toman en cuenta estas sencillas premisas, entre todos estaremos contribuyendo a darles una mejor calidad de vida tanto desde el aspecto concreto del hacer cotidiano como desde el punto de vista afectivo y de la valoración social.

Por Noelia Proto, Psicóloga de la Fundación Río Pinturas, www.riopinturas.org.ar

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