Trastornos alimentarios: la importancia de la comunicación y los límites en la familia

Trastornos alimentarios: la importancia de la comunicación y los límites en la familia

 

Vivimos en una sociedad muy difícil para las nuevas generaciones.

Los modelos que imponen los medios de comunicación, los problemas familiares, las tensiones sociales son todos factores que pueden contribuir al desencadenamiento de un trastorno de la alimentación.
La falta de comunicación entre padres e hijos es uno de los factores socioculturales que predisponen a las personas a padecer patologías alimentarias.

Los trastornos alimentarios de bulimia y anorexia, son las alteraciones más comunes de la conducta en el acto de comer. Aunque se refiere al acto de comer no tiene relación directa con la comida. Su raíz está en el miedo a vivir y a crecer. Las señales más claras de estas enfermedades se descubren a través de: el rechazo a mantener el peso corporal por edad y talla lo que ocasiona una pérdida importante de peso; el temor intenso a engordar y la alteración de la imagen del cuerpo en la que la persona se ve o se siente gorda a pesar de estar muy delgada.

Ciertamente, cuando mencionamos la falta de comunicación familiar nos referimos a una falta de comunicación efectiva, porque existen muchas maneras de comunicarse. Está la comunicación de tipo “pasame la sal”, que es puramente utilitaria y que desde ya no tiene contenidos organizadores. Este intercambio de frases se da sólo por una necesidad: “necesito que me compres algo”, “preciso tanto dinero para…”. Este diálogo parece una forma de comunicarse, pero en realidad es sólo para cumplimentar requerimientos. No existe un ida y vuelta, no hay un concepto del otro.

En este punto entra a jugar la desestructuración de la familia que predomina en la sociedad actual. Algo que me llama poderosamente la atención en el contexto de los pacientes, es que muchos padres expresan que quisieron entrar en el cuarto de su hijo para conversar pero que él no se los permitió: “este cuarto es mío, salí de acá”.

Entonces yo les pregunto a estos padres: “perdón, ¿de quién la propiedad?”, y responden: “Ah, sí, la casa es nuestra pero es su habitación”. Si bien es cierto que se trata de su cuarto, los hijos no pueden ponerles límites a los padres.

Este tipo de contexto en el que se exageran los derechos del otro en detrimento de una institución jerarquizada, hace que la comunicación se transforme en una bolsa de gatos, en la que cada uno mira sus necesidades y nadie mira la organización.

En comparación, es como lo que se discute en el fútbol con respecto a los individualismos exagerados y la falta de coordinación del equipo. En realidad, no son ideas contrapuestas, pero sí tienen que ser complementarias para que una institución funcione. El exceso de individualismo lleva al caos y a la violencia.

En la generación anterior, que son los jóvenes que ahora tienen en promedio 40 años, había más códigos y más protocolo. De chicos crecieron en el seno de una familia jerarquizada, en la que los padres tenían más autoridad y donde, si bien se consensuaba, ellos tenían la última palabra. Esto ha cambiado en estas últimas generaciones, al punto de que los padres han perdido la noción de cómo poner límites a los hijos. No saben poner límites, los chicos no tienen códigos ni tampoco tienen respeto por los padres. De hecho, aparecen las primeras generaciones en las que los padres son golpeados y maltratados.

Este mecanismo se fue dando progresivamente, y lamentablemente condujo a una desestructuración de la sociedad que favorece el curso de las patologías.

La falta de límites genera que una persona no se pueda autorregular. Quien está acostumbrado a obedecer normas, sin por esto referirnos a tiranías o excesos, encuentra más fácil darse órdenes a sí mismo y regular su conducta frente a los demás. Además esta persona tiene incorporado el concepto de jerarquización, entonces puede respetar sin dificultad las leyes y los límites. La disciplina es una herramienta básica en la formación de una persona responsable y estable, así que es muy importante tener unas normas y límites bien definidos y exigir que todos los respeten.

Los chicos con patologías alimentarias no tienen ningún límite interno, y se entregan entonces a todos los excesos. Tampoco pueden ensamblar en una sociedad que los espera con un rol de adultos que ellos no saben desempeñar.

Entonces, el que no responde a una jerarquización, termina siendo esclavo de sus propios impulsos sin educar. Es como cuando a un niño no le enseñan a comer con cubiertos y come con las manos. De esta forma, la criatura satisface un instinto de supervivencia, pero no tiene un protocolo para manejarse socialmente. El protocolo sirve para integrarse a la sociedad y su falta hace que una persona se encuentre sin capacidad de conexión. Ante esa falta, cuando una persona no tiene confianza en sí misma, se retrae y empieza a dejarse influenciar por antivalores que la sociedad también promueve: “si sos flaco sos feliz, tenés éxito y salís en un programa de televisión”.

Entonces, esa primera separación que vivencian en no haberse integrado y en no sentirse seguros es un fracaso. Es entonces la persona piensa: “si yo cambio mi cuerpo, voy a tener éxito”. Entonces se retrae y se dedica a controlar algo: su cuerpo. Sabe que esta actitud no es lo que le sirve, pero es lo que puede hacer. Y así se empieza, porque bajó 5 kilos, pero no se siente más seguro ni puede integrarse y piensa que todavía no está lo suficientemente flaco. Y allí lamentablemente comienza a generarse la patología alimentaria.

Uno de los pilares fundamentales en el tratamiento contra la lucha de la bulimia y la anorexia consiste en abarcar no solamente a la persona enferma en sí misma, sino igualmente a su red de relaciones personales, con un foco específico en la comunicación que se tiene con los padres.

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Por la Dra. Mabel Bello, presidente de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia Aluba (www.aluba.org.ar).

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