¿Qué esperamos de nuestros hijos?

Tema de la semana¿Qué esperamos de nuestros hijos?

Reflexión

Por Liana Castello

Escritora de cuentos infantiles
Miembro especial de la comunidad EnCuentos

“A menudo los hijos se nos parecen…” dice una hermosa canción de Serrat. Sin embargo, a menudo no.
Creo que es inherente al ser padre desear (aunque sea en forma inconciente) que nuestros hijos se parezcan a nosotros, al menos en algo.
No me refiero al parecido físico, sino al de su interior. Necesitamos ver en ellos cosas nuestras, como si así pudiésemos prolongarnos en el tiempo.
Tal vez sin darnos cuenta, o si, necesitamos que hayan heredado sus virtudes de nosotros y respecto de sus defectos, todo lo contrario. Allí nos preguntamos “¿a quién habrán salido?”.
Nos cuesta pensar y asimilar que un hijo no es un carbónico de las acciones o aciertos de los padres. Que vienen a esta vida con un carácter propio que tal vez, nada tenga que ver con el nuestro.

Sí es cierto que uno como padre los forma, los educa y tal vez puede moldear un carácter, pero no cambiarlo.
Puede ocurrir que aquellas cosas de no nos gustan, sean “heredadas”, pero en otras, nada tendrá que ver la genética.
En caso que la forma de ser de nuestro hijo no nos genere conflicto alguno, todo bien. En este supuesto, tal vez no nos importe que sus virtudes no sean las nuestras porque igual todo marcha sobre ruedas.
En el caso contrario, las cosas se complican. ¿Qué pasa cuando la forma de ser de nuestro hijo no nos gusta?  Porque realmente puede ocurrir que su carácter no sea el que hubiésemos deseado. Puede ser que sea antipático, taciturno, melancólico, hermético, antisocial, poco responsable y tantas otras cosas que no nos agraden en lo más mínimo.
¿Qué pasa entonces?  En primera instancia y como mecanismo de defensa, en la mayoría de los casos, no nos reconoceremos en esa manera de ser. Hay que ser muy autocrítico para –si es el caso- verse reflejado en ese espejo más joven que nos devuelve una imagen que no nos gusta. Puede ocurrir, sin embargo, que en nada hayamos influido.

Muchas veces tendemos a pensar que un hijo es como una propiedad que nosotros y sólo nosotros construimos, a nuestro gusto y elección.  Lejos está de ser así. Un hijo, en primera instancia, no es propiedad de nadie, en todo caso de la vida y a ésta llega con un bagaje propio.

Partiendo de la base que aquello que no nos gusta de un hijo, no sea modificable con buena educación y amor, que sea parte de su carácter, o sea de algo que nace con él, ¿qué podríamos hacer?
Cuesta aceptar que un hijo no es la persona que uno hubiera deseado o no tiene la manera de ser que uno hubiese querido. No es que merme el amor que uno siente por él. Sin embargo, si bien el amor se mantiene intacto, hay como un sentimiento de frustración o decepción que se huele en el aire y lo que es peor, nuestro hijo percibe.

Hay muchas cosas difíciles para el ser humano: practicar la “aceptación” es una de ellas. Aceptar, no es lo mismo que resignarse. Resignarse suena a derrota, pero aceptar que algo no es como uno quiere y que a veces no está en nuestras manos cambiarlo es sabiduría.
Lo importante, más allá de aceptar aquello que no está en nuestras manos cambiar, es que la eventual decepción que uno pueda sentir no le cierre la puerta a la manifestación de cariño. Que nuestros hijos sepan y lo que es más importante, sientan, que los  amamos: con buen humor, con mal humor, desordenados, irresponsables, con los defectos que puedan tener.

El ser padre es un aprendizaje continuo, parte de este aprendizaje tiene que ver con lo que analizamos hoy. Así como la vida no siempre es como uno quiere, los hijos no siempre tienen la forma de ser que hubiésemos deseado. Es difícil lidiar con esta situación, pues uno no ve cumplidas las expectativas que tenía. Esta situación puede darse en todas las edades y con las distintas situaciones que la vida va imponiendo. En la niñez, adolescencia y adultez un hijo puede no responder a la imagen que, en nuestra fantasía o ilusión, habíamos pensado para él.

Hay cosas que dependen de los papás y otras que no. También esto hay que aprenderlo y se aprende a través del dolor, pero por sobre todas las cosas, a través del amor.

El verdadero amor es aceptar al otro tal cual es. Un hijo, tenga la edad que tenga, necesita imperiosamente sentirme amado por sus padres. Está en nosotros hacerle sentir que nuestro amor va más allá de cualquier diferencia o desencuentro.

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