Hijos adolescentes, una etapa difícil

Hijos adolescentes, una etapa difícil. Liana Castello, escritora argentina. Reflexión sobre los hijos adolescentes. La felicidad es el primer sentimiento que aflora con la llegada de un hijo, pero no el único. Aparecen también los miedos, las dudas, el no saber muchas veces cómo actuar. Cuando nuestros hijos pasan ese casi invisible umbral de la […]

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Hijos adolescentes, una etapa difícil. Liana Castello, escritora argentina. Reflexión sobre los hijos adolescentes.

Hijos adolescentes, una etapa difícil
La felicidad es el primer sentimiento que aflora con la llegada de un hijo, pero no el único. Aparecen también los miedos, las dudas, el no saber muchas veces cómo actuar.
Cuando nuestros hijos pasan ese casi invisible umbral de la niñez a la adolescencia, pasa algo similar.
Hasta ayer no más, nuestro hijo era un niño al cual sabíamos cómo tratar, poner límites, mimar y al que llevábamos y traíamos de la mano.
En un abrir y cerrar de ojos, ese niño se convirtió en un jovencito difícil de manejar, con una altura y un físico que nos sorprende y con actitudes que nos son absolutamente desconocidas.
La sensación es parecida a la que seguramente tuvimos cuando era recién nacido. En esas primeras etapas, tampoco sabíamos qué hacer y cómo tratarlos.
La adolescencia es un proceso muy difícil para ambas partes. Los chicos sufren esta etapa de la vida y los cambios que ella trae aparejados no sólo físicos, sino de hábitos y de estilo de vida. Los padres también lo sufrimos pues es algo nuevo y desconocido.
Y como en esa primera oportunidad en la que no sabíamos qué hacer con ese bebé en los brazos, igual de desconcertados nos sentimos con ese joven que nos enfrenta, nos habla con una voz que hasta ayer no le pertenecía y que además, considera que no sabemos nada.
Es tiempo de confrontar. Nuestros hijos necesitan alejarse de la figura que fuimos hasta hace un tiempo para comenzar a transitar su propio camino y forjar su personalidad.
El proceso es igual de difícil para todos. Ellos deben aprender a “ser grandes” y nosotros debemos dejarlos crecer.
El límite entre dejarlos hacer y no alejarnos del todo se vuelve lábil a veces. Por un lado, tenemos que enseñarles, por ejemplo a viajar en colectivo y por otro, no podemos evitar tener Jesús en la boca, hasta que vuelven.
Ya no somos el mejor de los programas para un fin de semana y hay que aprender a digerir la idea que los amigos ocupan un protagonismo que antes era nuestro.
En general lo que decimos o decidimos es materia de discusión y controversia. Nuestra palabra ya “no es ley” y tampoco es “palabra santa”, muy por el contrario.
Debemos soltarle la mano, pero no del todo. Dejarlos solitos, pero no tanto. Hacer que sean responsables de sus obligaciones, pero no podemos evitar mirar alguna que otra carpeta de vez en cuando.
Nos encontramos frente a un hijo que en cierto modo desconocemos, pues él mismo se está desconociendo en algunos aspectos.
¿Qué es más difícil, no dormir por la noche y cambiar diez pañales por día o lidiar con un adolescente que pretender ir a bailar un sábado por la noche a un lugar inhóspito? ¿Perseguir a un niño que gatea la mayor parte del día o escuchar las contestaciones de un jovencito para el cual nuestra imagen está un poquito devaluada?
Todo es lindo y todo es difícil a la vez. Todo cuesta un poquito o mucho, pero todo, absolutamente todo vale la pena.
Las situaciones nuevas muchas veces nos dejan en un lugar de desconcierto, pero a la vez son un desafío.
Nuestros hijos serán siempre nuestros hijos, con pañales o acné, disfrazados de ositos para un acto o con un piercing en la nariz.
Es cuestión de ir acomodándose, tanto ellos como nosotros y por sobre todo, ejercitar la paciencia y el diálogo.
Todo cambio es una oportunidad y esta etapa de la vida puede ser muy rica, debe ser muy rica para ambas partes. Démosle la bienvenida a estos hijos que van creciendo, tal vez con un miedo parecido, por con idéntica felicidad que cuando nacieron.
La felicidad es el primer sentimiento que aflora con la llegada de un hijo, pero no el único. Aparecen también los miedos, las dudas, el no saber muchas veces cómo actuar.Cuando nuestros hijos pasan ese casi invisible umbral de la niñez a la adolescencia, pasa algo similar.
Hasta ayer no más, nuestro hijo era un niño al cual sabíamos cómo tratar, poner límites, mimar y al que llevábamos y traíamos de la mano.En un abrir y cerrar de ojos, ese niño se convirtió en un jovencito difícil de manejar, con una altura y un físico que nos sorprende y con actitudes que nos son absolutamente desconocidas.La sensación es parecida a la que seguramente tuvimos cuando era recién nacido. En esas primeras etapas, tampoco sabíamos qué hacer y cómo tratarlos.
La adolescencia es un proceso muy difícil para ambas partes. Los chicos sufren esta etapa de la vida y los cambios que ella trae aparejados no sólo físicos, sino de hábitos y de estilo de vida. Los padres también lo sufrimos pues es algo nuevo y desconocido.Y como en esa primera oportunidad en la que no sabíamos qué hacer con ese bebé en los brazos, igual de desconcertados nos sentimos con ese joven que nos enfrenta, nos habla con una voz que hasta ayer no le pertenecía y que además, considera que no sabemos nada.Es tiempo de confrontar. Nuestros hijos necesitan alejarse de la figura que fuimos hasta hace un tiempo para comenzar a transitar su propio camino y forjar su personalidad.El proceso es igual de difícil para todos. Ellos deben aprender a “ser grandes” y nosotros debemos dejarlos crecer.
El límite entre dejarlos hacer y no alejarnos del todo se vuelve làbil a veces. Por un lado, tenemos que enseñarles, por ejemplo a viajar en colectivo y por otro, no podemos evitar tener Jesús en la boca, hasta que vuelven.Ya no somos el mejor de los programas para un fin de semana y hay que aprender a digerir la idea que los amigos ocupan un protagonismo que antes era nuestro.En general lo que decimos o decidimos es materia de discusión y controversia. Nuestra palabra ya “no es ley” y tampoco es “palabra santa”, muy por el contrario.Debemos soltarle la mano, pero no del todo. Dejarlos solitos, pero no tanto. Hacer que sean responsables de sus obligaciones, pero no podemos evitar mirar alguna que otra carpeta de vez en cuando.
Nos encontramos frente a un hijo que en cierto modo desconocemos, pues él mismo se está desconociendo en algunos aspectos.¿Qué es más difícil, no dormir por la noche y cambiar diez pañales por día o lidiar con un adolescente que pretender ir a bailar un sábado por la noche a un lugar inhóspito? ¿Perseguir a un niño que gatea la mayor parte del día o escuchar las contestaciones de un jovencito para el cual nuestra imagen está un poquito devaluada?Todo es lindo y todo es difícil a la vez. Todo cuesta un poquito o mucho, pero todo, absolutamente todo vale la pena.Las situaciones nuevas muchas veces nos dejan en un lugar de desconcierto, pero a la vez son un desafío.
Nuestros hijos serán siempre nuestros hijos, con pañales o acné, disfrazados de ositos para un acto o con un piercing en la nariz.Es cuestión de ir acomodándose, tanto ellos como nosotros y por sobre todo, ejercitar la paciencia y el diálogo.Todo cambio es una oportunidad y esta etapa de la vida puede ser muy rica, debe ser muy rica para ambas partes. Démosle la bienvenida a estos hijos que van creciendo, tal vez con un miedo parecido, por con idéntica felicidad que cuando nacieron.

Hijos adolescentes, una etapa difícil. Liana Castello, escritora argentina. Reflexión sobre los hijos adolescentes.
La felicidad es el primer sentimiento que aflora con la llegada de un hijo, pero no el único. Aparecen también los miedos, las dudas, el no saber muchas veces cómo actuar.

Cuando nuestros hijos pasan ese casi invisible umbral de la niñez a la adolescencia, pasa algo similar.Hasta ayer no más, nuestro hijo era un niño al cual sabíamos cómo tratar, poner límites, mimar y al que llevábamos y traíamos de la mano.En un abrir y cerrar de ojos, ese niño se convirtió en un jovencito difícil de manejar, con una altura y un físico que nos sorprende y con actitudes que nos son absolutamente desconocidas.

La sensación es parecida a la que seguramente tuvimos cuando era recién nacido. En esas primeras etapas, tampoco sabíamos qué hacer y cómo tratarlos.La adolescencia es un proceso muy difícil para ambas partes. Los chicos sufren esta etapa de la vida y los cambios que ella trae aparejados no sólo físicos, sino de hábitos y de estilo de vida. Los padres también lo sufrimos pues es algo nuevo y desconocido.Y como en esa primera oportunidad en la que no sabíamos qué hacer con ese bebé en los brazos, igual de desconcertados nos sentimos con ese joven que nos enfrenta, nos habla con una voz que hasta ayer no le pertenecía y que además, considera que no sabemos nada.Es tiempo de confrontar. Nuestros hijos necesitan alejarse de la figura que fuimos hasta hace un tiempo para comenzar a transitar su propio camino y forjar su personalidad.El proceso es igual de difícil para todos. Ellos deben aprender a “ser grandes” y nosotros debemos dejarlos crecer.

El límite entre dejarlos hacer y no alejarnos del todo se vuelve làbil a veces. Por un lado, tenemos que enseñarles, por ejemplo a viajar en colectivo y por otro, no podemos evitar tener Jesús en la boca, hasta que vuelven.Ya no somos el mejor de los programas para un fin de semana y hay que aprender a digerir la idea que los amigos ocupan un protagonismo que antes era nuestro.En general lo que decimos o decidimos es materia de discusión y controversia. Nuestra palabra ya “no es ley” y tampoco es “palabra santa”, muy por el contrario.Debemos soltarle la mano, pero no del todo. Dejarlos solitos, pero no tanto. Hacer que sean responsables de sus obligaciones, pero no podemos evitar mirar alguna que otra carpeta de vez en cuando.Nos encontramos frente a un hijo que en cierto modo desconocemos, pues él mismo se está desconociendo en algunos aspectos.
¿Qué es más difícil, no dormir por la noche y cambiar diez pañales por día o lidiar con un adolescente que pretender ir a bailar un sábado por la noche a un lugar inhóspito? ¿Perseguir a un niño que gatea la mayor parte del día o escuchar las contestaciones de un jovencito para el cual nuestra imagen está un poquito devaluada?

Todo es lindo y todo es difícil a la vez. Todo cuesta un poquito o mucho, pero todo, absolutamente todo vale la pena.Las situaciones nuevas muchas veces nos dejan en un lugar de desconcierto, pero a la vez son un desafío.Nuestros hijos serán siempre nuestros hijos, con pañales o acné, disfrazados de ositos para un acto o con un piercing en la nariz.
Es cuestión de ir acomodándose, tanto ellos como nosotros y por sobre todo, ejercitar la paciencia y el diálogo.

Todo cambio es una oportunidad y esta etapa de la vida puede ser muy rica, debe ser muy rica para ambas partes. Démosle la bienvenida a estos hijos que van creciendo, tal vez con un miedo parecido, por con idéntica felicidad que cuando nacieron.La felicidad es el primer sentimiento que aflora con la llegada de un hijo, pero no el único. Aparecen también los miedos, las dudas, el no saber muchas veces cómo actuar.Cuando nuestros hijos pasan ese casi invisible umbral de la niñez a la adolescencia, pasa algo similar.Hasta ayer no más, nuestro hijo era un niño al cual sabíamos cómo tratar, poner límites, mimar y al que llevábamos y traíamos de la mano.En un abrir y cerrar de ojos, ese niño se convirtió en un jovencito difícil de manejar, con una altura y un físico que nos sorprende y con actitudes que nos son absolutamente desconocidas.La sensación es parecida a la que seguramente tuvimos cuando era recién nacido. En esas primeras etapas, tampoco sabíamos qué hacer y cómo tratarlos.La adolescencia es un proceso muy difícil para ambas partes. Los chicos sufren esta etapa de la vida y los cambios que ella trae aparejados no sólo físicos, sino de hábitos y de estilo de vida. Los padres también lo sufrimos pues es algo nuevo y desconocido.Y como en esa primera oportunidad en la que no sabíamos qué hacer con ese bebé en los brazos, igual de desconcertados nos sentimos con ese joven que nos enfrenta, nos habla con una voz que hasta ayer no le pertenecía y que además, considera que no sabemos nada.Es tiempo de confrontar. Nuestros hijos necesitan alejarse de la figura que fuimos hasta hace un tiempo para comenzar a transitar su propio camino y forjar su personalidad.El proceso es igual de difícil para todos. Ellos deben aprender a “ser grandes” y nosotros debemos dejarlos crecer.El límite entre dejarlos hacer y no alejarnos del todo se vuelve làbil a veces. Por un lado, tenemos que enseñarles, por ejemplo a viajar en colectivo y por otro, no podemos evitar tener Jesús en la boca, hasta que vuelven.Ya no somos el mejor de los programas para un fin de semana y hay que aprender a digerir la idea que los amigos ocupan un protagonismo que antes era nuestro.En general lo que decimos o decidimos es materia de discusión y controversia. Nuestra palabra ya “no es ley” y tampoco es “palabra santa”, muy por el contrario.Debemos soltarle la mano, pero no del todo. Dejarlos solitos, pero no tanto. Hacer que sean responsables de sus obligaciones, pero no podemos evitar mirar alguna que otra carpeta de vez en cuando.Nos encontramos frente a un hijo que en cierto modo desconocemos, pues él mismo se está desconociendo en algunos aspectos.¿Qué es más difícil, no dormir por la noche y cambiar diez pañales por día o lidiar con un adolescente que pretender ir a bailar un sábado por la noche a un lugar inhóspito? ¿Perseguir a un niño que gatea la mayor parte del día o escuchar las contestaciones de un jovencito para el cual nuestra imagen está un poquito devaluada?Todo es lindo y todo es difícil a la vez. Todo cuesta un poquito o mucho, pero todo, absolutamente todo vale la pena.Las situaciones nuevas muchas veces nos dejan en un lugar de desconcierto, pero a la vez son un desafío.Nuestros hijos serán siempre nuestros hijos, con pañales o acné, disfrazados de ositos para un acto o con un piercing en la nariz.Es cuestión de ir acomodándose, tanto ellos como nosotros y por sobre todo, ejercitar la paciencia y el diálogo.Todo cambio es una oportunidad y esta etapa de la vida puede ser muy rica, debe ser muy rica para ambas partes. Démosle la bienvenida a estos hijos que van creciendo, tal vez con un miedo parecido, por con idéntica felicidad que cuando nacieron.



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