El “negocio” de la vida

El “negocio” de la vida. Liana Castello, escritora argentina. Reflexión acerca de la actitud que tomamos frente a la vida.

Somos consumistas. Vivimos en un mundo donde ir de shopping es lo más común del mundo, ya no sólo es ir a comprar lo que se necesita, es un paseo en sí mismo. Imaginemos la vida, nuestra vida, como uno de esos bellos negocios que vemos en los shoppings o las calles, el más grande y surtido.

¿Qué actitud tendríamos cada uno de nosotros al entrar a ese negocio tan particular? Imaginemos por un momento que la vida fuese un negocio, una tienda; ésa que todo lo tiene y que lo pone o no a nuestro alcance.

Imaginemos también que cada uno de nosotros es “el cliente”, quien elije qué lleva o no, con qué se va puesto o qué desecha. Quien tiene el poder de todo cliente: elegir, comprar, irse con las manos vacías, tentarse, controlarse. Si por un momento pudiésemos jugar esta especie de juego, ¿qué sucedería?

La vida sería entonces, como una gran tienda, la más grande, la que todo lo tiene y lo ofrece. Claro, no todo los productos tienen el mismo valor, ni son de similar calidad, pero todo está allí expuesto, esperando ser comprado. Y allí estamos nosotros, los que entramos al negocio o aquellos que sólo miran la vidriera, y no entran por temor a que no les alcance para lo que desean llevar, pero sin siquiera haberse aventurado a preguntar cuánto cuesta.

Esos, que se la pasan deseando, pero no se atreven a probarse, no sea cosa que les quede chico o grande, feo, holgado; sin preguntarse tampoco ¿qué pasaría si aquello que van a buscar les quedase a la perfección? Por otro lado, están los compradores compulsivos que parecen devorarse el negocio, que ni siquiera preguntan el precio del artículo porque no les importa, lo llevarán igual. Todo lo compran, aunque no les siente del todo, aunque tampoco les haga falta.

Asimismo, están los que sí entran, pero que jamás pueden tomar una decisión y dudan, temen, no saben bien qué quieren o si lo que desean es adecuado para ellos. Como en todo negocio nos encontramos con el vendedor. El vendedor de la vida nos ofrece todo, pero no trata de convencernos de nada como, en general, ocurre en los comercios comunes, acá el que decide qué es de mejor o peor calidad es el cliente, él y sólo él es el que toma o deja el riesgo.

Además, como en casi todos los negocios, hay ofertas, saldos, productos más costosos y, como se dice ahora, “packs” o paquetes de productos que vienen uno junto al otro, imposible llevarlos por separado. Con estos últimos hay que tener especial cuidado, son algo…. peligrosos. Podemos encontrar por ejemplo, “ilusión/desazón”. Si uno decide llevar una ilusión, es posible, no seguro, que la acompañe la desazón.

Estos paquetes vienen ocultos a primera vista, es difícil saber si son un pack o un solo producto. También hay otros como “riesgo/fracaso”, quien decide tomar un gran riesgo, puede o no encontrar luego un fracaso. Dependerá de nosotros tratar de elegir el producto correcto, el más adecuado para cada uno. Les digo más, este negocio tiene otra particularidad: ninguno de sus productos tienen garantía, el que entra y compra, conlleva un riesgo.

Pero, volvamos al vendedor. Existen opiniones encontradas acerca de él. Algunos lo aman, otros no, algunos dicen que existe y otros que es puro cuento. Los que creen en su existencia, cuentan que cuando el vendedor ve ingresar al negocio de la vida un ser muy pequeñito, un bebé, le regala sus productos. Lo ve tan indefenso que se conmueve ante tal fragilidad, entonces le brinda todo lo que tiene, en la mayoría de los casos, sin pedirle nada a cambio.

Cuando se trata de un niñito un poco mayor, el vendedor espera que el niño hable, que pida lo que quiere, él no podrá adivinarlo y que con sus pasos cortos e inseguros se acerque a pedir lo que necesita, luego se lo da. Aparentemente este buen … ¿“señor”? …se pone más exigente a medida que su cliente va creciendo en edad.

Algunas veces espera que quien pide, merezca lo que está pidiendo, otras da sin preguntar. No le gustan ni los temerosos, ni los compulsivos, pero atiende a todos por igual, con el mismo rigor. No se sabe a ciencia cierta quién atiende en el negocio de la vida, pero seguro sabemos que todos somos sus clientes y no hay otro lugar dónde proveerse. Lo que yo creo es que no existe tal vendedor, que esta tienda tan particular es lo que llamamos un “autoservicio”, todo está expuesto, lo costoso, lo barato, lo de mala y buena calidad, los paquetes del lleve dos pague uno.

Y ahí estamos nosotros, paraditos frente a cada estantería viendo la mercancía, decidiendo qué vamos a llevar, cuándo, de qué manera. Asimismo, creo que aunque algunos no lo sepan o no lo quieran creer, jamás entramos solos a esta tienda, hay una presencia intangible que está allí, aconsejándonos, esperando ver qué elegimos, deseando fervientemente que nos decidamos sólo por las cosas que nos hacen bien.

Aunque nos acompañe siempre, nunca nos dirá que hacer, nos dará libertad para elegir a nuestro gusto, para que crezcamos, aprendamos, también para que nos equivoquemos y volvamos a elegir. Creo que vale la pena entrar a este negocio, hay tantas maravillas para llevar.

Desechemos las ofertas, los saldos, llevemos lo que realmente nos haga bien a nosotros y a los que amamos y nunca olvidemos que, aunque intangible, nuestro acompañante jamás nos dejará solos y si nos hemos equivocado con el producto elegido, sin duda nos ayudará a que la próxima vez, la elección sea la correcta, aquella que nos haga felices.

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Fin

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