Celebrar: una fiesta para el alma.

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Celebrar: una fiesta par el alma. Liana Castello, escritora argentina. Reflexión sobre el valor de celebrar.

Cuando de celebrar se trata, el corazón se llena de alegría, el alma se ilumina y con ellos nuestra realidad. Celebrar es mucho más que hacer una fiesta por un motivo particular.

Es también valorar lo que tenemos, disfrutar de nuestros afectos y sobre todo, de la vida. Hay infinitos motivos de celebración en la vida de cada uno de nosotros. Sin duda en algunos habrá más y en otro menos, pero siempre encontraremos un motivo, si sabemos buscarlo.

Si valoramos la vida, encontraremos muchos más motivos para celebrar de los que creemos. No hará falta esperar una fecha determinada. Tampoco está mal que así sea. Los cumpleaños, los aniversarios, los logros, los títulos, deben celebrarse pues son la concreción de un deseo o un esfuerzo muy grande, o ambos a la vez. Festejar este tipo de acontecimientos que se miden con fechas o un título obtenido, es un homenaje a un vínculo, a un trabajo cotidiano, a un sueño logrado, es un homenaje a la vida.

El hecho de disponernos a celebrar –sea la ocasión que fuere- conlleva una actitud positiva, alegre. Encargarse de los preparativos, elegir un regalo, el adorno de la torta de cumpleaños de nuestros hijos, colocar globos y guirnaldas, ponernos bonitos, todo eso hace también que el alma se vista de fiesta.

Celebrar es sano y agregaría necesario. Una celebración nos acerca a los afectos, hasta con los que están más lejos. Es un motivo de unión. Celebrar, asimismo, es ser agradecidos con Dios y con la vida, por los años que hemos compartido con una persona, por lo que llevamos vivido, por una etapa que ha culminado con éxito, como la escuela o la facultad ¿Por qué no ponernos contentos por todas esas cosas y compartir nuestra alegría con los demás?

En la celebración, quedan atrás las arrugas que nos deparan los años, las noches de insomnio que pasamos para rendir los exámenes, las discusiones maritales que hemos tenido. Sin duda, ningún camino en la vida es demasiado fácil, pero a la hora de celebrar, pesa la meta que se alcanzó, más allá de la dificultad que ella nos haya acarreado. El ser humano –en líneas generales- tiende más a quejarse que a agradecer. No a todo el mundo le gusta festejar o celebrar.

Sin embargo, nuestra alma lo necesita y, volviendo al pensamiento anterior, si sabemos buscar, encontraremos más de un motivo para hacerlo sin necesidad de tener calendario a mano. ¿Por qué no celebrar, aunque sea interiormente, la dicha de amanecer cada mañana? ¿El logro obtenido durante el día que termina? ¿El haber compartido un día más junto a las personas que amamos?

En las cosas aparentemente más pequeñas hay motivos de celebración: una sonrisa, un beso que nos han regalado, una buena nota en el cuaderno de nuestro hijo, un trabajo realizado con responsabilidad, una comida hecha con amor. El hecho de celebrar es tan grande y maravilloso que puede abarcar lo más pequeño y en apariencia intrascendente y lo grandilocuente también. Puede implicar el hacer algo por alguien, lo cual no es poco, pero también un merecido reconocimiento a un logro personal. Puede ser tanto un acto multitudinario, como solitario, que se exprese con “bombos y planillos” o en la más absoluta intimidad.

De todos modos, sea el tipo de celebración que fuere, siempre implica alegría y agradecimiento. Se manifieste con globos y guirnaldas o en la forma más simple, el corazón lo agradece. No sólo de pan vive el hombre… tampoco vive sólo de obligaciones y responsabilidades ¿Por qué no incorporar la celebración a nuestra vida en una forma más presente y cotidiana?

No hace falta dejar de lado las grandes ocasiones, todo suma, lo grande y lo pequeño. El alma necesita también estar de fiesta y ella no pide fechas especiales, ni adornos, ni regalos, pide un corazón agradecido, una persona que valore también “el día del por qué si” como decían en Alicia en el País de las Maravillas. Dispongamos nuestro corazón para celebrar los acontecimientos y los pequeños momentos, todo aquello que merezca nuestra alegría y nuestro agradecimiento.

Valdrá la pena, pues sentiremos que nuestro interior se ha llenado de globos multicolores y nuestra alma, sin haber sido invitada a ninguna fiesta, se ha puesto sus mejores galas.

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Fin

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