Amigos, los hermanos que uno elije. Reflexión para el día del amigo

Amigos, los hermanos que uno elije. Reflexión para el día del amigo

Amigos: Los hermanos que uno elije. Liana Castello, escritora argentina. Reflexión para el día del amigo.

Nuestros hermanos son nuestros compañeros de ruta en la vida, pero no los hemos elegido. En cambio a nuestros amigos sí. Por una razón o por otra, o tal vez sin razón aparente, nos hemos topado en la vida con alguien a quien hemos elegido para que nos acompañe a transitarla.

Un amigo se parece mucho a un hermano, puede o no haber compartido nuestra historia, pero sin lugar a dudas comparte de manera activa nuestro presente, lo mejora y nos ayuda a desandarlo. Al amigo lo señala el corazón, lo escoge –entre tantas otras personas- para que camine codo a codo con nosotros. La amistad pertenece a esos pequeños e inmensos milagros cotidianos con que Dios salpica nuestra vida.

Es un sentimiento tan profundo que trasciende distancias, edades, realidades, situaciones y no es extraño que así sea, porque es ni más, ni menos que la conexión de dos almas. Y si de almas se trata ¿qué importa si hay diferencia de edad? ¿Si vivimos a cientos o miles de kilómetros de distancia? ¿Si nuestro amigo tiene una realidad de vida abismalmente diferente a la nuestra? Cuando dos almas se encuentran, sólo eso importa. Por eso, es que podemos ser amigos de alguien a quien no necesariamente veamos muy seguido, de una persona cuya forma de ser en nada se parece a la nuestra.

Podemos incluso perdernos por el camino de la vida durante un tiempo y luego reencontrarnos, sintiendo que el tiempo no ha hecho mella en ese vínculo. El amigo acompaña y comparte nuestra vida desde la elección, nadie nos obliga a ser amigo de nuestros amigos, no es “lo que nos ha tocado en suerte”. Es una persona que hemos elegido con total libertad. Un amigo puede o no compartir nuestro trabajo, el estudio, una actividad.

Puede ser parte de un entorno determinado o haberse presentado en nuestra vida de un modo insólito. De una manera u otra, vuelvo a decir, no sólo comparte nuestra vida, sino que la mejora. El amor sincero, del tipo que sea, nos engrandece y a la vez nos hace más humildes como persona. Nuestros amigos no tienen de nuestra vida la foto en la que siempre sonreímos, tienen todas las fotos -incluso aquellas en las que en nada hemos salido favorecidos-. Aún así, están.

Tal vez no tengan las armas para retocar esa foto particular, pero la sostendrán en su mano amorosa y nos harán ver que, si sabemos mirar, algo lindo habremos de encontrar en ella. Ante un amigo se abre el abanico entero de nuestra existencia. No hay necesidad de maquillarse ni en sentido literal, si en sentido figurado. He leído infinidad de veces que un amigo es aquél que llora junto a nosotros. Un amigo es mucho más que eso.

En verdad es quien llora junto a nosotros, pero es quien ríe también, quien se preocupa, se alegra, nos señala un error, nos da un reto merecido, nos encausa si es que puede. Un amigo es una figura infinita, inmensa y maravillosa que se las arregla para compartir la vida junto a nosotros instalado en un lugar de privilegio, nuestro corazón. Desde ese cálido lugar, el que le hemos dado y el que ha conquistado, recorre nuestra ruta.

Puede en ocasiones, señalarnos el camino y otras oportunidades podrá perderse junto a nosotros, pero ahí está sosteniéndonos desde nuestro interior. Un amigo es, entre tantas otras cosas bellas, un pilar del cual asirnos no sólo para no caer cuando las fuerzas flaquean, sino también para caminar acompañados por la vida, aunque nos sobren las fuerzas.

Sin la misma genética, sin compartir los mismos padres, ni el mismo apellido, un amigo es también un hermano que tiene todas las fotos de nuestro álbum de vida, incluso aquellas en las que no aparece.

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Fin

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