El predominio de “lo nacional” en la edición y lectura de libros para niños y jóvenes

Argentina

Historias de Ratones de Arnold NobelHasta hace un tiempo se editaban en nuestro país (o bien llegaban ediciones españolas a través de las multinacionales instaladas aquí) libros extranjeros de indiscutible calidad. No me refiero a los libros importados cuyo precio accesible en ese entonces por cuestiones de cambio monetario permitía su adquisición con facilidad, sino a los catálogos de las grandes empresas editoras que incluían en su oferta a autores como Janosch, Tomi Ungerer, Maurice Sendak, Arnold Lobel, Helme Heine, Michael Ende, Roald Dahl, Christine Nöstlinger, Katherine Paterson, Dino Buzzati, etc. 

Eran otros tiempos aquellos en los que los pequeños lectores argentinos podían disfrutar de la mejor literatura para niños producida en el extranjero. Aunque se vuelve necesario aclarar que una buena circulación de textos de autores latinoamericanos no tenía lugar ni entonces ni ahora.

Hoy ninguno de los libros nombrados integran los catálogos editoriales de nuestro país, ni ocupan estantes en las librerías; si se los quiere leer se puede recurrir a las librerías de usados, o a alguna biblioteca bien surtida (de las que no abundan lamentablemente) que los conserve como un tesoro invalorable. Hoy los catálogos muestran que “lo nacional” es uno de los criterios principales de edición de libros para niños y jóvenes.

Se dirá quizás que con los autores nacionales es suficiente para satisfacer un restringido mercado fuertemente condicionado por la escuela, dado que como sucede en toda Latinoamérica es la escuela la principal compradora de libros infantiles.

De esta realidad tendremos que deducir que uno de los criterios principales que guían la selección y por ende la compra de libros en la escuela es su origen nacional. Si es así, tendremos que pensar las razones y las consecuencias de esto. Pensar los contenidos escolares restringidos a nuestras fronteras resulta una reducción al absurdo. ¿Por qué entonces esa insistencia en que los niños sólo lean literatura de autores argentinos?

Como todo acontecimiento de la cultura la literatura carece de fronteras. Su sola existencia supone el diálogo entre estéticas, entre autores, textos y estilos más allá de los límites impuestos por el tiempo y el espacio. Si el arte, la cultura no tiene, no puede tener fronteras, eso incluye a los libros para niños y jóvenes, si es que realmente pensamos que los libros para niños y jóvenes son literatura, son arte. Los adultos para poder leer a los autores extranjeros, al menos que conozcamos el idioma original, debemos recurrir a las traducciones, con mucha frecuencia realizadas en España; o en caso de tratarse de autores latinoamericanos, debemos adaptarnos a sus lenguas nacionales, sus referentes culturales, incorporarlos a nuestra enciclopedia y enriquecernos con ello. ¿Por qué puede entonces preocuparnos que los chicos lean traducciones hechas en España o textos editados en otros países latinoamericanos donde las palabras usadas no son exactamente iguales a las nuestras? Por otra parte los chicos dan cuenta de su flexibilidad como escuchas y lectores de programas televisivos traducidos en otros países y transitan el ciberespacio sin ninguna dificultad lingüística. En algunas escuelas se argumenta que sólo se leen “autores conocidos”, palabra que lamentablemente suele utilizarse para hacer referencia a un grupo muy restringido de autores nacionales consagrados; de este modo Roald Dahl, Leo Lionni y Arnold Lobel pasarían al grupo de los “autores desconocidos”, calificación que fuera de nuestras fronteras resulta más que risible.

Ahora bien, también podemos pensar que se trata de la famosa historia del huevo y la gallina, dado que si en los catálogos editoriales los libros de autores extranjeros están ausentes ¿cómo podemos pretender que los maestros, bibliotecarios, padres conozcan y pidan esos libros que ya no existen en las librerías?

Es un hecho que el criterio de lo nacional juega un papel central en las decisiones de publicación de libros para niños en Argentina y que este criterio se asienta en requerimientos escolares, es decir, en cuestiones de mercado. Podemos pensar que se trata de un gesto proteccionista hacia la producción nacional, pero si nuestra mirada se amplía descubrimos que cuando “lo nacional” se transforma en una especie de imposición, las consecuencias para la propia producción no son buenas. La producción literaria requiere del diálogo con lo que se crea en otras latitudes y épocas, conocer exclusivamente lo propio no sólo es empobrecedor para los niños lectores, también para los adultos que crean literatura para niños, y también para los que mediamos entre los libros y los niños. Mi propia experiencia dicta que resulta muy difícil reflexionar sobre los libros para niños cuando las mejores producciones del extranjero actuales y pretéritas (y todo lo demás claro) resulta inaccesible. Si las puertas están cerradas de afuera hacia adentro, también lo están de adentro hacia afuera, dado que tampoco nuestros autores circulan con la fluidez que desearíamos en el extranjero. El criterio de “lo nacional” no se aplica sólo en nuestro país, lamentablemente.

En la medida en que los criterios de producción y selección de libros para niños olviden que se trata de literatura y por lo tanto de un objeto artístico/cultural, los catálogos se engrosarán con multitudes de títulos que así como aparecerán desaparecerán con la velocidad de la lógica del consumo, pero tendremos muy pocos libros de literatura de calidad para leer a nuestros niños.

Para complementar con algunos ejemplos estas consideraciones sobre la edición y circulación de la literatura infantil, en la sección “Reseñas de libros” de este número comentamos tres obras que lamentablemente no son asequibles en nuestro país: Los tres bandidos de Tomi Ungerer —reeditado recientemente por la editorial española Kalandraka; La aventura formidable del hombrecillo indomable de Hans Traxler —reeditado también hace muy poco por el Grupo Anaya en España— y Tristán encoge, de Florence Parry Heide con ilustraciones de Edward Gorey, cuya versión en español se encuentra descatalogada en la actualidad.

Por: Marcela Carranza – Imaginaria.com.ar

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