Las cinco madejas de lana

Las cinco madejas de lana. Lydia Giménez Llort. Escritora española. Historias de vida.

Un otoño mi abuela fue a comprar cinco madejas de lana, todas azules menos una, que era de color blanco. Con ellas y sus agujas de tricotar se sentó en una silla y empezó a hacer juegos malabares con sus manos…Sus brazos iban hacia delante y hacia atrás sin cesar, haciendo pasar el hilo de lana de una aguja a otra sin parar.

Día tras día, todas las tardes, se sentaba en la silla y proseguía su incesante tricotar. Yo la miraba intrigada por saber qué saldría de ese escaso palmo de tejido azul marino. Me preguntaba por qué malgastaba cinco madejas para tricotar un pedazo de lana, por qué se esmeraba tanto en entrelazar la hebra blanca para sólo dejar un punto en medio de ese aburrido tejido de lana azul.

Pasaban los días y el pedazo de lana iba creciendo y creciendo, pero continuaba sin forma, sin sentido…Era nada más y nada menos que un simple rectángulo de lana azul marino con motas blancas, entrelazadas al azar, sin ton ni son, por aquí y por allí…Así que yo me iba preocupando cada vez más y sólo pensaba en la cantidad de horas que mi abuela estaba empleando en algo que no servía para nada… Y estaba en lo cierto, porque un día mi abuela dejó de tricotar. Se la veía contrariada… Con razón, pensé yo…¿Cómo no iba a estarlo después de tantos meses perdidos y cinco madejas de lana malgastadas?

Pero a los pocos días algo pasó. Sin más, me llamó y dijo:
_ Ven hija mía, que te tome medidas.
Extrañada, me acerqué hasta ella y entonces extendió los dos palmos de tejido sobre mi cuerpo, me envolvió con él, pasó la mano para que el tejido se me ciñera bien y exclamó sonriendo:
_ Ay, mi niña…¡Qué guapa va a estar cuando le acabe este jersey! Mi niña ha crecido tanto que con las cinco madejas me quedé corta y ya me vi tricotándole un chaleco…

Abrí los ojos con sorpresa y miré otra vez aquel pedazo de lana. Allí donde durante meses sólo había visto un aburrido trozo de lana azul marino con motas blancas, ahora había casi un jersey con una preciosa noche de invierno estrellada dibujada. Entonces comprendí que los esfuerzos nunca son en vano y lo que a veces nos parece que no sirve para nada puede ser sólo el principio de un bonito final. Sólo hay que tener paciencia, constancia y, si hace falta, añadir una madeja de lana más.

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Fin

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