El hombre cuyo cólera era demasiado grande

Leyenda de la tribu de los pies negros

El hombre cuya colera era demasiado grande. Leyenda. Literatura infantil y juvenil

Leyenda de la tribu de los pies negros.

Antaño, un hombre vivía en las montañas que los indios llaman las Montañas Resplandecientes. La verdad sea dicha, no vivía en tal sitio. Un día aquí, otro allá, se instalaba allí donde se encontraba. Este nómada, llamado Cara de Oso, se sabía tan colérico que prefería mantenerse apartado del mundo.
Cara de Oso acababa de matar un musmón* cuando se le acercó una mujer a la que no había oído llegar. Esta se arrodilló sin dirigir una palabra al cazador y le ayudó a despedazar el musmón.

La mujer era agradable y trabajaba bien. Al cabo de un momento Cara de Oso le preguntó:

-¿De dónde vienes y cómo te llamas?

-Vengo de la alta montaña y me llamo Hija de la Roca -respondió la mujer.

Cara de Oso invitó a Hija de la Roca a compartir su comida. La mujer aceptó y se apresuró a cocer la carne. Mientras comía, el hombre observó a su compañera. No consumía desamasiados alimentos y casi no hablaba. Esas dos cualidades agradaron muchísimo al cazador. Le propuso:

-Si quieres, puedo casarme contigo.

-No pareces un mal cazador; quiero convertirme en tu mujer.

Construyeron una choza en el lugar de su encuentro y se quedaron en ella.

El hombre se dio cuenta de que su esposa cocinaba y cosía muy bien. Se enamoró. Pero durante casi todo el tiempo, aunque la amaba, no podía evitar el regañarle. A menudo le invadía la cólera sin que pudiera evitarlo. Entonces sus palabras eran groseras y la voz desagradable. Un día Hija de la Roca le dijo:

Tus furores repentinos son como las olas del gran lago. Tu lenguaje es brutal, pero no creo que tengas mal fondo. Eres así y no puedes hacer nada, es tu carácter. Sé que en esos momentos de cólera sientes deseos de pegarme. Sin embargo, debo hacerte una advertencia, no me golpees jamás con un trozo de madera encendida. Acuérdate de mis palabras, o la desgracia caerá sobre ti.

Algún tiempo después, Cara de Oso quiso cambiar de campamento. Dijo a Hija de la Roca:

-Contemplar siempre el mismo paisaje me pone furioso. Vamos atravesar ese valle y a establecernos sobre esa otra montaña. Derrite grasa, prepara provisiones y organiza todas nuestras cosas. Destruye también esta vieja cabaña, tiene el don de ponerme nervioso. Me ausento para calmar mi furor; que todo esté preparado a mi regreso.

Y partió vociferando.

Cara de Oso se alejó tan deprisa que Hija de la Roca no tuvo tiempo de decirle que estaba en su período impuro. Durante ese período, las mujeres no pueden tocar ningún objeto normal sin mancillarlo y atraer la desgracia sobre la vivienda.

Cuando Cara de Oso regresó parecía aplacado.

Pero pronto volvió a gritar:

-¡Qué veo, la cabaña todavía está en pie! ¡No has preparado los alimentos necesarios para el viaje ni has doblado ninguno de mis vestidos!

Cara de Oso meneó tan fuerte la choza que rompió los largueros. Golpeó entre sí los utensilios de cocina y pisoteó las mantas de piel de cabra salvaje.

La cólera le invadió de tal manera que el hombre acabó sintiendo verguenza. Dijo:

-Eres una buena esposa y yo sólo soy un bruto. Espérame, voy junto a la orilla a meditar sobre mi conducta.

Una vez al borde del agua se sentó en una gran piedra y se sumergió en su pensamientos.

Una vieja de piernas torcidas apareció en la orilla opuesta. Le gritó:

-¡Ohé, hombre! Eres joven y fuerte, ayúdame a cruzar.

Pero la visión de la vieja no hizo sino irritarlo. Cara de Oso replicó:

-Cállate, bruja ridícula. ¡Me lastimas los oídos!

-¿No tienes compasión de mis pobres miembros?

-preguntó la mujer-. Si no me llevas en brazos nunca podré volver a mi casa.

-¡Me horripilas! -aulló el cazador-. No estoy aquí para ayudarte. Mejor te tiraré al agua.

Pese a tal declaración, Cara de Oso se echó a la vieja a la espalda y la depositó en la otra orilla. La mujer le dijo:

-Para recompensarte por tu gesto te ofrezco los numerosos años que he pasado en la tierra. Eres, pues, más viejo que tu edad. De esta manera tienes la seguridad de ver tus cabellos grises un día.

-¿Por qué me haces ese regalo? -preguntó el cazador.

-Porque tu corazón no es tan duro como tus palabras. Hay demasiados hombres que mueren cuando todavía tienen el pelo negro. Te será evitada tal desgracia.

Más tarde, Cara de Oso vio cómo se le blanqueaban las sienes a pesar de su juventud y se sintió muy feliz.

Sin embargo, no le abandonó su mal carácter. Una mañana, cuando perseguía a un gamo, se le metió en la cabeza que su mujer le engañaba. Se puso muy furioso y, abandonando la caza, se precipitó a su casa. Al llegar ante su cabaña, gritó:

-¿Dónde está? ¡Tengo que encontrarlo y matarle inmediatamente!

-¿A quién te refieres? -preguntó Hija de la Roca.

-A tu amante, a quien voy a hundir el cráneo con este tomahawk.

Su esposa el dijo:

-Vamos a ponernos delate de este árbol. Se inclinará si alguno de nosotros dice una mentira.

Hija de la Roca colocó su mano sobre la corteza y dijo:

-Soy fiel a mi marido.

El árbol no se movió

Cara de Oso se apoyó contra el tronco y gritó:

-¡Mi mujer me engaña¡

El árbol se dobló de forma tan repentina que por poco no le dio a Cara de Oso en la cabeza.

La mujer creyó que esta experiencia calmaría la cólera de su marido. Pero no fue así. Cuando llegó la Luna de las Hojas Hermosas el humo del hogar invadió toda la cabaña. Cara de Oso se enfadó de nuevo.

-¿No sabes encender el fuego? -ladró.

-En esta época la leña está verde -dijo Hijas de la Roca-. ¿Qué quieres que haga, tengo que soplarla para que se seque?

Fuera de sí por esta contestación, Cara de Oso agarró una rama ardiendo y golpeó con ella el rostro de su esposa.

-Has hecho mal en golpearme con una tea -le dijo-. Ya te lo había advertido. Tu desmesurada cólera te ha hecho sordo y ciego.

Ya apaciguado, Cara de Oso no quiso oír más. Salió de la choza y se alejó en dirección al bosque. En el camino encontró al espíritu de Manitú*.

Este le dijo:

-Hay una tormenta en tu corazón y haces desgraciada a la que amas. Soy Manitú, el Ser Eterno, y bien podría matarte inmediatamente. Pero te dejo la vida a cambio de tu mujer.

Esta reprimenda exasperó a Cara de Oso. Replicó secamente:

-No eres muy exigente en tus transacciones. Si quieres cargar con esa mujer inútil, ¡tómala! Espérame aquí, voy a buscarla.

El cazador corrió hasta su cabaña. No encontró a su esposa y pensó: Seguro que ha salido. Si Manitú la quiere ya la encontrará.

Cara de Oso se instaló en la choza y olvidó el cambio que había hecho con el Gran Espíritu. Pasadas cuatro lunas se calmó y empezó a echar de menos la presencia de Hija de la Roca. Se dijo: <<Ha llegado el momento de que vaya en su busca. Debe estar junto al lago.>>

Partió.

En el camino encontró un cráneo de alce blanqueado por la nieve. Le preguntó:

-¿No habrás visto pasar a una mujer?

El cráneo escupió la tierra que le había entrado en la boca y contestó:

-Sí, caminaba con la espalda doblada por la fatiga. Esa mujer parecía estar dominada por una gran pena.

La cólera volvió a invadir el corazón de Cara de Oso. Dio una patada al cráneo y lo hizo caer por la pendiente. Después pensó:  <<Se ha ido a buscar a ese pillastre de Manitú. Si le encuentro lo abato con mi garrote.>>

Pero en seguida se arrepintió de su mal humor. Por primera vez en su vida su pena fue más fuerte que su rabia. Se dijo: <<Mi pobre mujer seguro que ha muerto por mi culpa. Se la han debido comer los lobos.>>

Cara de Oso se recubrió el cuerpo de tierra y se espolvoreó la cara con ceniza en señal de duelo. Por ultimo se cortó dos dedos para demostrar su arrepentimiento y se hizo cortes en las pantorrillas y en las mejillas para mortificarse.

Cubierto de sangre, Cara de Oso incendió su cabaña, dispersó al viento todo lo que poseía y se instaló lastimosamente en el hueco de unos derrumbamientos.

Desde entonces el hombre pasaba los días meditando sobre su criticable conducta. Pasó tanto tiempo en el mismo sitio, sin moverse, que echó raíces.

Cara de Oso se convirtió en un gran árbol y de sus ramas colgaron largos cabellos de lianas blancas.

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