Fotografías Viejas

niños y maestra

Fotografías Viejas es uno de los cuentos con valores de la colección cuentos de la escuela de la escritora Mónica Hernández sugerido para niños a partir de diez años.

Un día como cualquier otro, Juancito al igual que sus compañeros, llegaba a la escuela. Medio dormido como todos los días, con la misma pereza que da el tener que levantarse temprano, junto con todos los niños entra al salón a cumplir con la tediosa rutina que se presenta en estos casos.

Pero ese día la seño se había levantado un poco más inspirada que nunca. Había estado desvelada en la madrugada pensando como motivar a sus alumnos para el aprendizaje. Se acordó entonces que en la escuela había aparecido un libro que resultó ser el historial del colegio, luego que una de las porteras lo descubrió mientras hacía una limpieza general. A partir de ese descubrimiento la maestra a la que le había llamado la atención pensó que en algún momento eso le iba a servir para algo.

Según su proyecto le tocaba tratar temas que se relacionaban con los barrios cercanos a la escuela, desde donde provenían los alumnos. Preocupada por los chicos y por cómo hacer para despertar en ellos la curiosidad, la motivación, el entusiasmo que los dispone a un mejor aprendizaje y buscando la mejor manera de generarlos, se le ocurrió una idea, la cual les pasamos a contar.

La maestra llegó al aula, sacó el libro que contenía la historia de la escuela, ilustrada con fotos.

Algunas de ellas en blanco y negro. Desarmándolo cuidadosamente les mostró a sus alumnos los cuáles para verlas se habían dividido por grupos.

Les pidió que observaran con mucha atención las fotos y que trataran de identificar los distintos rincones del interior del edificio escolar, como también el exterior y lo que lo circunda.

También que trataran de reconocer a alguna de las docentes. Luego les pidió que contaran lo que habían visto, si notaban cambios, cuáles eran y si habían reconocido a personas, etc.

A los niños les gustó esta actividad, algo diferente a las cotidianas, tanto que participaron mucho de la clase, haciendo de ella una experiencia muy rica en el tratamiento de muchos contenidos a partir de la observación de los cambios que tuvo la escuela, y sus alrededores con el paso del tiempo, la modificación del edificio, tratando de establecer algunas relaciones como el aumento de la población y la construcción de nuevas aulas, el mejoramiento edilicio y la instalación de servicios, el funcionamiento del comedor, el trazado de caminos, calles, accesos, rutas de tierra y asfaltadas, la extensión de la propiedad escolar, etc.

El reconocer a las maestras, costó un poco, por cierto estaban bastante cambiadas en lo referente a su contextura física, los peinados de la época, la moda en la ropa, etc.

Este fue el punto de partida que necesitaba para pedirles a ellos que bajo la misma consigna buscaran en su casa fotos antiguas de su barrio que les permitiera establecer relaciones de tiempo, relaciones entabladas entre distintos agentes, actividades, factores, etc., ya que la mayoría de los padres tenían cierta antigüedad viviendo en esos barrios, y muchos de ellos habían concurrido a esa escuela, algunos fueron reconocidos por sus hijos en las fotos del historial.

También se invitaba a las familias, amigos, vecinos, parientes a participar de la propuesta. Cada uno tenía que volver al día siguiente con las fotos que más les había llamado la atención y con algún elemento que pudiere identificar el barrio y la época, como para tratar de reconstruirlo y poder armar algo así como un museo propio.

Juancito fue uno de los que salió rápidamente hacia su hogar, y casi sin sentarse a almorzar le pidió a su madre fotos viejas. Luego de preguntarle para que las necesitaba, la mamá le cedió la caja guardada celosamente. Muy atento comenzó a mirarlas y descubrió varias cosas que le habían llamado la atención. Inmediatamente comenzó a indagar a su mamá sobre las personas de las fotos, sobre algunos lugares en donde las fotos estaban tomadas, sobre las situaciones que se estaban desarrollando, ya que no alcanzaba a reconocer ni entendía que podían estar haciendo.

La mamá le contestó que muchas de esas cuestiones debería hacérselas a sus abuelos. Corriendo tomó las fotos y se dirigió la casa de ellos, cerquita de la suya.

Al llegar les mostró las fotos y comenzó a preguntarles todo lo que quería saber.
Algunas estaban sacadas al parecer en el mismo lugar, y en una de ellas estaban retratados toda la familia del abuelo en la época de la infancia. Cuando él las vio, con gran ternura y nostalgia empezó a relatarle lo que estaban haciendo esa tarde.

Sus padres habían comprado una cámara de fotos usada, de las que sacaban en blanco y negro, y para usarla fueron al arroyito cercano.

Era una tarde de verano, y como antes no había piletas públicas para poder ir, mucha gente se iba a refrescar y nadar en los arroyos, lagunas o ríos. Señalando en la foto le contaba que ellos disfrutaban mucho de ello, jugaban tirándose una y otra vez. En otra foto describía como pescaban tarariras, bagres y anguilas. Mientras le contaba esto último, le vino a la mente las ricas comidas que hacía su mamá con el pescado acompañándolo con vegetales u hortalizas de la huerta que nunca le hacía faltar de comer.

El niño que lo escuchaba con mucha atención le hizo preguntas como cuántos años habían pasado, y dónde estaba ese arroyo que él nunca lo había visto, a lo que el abuelo le respondió con un ¡hace tantos años de esto! Habrá pasado más o menos cuarenta años. Seguramente el niño conocía el lugar pero no imaginó que un lugar tan bello podría haber cambiado tanto.

En otra foto parecía que volvía a aparecer el arroyo, era un picnic en el que estaban sus padres, una foto en color, de no hace tantos años quizás unos diez, tan diferente se veía que le pidió a su abuelo que la mirara bien y le dijera si era el mismo lugar a donde él acudía con sus hermanos.

Hasta al abuelo le llamó la atención de cuan cambiado estaba. Ya no estaban los árboles que daban tan hermosa sombra, el arroyo parecía estar lleno de basura y sus aguas tornaban de un color oscuro, cuando antes de tan cristalinas se veían las piedritas del fondo.

El niño entusiasmado por el relato de su abuelo le pidió que lo llevara. Así que levantándolo en su bicicleta lo llevó. Mientras iban por el camino le iba describiendo como era antes, la ruta no era asfaltada, pasaban pocos vehículos, los puentecitos eran bastantes precarios, y la parte más linda del arroyo no estaba dentro una propiedad privada, como ahora que le pertenece a un barrio cerrado, el cual impide el paso a extraños. Así es que al llegar solo pudieron observar el arroyo a los costados de la ruta, ya que de un lado estaba restringido el acceso y del otro la basura tirada clandestinamente por los vecinos sumados a la que se volaba o caía de los camiones recolectores impedían permanecer sin taparse la nariz para evitar sentir tan mal olor.

El niño no pudo ocultar su gran desilusión al ver el estado tan deplorable del lugar, tal fue que le pidió a su abuelo regresar. Mientras volvían pensaba en que le hubiese gustado mucho haber disfrutado de ese tiempo, e inocentemente empezó a sentir un deseo de cambiar las cosas o pedir a alguien que las arregle. Pensó rápidamente en que su seño podría darle las respuestas.

Al día siguiente al llegar a la escuela, todos los alumnos habían llevado algo, desde fotos hasta objetos usados años atrás, cosas que habían perdido vigencia pero que servían para exponer y extraer ideas, relacionar, comparar, analizar situaciones a través de las técnicas que la maestra puso en práctica. Con todo lo que los alumnos aportaron la seño pudo desarrollar su clase, en la que aprovechó al máximo el caudal de conocimiento de sus alumnos, con los que junto pudo construir nuevos aprendizajes, sobre todo el de los valores y las actitudes.

Quizás la seño no haya podido responder a la pregunta de Juancito acerca de lo que se debería hacer para recuperar las condiciones ambientales perdidas o malogradas que tanta compasión le causó, pero si por donde poder empezar, y eso depende de actitudes, de la participación, el compromiso, la responsabilidad y de la comprensión de la complejidad que encierra el tema.

“Se necesita de mucha gente que se sienta involucrada, capaz de tender hacia un mejoramiento de la calidad de vida en equilibrio con su ambiente y relación con otros seres vivos”.

Para la maestra fue la mejor clase y los niños se formularon propósitos de cambio, los que quizás algún día rinda buenos frutos.

Fin

Mónica Hernández es educadora ambiental.

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Fotografías Viejas es uno de los cuentos con valores de la colección cuentos de la escuela de la escritora Mónica Hernández sugerido para niños a partir de diez años.

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