Los milagros de un domingo

Ilustración: Maritza Álvarez

Los milagros de un domingo. Historias cortas para niños.

Ilustración: Maritza Álvarez
Ilustración: Maritza Álvarez


Hoy domingo no fuí a misa y salí a caminar por La Calle Larga de Valby.
La mañana estaba limpia y soleada y bullía con milagros.
 
Una camioneta llena de adolescentes del año 1920, con música charleston y ropa de la época
se detuvo a mi lado y me gritaron alegremente “Quieres venir a dar un paseito, abuelitio lindo?”.
 
Una nave espacial descendió silenciosamente sobre La Plaza de Valby y de ella bajaron Los
Beatles cantando we all live in a yellow submarine.
 
Una señora celeste con cabellos rosados y anteojos de sol verdes se acercó a mi y me susurró al
oido “las cartas dicen que tendrás un futuro incierto pero condescendiente”. Y se alejó corriendo
hasta desaparecer en el horizonte.
 
En un obscuro portal el policía de mi infancia besaba tiernamente a la enfermera de turno.
 
Esperando la luz verde para cruzar la calle, un amorín me lanzó una flecha al corazón. Al mismo
tiempo una dama de blanco se acercó a mi, me dio un beso en la mejilla y se fué.
 
Frente al Bosque de Søndermarken, en el pomposo balcón de la Cervecería del Reino (construida hace
dos siglos atrás) los fantasmas del señor y la señora Carlsberg leían en voz alta las peripecias de Tarzán
de Edgard Rice Burroughs. Abajo, a la entrada del edificio, cientos de personas escuchaban arrodilladas
en respetuoso silencio.
 
Ya en el bosque que queda al lado del Zoológico del Reino, un gigantezco rinoceronte con corbata amarilla y sombrero
texano me pidió prestado dinero para ir a comprarse un hotdog en el boliche de la esquina.
 
La Reina Mragrette II y su príncipe Henrik paseaban por los jardines rodeados de cien guardaespaldas armados
con amtetralladoras automáticas. Yo al querer saludarla fuí agredido con golpes de karate.
 
Me repuse sentado en el borde de la fuente del bosque. Lloré como un niño. A mi lado estaba sentada la Sirenita
peinándose su cabellera y sacándole brillo a sus escamas. Ella me consoló explicándome la necesidad de la
seguridad de la pareja real en estos tiempos del terrorismo. “Debes aceptar que pareces extranjero” me dijo
finalmente y se tiró a la fuente a nadar.
 
Me fuí cojeando hacia la Calle Larga nuevamente. Otro auto se detuvo. Un Elvis Presley disfrazado con barba y
bigotes me ofreció llevarme. Le pedí que me dejara a la entrada del Café Ciré a lo que el me respondió en un
castellano agringado “Perro quei bien mi amigou, you también voy al Cafei Cirrei!”.
 
En el café nos recibió Piérre, el dueño, con su habitual “Bonjour! Bonjour monsieur Ián, monsieur Elvís, sa va?
Tre bién tre bién!”. Elvis tomó una guitarra que había por ahí y se puso inmediatamente a cantar are you lonesome
tonight. Yo pedí un jugo de naranjas cuando entró Hans Christian Andersen y se sentó a mi mesa. Me dijo que
tenía un grave problema. “Estoy en aprietos Ian. Le prometí a mis editores entregarles un cuento hoy a mediodía pero
no se me ocurre el final! Qué terrible Ian! Se trata de un cisne bebé que por error nace en un nido de patos. Los patitos
son hermosos pero el pequeño cisne es feo… qué hacer!”. Yo, por decir cualquier cosa, le sugerí que el cisne feo se
transformara, de acuerdo a las leyes de su naturaleza, en en un cisne epléndido y hermoso. El que me quedó mirando
fijamente unos segundos, gritó “Eureka!” y salió corriendo del café.
 
Elvis seguía cantando y meneando las caderas, esta vez una agresiva versión de su Jail House Rock. En una mesita apartada
vi al arcángel Gabriel, llorando amargamente, solo y tomando una cerveza Tuborg. Me acerqué a él y le pregunté que le
ocurría. “Me han despedido, Ian. Sobran ángeles y arcángeles en el mundo. Soy cesante y lo único que sé hacer es cuidar
el paraíso con una espada de fuego. Cualquiera puede hacer eso, no?”. Yo le dije que el niñito que tiene metido un dedo
en el agujero de un dique en Holanda debe estar ya cansado, necesita un relevo. Qué tal si escribía una carta al gobierno holandés
ofreciendo sus servicios? Gabriel lloró aún mas amargamente y me mostró sus gigantezcos dedos. “Creés que yo podría introducir
uno de estos en ese hoyito? Y  desplegó sus alas ya ancianas y salió volando del café.
 
Ya en La Calle Larga de Valby nuevamente, un gigantezco condor azul extraviado me pidió que le señalara la dirección hacia la
Cordillera de los andes. Yo le señalé el sur y muy contento y aliviado, me cantó la canción si vas para Chile.
 
Al intentar cruzar la calle, un formidable arcoíris brotó súbitamente del semáforo e inundó de colores todo Valby. Ahora andamos
todos los valbyanos con hermosos trajes multicolores.
 
Un policía del tránsito detuvo autos, camiones, ciclistas y transeúntes para dejar cruzar la calle a una giganteca girafa con dos
girafitas bebés.
 
Una pluma de paloma verde calló suavemente en mi cabeza transformando mi pelo en pasto fresco.
 
Al llegar nuevamente a mi casa, ya fatigado por mi caminata, me encontré con La Bella Durmiente roncando en mi sofá.  La
desperté de una sola bofetada, le indiqué la salida, y me acosté a dormir una merecida siesta.

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