Sucedió en medio de la noche…

Sucedió en medio de la noche… Escritora de relatos y poemas de México.

El tiempo seguía corriendo y el reloj, eficiente y trabajador, marcaba los segundos con suma dedicación. Esos segundos llegaban a ser minutos, los minutos se convertían en horas y las horas… las horas eran tan largas que pesaban en la cabeza de Amanda como si una enorme roca descansara con todo su peso sobre sus sienes.

Así transcurrían los días para Amanda y de esa manera sufría las noches. Pensaba que era una tortura la existencia de su rival  pues no traía consigo más que desgracias. Definitivamente, la noche no le gustaba y se declaró abiertamente su enemiga desafiándola a una lucha sin piedad. Era definitivo. Las dos juntas no cabían en este mundo. En tanto se empecinara en hacerse presente marcando el final de cada día, Amanda permanecería despierta manifestando, así, su desacuerdo.

Hasta que el cansancio debilitó su cuerpo y las fuerzas comenzaron a abandonarla ante la desesperación de sus padres que no entendían el por qué de aquel agotamiento. La llevaron con el médico, le recetaron pastillas de colores que prometían otorgarle vigor. Pero nada. Aún cuando le dejaran encendida la lamparilla de noche, Amanda libraba cada jornada sus combates con su acérrima enemiga sufriendo por no conseguir dormir, aunque lo deseara secretamente, sumida en la oscuridad y deseando la llegada del día con todas sus fuerzas … hasta que la fatiga ya no le permitió levantarse de su cama.

Una noche en que su madre, cansada de cuidarla y velar por su restablecimiento, se quedó dormida en un sillón cerca de la cama de Amanda sin correr las cortinas de la ventana. La niña, que ahora casi siempre  dormía y permanecía inconciente de lo que sucedía a su alrededor, despertó en medio de la noche sintiéndose lúcida y extrañamente tranquila.

Y con esa serenidad comenzó a mirar la luna a través de la ventana que iluminaba con su destello la recamara. Era una luna llena, grande, resplandeciente y perfecta. Y sin saber distinguir si lo que sucedía era un sueño o estaba pasando en realidad, sintiéndose cautivada por la imagen del satélite comenzó a platicar con él.

Le confesó su lucha diaria con la  noche amenazante y lo mucho que despreciaba este momento del día narrándole todo aquello que había vivido a lo largo de tantas y tantas oscuridades, y a medida que las palabras iban saliendo de su boca la luna parecía bajar hacia ella como queriendo consolarla, y tanto se acercó que llegó hasta su ventana aluzando la recamara con una luz cegadora pero reconfortante que a medida que penetraba le hacía sentir fuerzas y bienestar a la pequeña cobarde que se dejaba acariciar mimosamente por los rayos celestes de su nueva e impresionante amiga.

Entonces llegó el turno de la luna que con voz susurrante le relató lo aburrida que estaba de estar siempre inmóvil en el cielo sujeta a los caprichos del sol que no siempre le permitía aparecer completa y rebosante y girando a la sombra del planeta sin posibilidades de tomar su propio rumbo. Deseaba con todas sus fuerzas tener pies para correr, pisar el pasto mojado, experimentar el agua acariciando el cuerpo, sentir el abrazo amoroso de una madre, y sobre todo, dormir, pues no sabía lo que se sentía eso.

Amanda, enternecida por el relato de la luna y animada por ese extraño  vigor que había adquirido de pronto, se levantó con cuidado de su cama haciendo a un lado las sondas que la enfermera le había colocado y arrastrando despacio el suero que le impedía deshidratarse,  se acercó a la ventana abriéndola con tiento para sacar un brazo por ella y acariciar tiernamente a ese afectivo ser que había descendido para verla de cerca. Conmovida por la situación de su camarada indefensa comenzó a cantarle una canción de cuna para animarla.

Fue entonces cuando sintió esa enorme necesidad de besarla, por lo que sacando la cabeza por el balcón acercó sus labios a la fría faz de la luna. En seguida un destello con los colores del arco iris las envolvió a las dos haciéndolas girar en medio de un torbellino de furioso viento mientras Amanda gritaba desesperada y asustada al tiempo que su madre seguía inmóvil durmiendo pacíficamente en el sillón ajena a todo lo que sucedía a pesar del destello cegador de la luna cerca de la ventana y los chillidos de Amanda.

Cuando todo terminó y solo una suave brisa acariciaba el rostro de la niña, abrió los ojos tratando de restablecer la calma en si misma y miró el cielo negro y las estrellas parpadeantes como grageas de luz sobre el manto celestial tan próximas a ella, rodeándola, seguramente si estiraba la mano podría tocarlas de tan cerca que estaban.

Fue entonces cuando descubrió que ¡No tenía brazos! … Ni piernas, ni cuerpo, ¡ni nada!. Flotaba en el cielo. Debajo de ella, a través de las acolchonadas nubes, podía ver la mitad del planeta tierra, los países, las ciudades, las calles, su casa, y en su habitación … ¡a la luna metida en su cuerpo descansando placenteramente en su cama! mientras su madre despertaba y cariñosamente caminaba hasta ella para acariciarle el rostro complacida al descubrir que la fiebre había cedido, y por el contrario, el rostro de su hija estaba en realidad, frío. Mientras su padre entraba en ese justo momento a la estancia.

Un espasmo recorrió su nuevo cuerpo redondo lleno de luz. De pronto, sintió ganas de llorar. Luego, trató de explicarse a sí misma que todo era un sueño producto de la fiebre delirante que la había atacado. Pero no,  la realidad era inclemente: Cambió el lugar con la luna y ahora estaba obligada a vivir por toda la eternidad como compañera inseparable de su enemiga acérrima: la noche.

¿Por qué su traicionera y nueva falsa amiga le había hecho esto? ¡No era justo! Cada vez que miraba hacia abajo, el vértigo la castigaba. No soportaba las alturas. El brillo intenso que manaba de su interior se opacó de pronto, seguramente a causa de su estado de ánimo. Ni siquiera tenía lágrimas que le hicieran sentir algún alivio a ese volcán interno que estaba haciendo erupción en su interior quemándole las entrañas.

Gritó y gritó pidiendo ayuda sin que nadie la escuchara. Arriba, cada quien vivía en su propio mundo. Las estrellas (que no eran otra cosa que una especie de diminutos personajes que llevaban entre las manos linternas encendidas) todo el tiempo estaban carcajeándose. Sus risitas se escuchaban en todas partes, reían tanto que prácticamente se convulsionaban. Por eso titilaban, era el agitación de la risa.

-Estúpidas -pensó- ¿qué les causa tanta risa? No hay nada por lo cual alegrarse.

Y malhumorada, comenzó a proferir amenazas e insultos para todo aquel que se cruzara en su mente maldiciendo el momento en que se le ocurrió intentar entablar conversación alguna con esa tonta luna usurpadora de cuerpos y de vidas. De cuando en cuando, bajaba la vista para mirarla dejándose mimar por sus padres, que parecían tan felices de tenerla a su lado.

-Si tuviera manos- pensaba- golpearía a las estrellas para que dejaran de comportarse tan ridículamente. Después a esa luna infame que me engañó para robarse mi vida,  haría pedazos a las nubes a fuerza de puñetazos y hasta dejaría el cielo con un hoyo negro intenso….

-¡Basta!- gritó alguien con enojo a sus espaldas- No más agresividad. Deja de quejarte. Estás comenzando a hartarnos a todos.

-¿Quién eres?- preguntó con miedo- No te puedo ver

-Soy la noche, y estoy dispuesta a enfrentarte- Anunció con decisión.

Amanda guardó silencio bajando la mirada. No supo qué contestar.

-Anda- le dijo- Aquí me  tienes. Dime qué daño te hecho yo para que cada noche de tu existencia la hayas dedicado a insultarme y gritarme tu desprecio.

-Me asustas- contestó Amanda

-¿Por qué te asusto? Yo no te he hecho nada.

– Todo oscureces, llenas de sombras y penumbras cada rincón. Imagino fantasmas, pienso que cosas terribles me sucederán, haces que todos mis temores afloren sin que pueda controlarlos.

-Yo no tengo nada que ver con eso- respondió su enemiga con serenidad- Todo eso vive en ti. No en mi. Son los alaridos de la conciencia.

-¿En mi?- contestó la niña furiosa- ¿Acaso yo llevo la noche por dentro? Durante el día soy feliz, tengo tranquilidad.

-No Amanda. Estás equivocada- le dijo con tristeza en la voz- Tú no eres feliz. No importa la hora que sea. Te despiertas malhumorada, quejándote, riñéndole a tus padres que tanto te aman, en la escuela dormitas todo el tiempo ¡ni siquiera tienes amigas! Nadie quiere acercarse a ti porque saben que responderás a cada muestra de cariño con ofensas. Luego, al llegar a casa, comes mal, no disfrutas los alimentos que tu madre ha preparado toda la mañana especialmente para ti, como una manera de demostrarte cuánto te ama. Pero tú no te tomas la molestia de degustar los platillos, los tragas sin consideración, te vas, luego, a tu recámara para hacer tus tareas, pero no las aprovechas porque estás agotada. Mientras escribes o lees, dormitas. Y cuando por fin llega la hora de dormir ¡Te quedas despierta! Me insultas, me agravias, me retas…Pues bien. Ya me cansé. Por eso me puse de acuerdo con la luna y decidimos traerte hasta aquí para que veas las cosas desde otra perspectiva y aprendas a valorar lo que tienes.

La luna nueva guardó silencio avergonzada sintiendo cómo su faz enrojecía. Y bajando los ojos se quedó quieta y silenciosa atisbando en las vidas nocturnas de las personas. Cuando el sol comenzó a salir obligando a Amanda a apagarse, se sorprendió al encenderse enseguida, ahora, de cara al otro lado del mundo. Los países eran distintos entre sí, los idiomas diferentes, las costumbres cambiaban y hasta los tonos de piel se diversificaban. Lo que no variaba era la manera en que sacaban provecho de las penumbras y convertían a la noche en su aliada.

Así, con el paso del tiempo, descubrió que su presencia, es decir, la de la luna, ejerce una magia poderosa en aquellas parejas que se aman logrando que la pasión crezca y se inflamen de amor los corazones. Vio a cientos de artistas elaborando sus grandes obras de la mano de la inspiración que la noche trae consigo. Presenció la evolución de plantas, animales y personas gracias al descanso reparador que pueden tomar aprovechando la oscuridad y que el cuerpo aprovecha para trabajar a sus anchas. Admiró a todas aquellas personas que robaban horas a su descanso para trabajar en medio de un gran acto de amor a través del cual podrían darle mejor vida a los suyos. Testificó cómo a través del sueño los infortunados logran vivir de la mano de sus fantasías compensando así los dolores y amarguras de la existencia. La noche traía reflexión, revelaba secretos a través de los astros, enfrentaba a las personas con su interior.

-Creo que comienzo a entenderlo todo- Dijo por fin Amanda después de un tiempo indefinido en el que se iluminaba de un lado y oscurecía de otro totalmente concentrada en desentrañar los misterios de esa compañía impuesta que en su tiempo de humana fue su mayor enemiga, pero a la que sin embargo, ahora convertida en luna, comenzaba a amar y a admirar.

-La gente te teme porque en medio del silencio y las sombras que te acompañan deben enfrentarse a su alma y a la conciencia que no sabe callar, y castiga. Cuando fui humana, era muy egoísta, insoportable, mala. Y eso era lo que encontraba cuando no tenía junto a mi a nadie a quien fastidiar con mis quejas, por eso la tomé contigo, porque no entendía que el conflicto estaba en mi misma, te culpaba a ti de mis errores y mis faltas. Te pido perdón por ello.

Miró hacia su casa con melancolía. Todos estaban durmiendo. Una sonrisa se dibujaba en el rostro de la nueva Amanda. La veía feliz y en paz, gracias a ello, sus padres también estaban satisfechos. Sintió muchas ganas de llorar, pero no lo hizo. Merecía lo que le estaba sucediendo. Todos eran más felices así. Suspiró profundamente esperando la llegada del sol, sintiendo la presencia constante de la noche a sus espaldas que tan solo la miraba sin decir nada.

Se estremeció al sentir las manos negras y frías de su acompañante sobre ella.

-¿Qué pasa?- Preguntó asustada- De pronto, las estrellas dejaron de reír, se quedaron inmóviles, observando con miedo la escena.

La luna se sintió arrancada del eje que la mantenía inmóvil encima de todo y con decisión comenzó a bajar empujada con descomunal fuerza.

-¿A dónde me llevas?- gritaba aquella asustada sin obtener respuesta. Sintió toda su luz derramarse sobre su antigua casa hasta que cayó con todo su peso en medio del jardín quedando inconciente.

Cuando despertó, vio una mujer de piel negra, delgada y débil en el suelo junto a ella. Se miro las manos, acarició su cabello, palpó su cuerpo, observó sus pies. ¡Había vuelto! Por fin había vuelto…pero entonces…¿quién era la otra mujer?

Se hincó en el pasto junto a ella y la tomó en brazos cariñosamente. Ella entreabrió los ojos con dificultad.

-¿Qué has hecho?- le preguntó con lágrimas en los ojos

-Te devolví a tu mundo.

-Pero mírate ¿Por qué estás así?

-Me salí de mi eje yo también. Y en cuanto el sol comience a asomar, yo empezaré a morir.

-Pero ¿por qué?…yo no merecía un sacrificio así de tu parte. Fui mala contigo ¿Qué pasará con la noche ahora?

-Otra tomará mi lugar. Yo, ya estaba muy cansada también. Tantos siglos y siglos haciendo el mismo trabajo. Tú sabes. Uno nunca está conforme con lo que le toca ser…

El viento comenzó a soplar con suavidad moviendo los largos cabellos de la noche que cada vez mostraba una respiración más débil.

-No te vayas- Suplicó Amanda observando que el cielo  comenzaba a teñirse de rojo-Quédate conmigo. Seamos hermanas.

La noche la miró con ternura y le sonrió. El gallo cantó a lo lejos, los ruidos mundanos comenzaron a hacerse más notorios cada vez. Pero Amanda, inconsolable, abrazaba con desesperación a su amiga llorando cada vez con más fuerza hasta que dejó de percibir su respiración.

Solo entonces se separó de ella, y miró por última vez ese rostro sereno y profundo matizado de sombras y temores que nunca más regresarían. Elevó su mirada al cielo con el cuerpo de su amiga aún entre los brazos y vio al sol elevándose cada vez más en el firmamento mientras una luna  saciada de descanso y amor maternal le sonreía haciéndose cada vez más débil su luz.

Un torbellino la cubrió con su feroz paso y su fuerza descomunal arrancándole de los brazos a su compañera, mientras la niña apretaba los ojos para no ver. En un instante todo cesó, el silencio reinó, se sintió cómoda y tibia.

-Gracias a Dios. La fiebre ha cedido- Era la voz de su madre.

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Abrió los ojos para mirar y se encontró de nuevo en aquella recámara en la que tantas noches había sufrido. Todo había sido una pesadilla. Y así lo hubiera pensado toda su vida, si no es por el trozo de tela del vestido negro de la noche que ondeaba atrapado en el filo de una de las ramas del árbol que daba al balcón de la habitación de Amanda recordándole su promesa de no volver a despreciar las bendiciones que colmaban su vida.

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