Historias de vida (una historia de amor)

Historias de vida. Martha Susana Mana, escritora argentina. Cuentos de amor. Malía era una hermosa niña, de ojos infinitamente azules, piel bronceada por el sol, a pesar de las advertencias de su madre, que adoraba su piel muy blanca, pero los veranos arrasaban con los rayos, y ella poco propensa a hacer caso, disfrutaba de […]

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Historias de vida. Martha Susana Mana, escritora argentina. Cuentos de amor.

Malía era una hermosa niña, de ojos infinitamente azules, piel bronceada por el sol, a pesar de las advertencias de su madre, que adoraba su piel muy blanca, pero los veranos arrasaban con los rayos, y ella poco propensa a hacer caso, disfrutaba de ellos, jugueteando en el campo, sin notar siquiera, que las niñas más bonitas y cuidadas, eran de blanquísima tez, como era moda por entonces…

Tal vez, porque era muy pequeña aún, para cuidar su aspecto físico, ya crecería. Así fue, al llegar a una edad que toda niña comienza a gustarles los bailes, y frecuentar algún grupo de amigas, no había otra tan bella y nívea… Sus hermanos, todos varones, comenzaron a cuidarla al igual que a una reliquia.

Debió llorar largo rato para que la dejaran bailar en la fiesta de beneficencia de la parroquia. Estaba realmente hermosa, sus cabellos, casi siempre trenzados, para preservarlos del viento, lucían sueltos y ondulantes, caían sobre sus hombros en finísima cascada, suaves las manos, cuidadas las uñas, no faltaba detalle en su vestido, cosido para la ocasión por su madre, una de las modistas más prestigiosas.

Era la reina de la noche, sus hermanos, algo torpes, por el poco trato con la sociedad, ya que eran escasas las oportunidades que tenían de juntarse con los demás, la miraban entre sorprendidos y desconfiados, comenzaron a temer que algún forastero bailara con ella y quedara prendado.

Ella gozaba consciente de su belleza… Aquella noche Leandro, con no muchas ganas acompañó a aquel baile a sus hermanos y empleados, que habrían venido por la cosecha de trigo. Había trabajado arduamente, un poco para dar el ejemplo y otro para terminar y volver pronto a su lejano hogar.

Pero es que insistieron tanto, un poco de distracción no les vendría mal. ¡Tanto el trabajo! ¡Tan esforzado! casi y a pesar de ser tan joven, no podía mover su espalda. Pero igual decidió acompañarlos, eran épocas de riñas y tal vez a falta de diversión, cualquiera que bebiera un poco, ya se convertía en un pendenciero, y él los necesitaba al día siguiente, sanos y vigorosos.

Cuando vio entrar al salón a la pequeña Malía sintió que el cansancio se derretía dentro de él como un cubo de hielo al sol, fue verla y esperar el momento de estrecharla entre sus brazos, enredados en el baile, cuando logró invitarla, ella que también había admirado su figura apuesta, sus hombros anchísimos, sus manos rudas por el trabajo, pero cuidadas para las caricias, sus cabellos ondulados, casi rubios, un hombre como pocos de buen mozo y amable.

Cuando ya bailaban al son de un bonito vals, notó Leandro con preocupación, que los suyos iniciaban una gresca, con quién, supo después eran los hermanos y primos de ella, que al ver el peligro de que un foráneo pudiera enamorarla, comenzaron a provocar, cosa que los demás, sin entender mucho respondieron sin demora. Esa fue la única vez que pudo acercarse a ella, volvió a distintas reuniones, pero era imposible todo intento de aproximación.

Pero los ojos hablan un idioma, que nadie logra descifrar cuándo ellos quieren… Luego la distancia, la vuelta a su pago, el recuerdo, vívido, volviendo una y otra vez… Hasta luego desaparecer, quedando sólo un rasguño de nostalgia en el alma. Igual, ella, en el torbellino de su encantadora figura, donde fuera sentía que reinaba su presencia.

Llegó una orquesta al pueblo, y todo eran preparativos lógicos, entre sus amigas para asistir a la reunión, esta vez, el director, más avezado que los demás, y ya conociéndola, logró una amistad con los hermanos, bebiendo e invitándoles a escucharlo contar de sus correrías, sus hazañas, en las que salía siempre vencedor, estos terminaron admirándolo y lo que no es poco dejándolo cortejar a Malía, que también embelesada, terminó enamorándose sin remedio…

La boda no tardó en llegar, fue, como era de esperar, fastuosa, todo maravilloso, nada faltó, dejó durante mucho tiempo comentarios y no hubo otra con quién comparar… La muchacha no demoró mucho tiempo en descubrir que el brillo era sólo eso, brillo, sus esperas cada vez que él salía a actuar con su orquesta, las mañanas de guardar silencio porque el ruido molestaba a quién trabajaba, sacrificado en un baile, merecía todo el respeto, luego de un tiempo ella notó que todo se iba derrumbando a su alrededor, el hombre lleno de ingenio gracias y encanto que había conocido, lentamente se convertía en un ser ególatra, para el que sólo él existía…

Eran tiempos de soportar todo, a nadie podía siquiera comentar lo que le pasaba. Quiso el destino que pasara un tiempo de resignación y pena, luego de una corta y penosa enfermedad, Mario, el director de orquesta, dejó este mundo… Ella volvió a casa de su madre como era costumbre por entonces. No era grato dejar de tener su lugar propio para volver a tener quién gobernase su vida, pero era lo que mandaba la época…

Comenzó a visitar la casa de su madre, un señor que primero le pareció desconocido, cuando escuchó su voz recordó todo, sólo que la vida había teñido sus cabellos de blanco, su figura aún era atlética a pesar de los años. Comenzó a soñar, pero su madre la tenía alejada de él, no quería ser objeto de comentarios adversos.

Esta vez él había aprendido la lección, no hacía caso de ella, en caso de encontrarla, preguntaba por doña Adelina sin demostrar un mínimo interés por Malía… Sin comprender nada, ella cerró nuevamente los ojos y el alma a las ilusiones, se dijo: no volveré a sufrir, ni por él ni por nadie. Se acercaba la fiesta del pueblo, que era el de él, pero desde que había enviudado, también el de ella, ya que su madre vivía allí hacia bastante tiempo.

En un momento cruza con ella una mirada, se arrima a la puerta de salida y le dice: ¿quieres que vayamos a la fiesta juntos, como una pareja de adultos que somos sin pedir permiso a nadie? ¿Me permites que sea yo quién, esta vez defienda tu derecho a ser libre? Si lo permites, si quieres, te pasaré a buscar el domingo a la hora de misa, de allí iremos a cuánta celebración haya y si tu amor es como el mío nada ni nadie volverá a separarnos…cuando nos vean juntos no habrá tiempo para reproches, tal vez piensen lo peor, pero es nuestra última oportunidad de ser felices… piénsalo…

Cambiada con la mejor de sus ropas, ante el estupor de su madre, ante tanto alarde y cuidado, demasiado para una viuda, según ella… casi desconocida, hasta para ella misma. Oía el campanario de la iglesia llamar a los feligreses, por segunda vez, y nadie aparecía por ella, escuchó chillar el timbre y un Leandro perfumado e impecablemente vestido llegó para quedarse para siempre junto a ella…


Fin


Historias de vida (una historia de amor)

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