Soledad y sus enredos

Escritora Argentina de cuentos infantiles.

Soledad y sus enredos. Historias cortas.

El día que cumplí siete años decidí que no me iba a cepillar más el pelo. En ese entonces tenía una laaaaaarga cabellera negra que me abrazaba la cintura. Mi mamá, todas las noches antes de dormirme, se sentaba en el borde de mi cama y cepillaba mi pelo cuatrocientas cincuenta y tres veces mientras yo le contaba de Martín, el chico que me gustaba. Nunca me destaqué por mi creatividad ni mi rapidez para resolver las cosas en el colegio, siempre todo bien, normal, en tiempo y forma, nunca nada raro, nada sobresaliente, nada especial. Y el día en que cumplí siete años me di cuenta porqué: ¡esto de cepillarme me estaba sacando las ideas de la cabeza! Esa noche, cuando mamá vino a peinarme cuatrocientas cincuenta y tres veces, le dije que no y le conté mi teoría.
– Ay Sole, ¡esas fantasías que tenés! Vas a ver como en unos días me rogás que te desenrede el pelo.
Pero no fue así. Mi pelo siguió creciendo y creciendo pero jamás volví a desenredarlo. Llegó incluso a tocar el piso y, el día que me levanté y mi pelo se había enredado en las patas de la cama, mi mamá me lo quiso cortar pero yo no la dejé. Pasé horas desatando nudo por nudo, me hice un rodete gigante y tuve que ir al cole después del mediodía.
Mi pelo siguió enredándose y creciendo hasta arrastrarse casi un metro por debajo de mis zapatos. Todo iba bien hasta que un día se enganchó en la pierna de la directora y, sin darme cuenta, tiré tan fuerte que se cayó en pleno recreo. Me querían obligar a cortarme el pelo pero yo insistía que no, que desatarme los nudos podía ser, pero que el pelo no me lo cortaba.
– Bueno, si lo tiene desenredado quizás podríamos hacerle una colita, o un rodete, o dos trenzas. Sí, que se lo desenrede – pensaron mis papás.
Seis meses estuve desatando nudito por nudito. Pasó la primavera, el verano y llegó el otoño, yo seguía desatando. Cuando desenredaba la nuca, las puntas se volvían a anudar y viceversa.
Un día mis papás se cansaron y me arrastraron hasta la peluquería del barrio. Oscar estuvo cuatro horas cortando aquí y allá y casi más me deja pelada como mi tío Carlos. Lloré tanto esa noche, mi pelo, mi hermoso y salvaje pelo ya no estaba conmigo. Ahora apenas tenía cinco o seis fideitos que poco me recordaban a mí. Toda la confianza, toda la aventura, toda mi alegría había ido a parar al piso de una peluquería. Me fui a dormir entre lágrimas hasta las ocho de la mañana que escucho a mi madre:
– Soledad, dale que llegás tarde al colegio, vení a desayunar.
No quería ir de ningún modo, que espanto cuando todos mis compañeritos me vieran con este ridículo peinado. Listo, decidido, iba a usar gorro por el resto de mi vida. Pero cuando quise levantarme para agarrar mi gorrito de lana azul, adivinen lo que pasó. No pude, ¿por qué?, porque mi pelo largo y salvaje estaba enredado en las patas de mi cama…

Fin

Autor: Florencia Domato

Imprimir Imprimir

Comentarios